Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 44 - Lucas Thunder

Estaba sentado, tranquilamente hablando con los demás mientras Karen y Carolina seguían en el cuarto. Parecía que tenían mucho de qué ponerse al día, se veían como si no se hubieran visto en siglos, y no estaba lejos de la verdad. Yo no me sentía tan apurado. Había algo en el aire, como una calma tensa, que me hacía pensar que todo transcurriría con normalidad, al menos por un rato más. No estaba tan preocupado. Había pasado mucho tiempo sin tener un momento como este. Podía respirar tranquilo, estar rodeado de gente que quería estar ahí.

Hasta que de repente, Arturo apareció bajando las escaleras. No me lo esperaba. La expresión en su rostro me sorprendió. No era la típica de siempre. Vi su ceño fruncido, sus ojos buscando algo. No era normal que se mostrara tan tenso.

—Lucas —dijo con voz seria.

Lo miré, con una leve sonrisa, esperando que me dijera algo trivial. Sin embargo, su rostro mostraba una preocupación que no podía ignorar.

—Dime —respondí, intentando sonar relajado, pero mi sonrisa se fue desvaneciendo al ver la gravedad en su expresión.

—¿Has visto a mi madre? —preguntó, como si buscara algo que no podía encontrar. Su tono me desconcertó.

La pregunta era tan sencilla, pero el aire de incertidumbre a su alrededor me hizo fruncir el ceño. Pensé que tal vez había algo de lo que no me había enterado.

—Está en el cuarto con Carolina —dije, sin pensarlo, seguro de lo que estaba diciendo.

Pero entonces Arturo, con un rápido movimiento, negó con la cabeza y dio un paso más cerca de mí.

—Está vacío. No hay nadie ahí.

Las palabras de Arturo me golpearon como una ráfaga de viento frío en medio de una tarde cálida. Algo no estaba bien. Mi sonrisa desapareció al instante, y mis ojos se llenaron de una mezcla de preocupación y desconcierto.

Me levanté de golpe de la silla, sintiendo una oleada de nerviosismo recorrer mi cuerpo. ¿Cómo que vacío? No podía ser. ¿Dónde se habían ido? ¿Por qué no me dijeron nada?

—¿Cómo? —pregunté, mi voz ya sonando un poco más áspera de lo que quería.

Arturo asintió, serio. Yo me giré hacia los demás, buscando alguna respuesta. Todos se miraban entre sí, con expresiones igualmente confundidas. Nadie sabía nada.

—¿Dónde está? —insistí, esta vez un poco más alto. La inquietud comenzaba a convertirse en algo más grande, una angustia que me comía por dentro.

El pequeño Alexander, el hijo de Dereck, miró a su padre con sus grandes ojos y preguntó tímidamente:

—¿Mamá?

Dereck lo miró, sin entender qué pasaba, y el niño lo miraba con incertidumbre, como si esperara alguna respuesta que lo calmara. Dereck lo alzó en brazos, intentando ocultar su propio desconcierto.

—No lo sé, bebé —respondió con voz suave, pero con el mismo vacío que yo sentía dentro.

El dolor comenzó a presionar mi pecho, como si algo pesado me estuviera aplastando.

—Espero que así sea —gruñí, sintiendo cómo la rabia empezaba a tomar forma en mi interior. Miré a Eren—. Dile a Zack que arme una búsqueda en la manada. Hay que encontrarlas, ya.

Estaba hablando sin pensar, sin medir la magnitud de lo que decía. Solo quería respuestas. Quería saber que estaba todo bien, que no estaba pasando nada malo.

Yashio, uno de los más cercanos, se levantó de su asiento, mirando con una ira contenida.

—Nosotros ayudamos —dijo, sin dudarlo. Su voz era fuerte, pero sus ojos reflejaban algo mucho más profundo. Estaba molesto, más de lo que dejaba ver.

Era algo más que preocupación, algo que me hizo sentir un peso aún mayor en el aire. No era solo yo. Todos sentían que algo no encajaba.

Yashio dejó escapar un suspiro bajo, casi inaudible.

—No puedo creer que lo haya hecho.

Sus palabras me hicieron detenerme. Mi mente comenzó a trabajar a mil por hora. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era lo que había hecho?

—¿Hacer qué? —pregunté, con la voz un tanto áspera. Mis ojos se clavaron en los de Yashio, buscando respuestas. Pero él solo me miró con una dureza que me heló el alma.

Entonces, Yashio, con los puños apretados, comenzó a hablar, su tono era cada vez más tenso.

—Quería irse... Creyendo que era lo mejor. Pero pensé que ya no lo haría.

Su voz se quebró al final de la frase, como si las palabras le costaran más de lo que había esperado. Algo dentro de mí se congeló. Mi respiración se detuvo por un segundo, y una sensación de impotencia me envolvió de inmediato.

—¿Lo hizo? —murmuré, casi sin poder creer lo que escuchaba. Mis palabras fueron un susurro, porque el dolor me estaba ahogando, me estaba dejando sin aire.

La expresión de Yashio era una mezcla de rabia y tristeza. No me contestó de inmediato, pero no hacía falta. Sus ojos me lo dijeron todo. Ella se había ido. Se había ido una vez más.

Mi cuerpo se sintió más pesado de lo que nunca había sentido antes. Como si todo el aire me fuera arrancado de golpe. Todo el esfuerzo, todo lo que había hecho, todo lo que habíamos hecho... había sido en vano.

—No busquen nada —dije de forma tajante, la rabia acumulándose en cada palabra—. Si ella quiere estar sola, que así sea. Ya estoy harto de esta mierda.

Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba, llena de frustración y dolor. Pero ya no quería más. Ya no podía seguir buscando respuestas donde no había ninguna. Ella había tomado su decisión, y aunque no entendiera por qué, tenía que aceptarlo.

Sin esperar a nadie más, me giré y subí las escaleras de un solo impulso, ignorando las miradas preocupadas que me seguían. Cada paso que daba hacia mi cuarto era como si el peso de la culpa y el abandono se acumularan en mis hombros. Cada vez más pesado. Cada vez más insoportable.

Al llegar, cerré la puerta con fuerza, escuchando el golpe resonar en las paredes del pasillo. En ese momento, sentí como si todo se estuviera desmoronando a mi alrededor. Cerré los ojos, tomé aire, pero no me ayudó. Nada me ayudaba.




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