Llevaba ya seis meses sin saber nada de ella. Seis meses enteros, y la verdad es que jamás pensé que algo pudiera doler tanto. Cada segundo sin noticias suyas es como un recordatorio cruel de que algo, alguien, me falta. Han pasado un cuatro años y dos meses desde aquella maldita noche en el castillo, desde que todo lo que conocíamos, lo que éramos, lo que habíamos construido con tanto cuidado en nuestros primeros meses juntos, se rompió como cristal frente a mis ojos.
No sé si alguna vez realmente entendí lo que era la tristeza hasta que la dejé irse, hasta que me dejó atrás. Lo único que tengo ahora es esta sensación constante de vacío, una punzada en el pecho que no se va, que no desaparece. No importa cuántas veces me repita que esto es lo que ella quiere, que esto es lo mejor para los dos, la verdad es que no puedo evitar el hundirme cada vez más en esta miseria.
No sé qué hacer, no sé cómo seguir adelante cuando el peso de su ausencia me aplasta cada mañana. Me estoy hundiendo sin ella. Cada día que pasa, siento que una parte de mí se desvanece.
Tantos años esperándola, tantas veces que la busque, que busque a mí mate. Y ahora simplemente tenía un incontenible ciclo de dolor y destrucción, un acontecimiento tras otro. Todo por encontrarla. Pero estaba jodido, porque era mi mate al final. No podía vivir sin ella.
He tratado de mantenerme firme, de no dejarme arrastrar por la desesperación, pero es casi imposible. Si ella no regresa a mí, no la buscaré, aunque cada fibra de mi ser me grite lo contrario. Aunque me destruya poco a poco, aunque me devore desde adentro. He dicho tantas veces que no la perseguiré, que no voy a dejar que mi vida dependa de su regreso, pero las palabras se quedan vacías cuando el dolor me consume. Porque no puedo dejar de pensar en ella, no puedo dejar de preguntarme qué estaría haciendo ahora, si estará bien, si recordará que un día fui su refugio.
Cada día que pasa me siento más débil, más pequeño. Me arrastro de un lado a otro, con el alma rota, con los ojos vacíos. El tiempo no ha curado nada, no ha suavizado el dolor. Solo me ha enseñado a soportarlo, a cargar con él de una forma que parece no terminar nunca. Y aún así, cada vez que la mencionan, cada vez que alguien pregunta por ella, siento cómo el dolor se agudiza, cómo la herida se abre aún más. Como si nunca pudiera cicatrizar, como si siempre fuera a dejar sangrar.
Estoy aquí, tirado en el suelo de mi despacho, con la botella de ron en la mano, porque es lo único que me hace sentir algo. Es lo único que me permite olvidar, aunque solo sea por unos minutos, esta angustia que no me suelta. A veces pienso que si dejo de beber, si dejo de sumergirme en este mar de alcohol, simplemente me desmoronaría, me desplomaría sobre el suelo y nunca volvería a levantarme. Pero tampoco puedo quedarme aquí para siempre, no puedo quedarme sumido en esta miseria sin fin. Mi mente se niega a aceptar que me ha dejado, pero la realidad es inquebrantable. Ella no está aquí. Ella se fue.
Mis ojos, que alguna vez brillaron con esperanza, ahora están apagados. No puedo recordar la última vez que me sentí realmente vivo. Cada pensamiento se siente pesado, cada respiración, cada suspiro, es una carga. Me siento atrapado en un cuerpo que ya no responde a mis deseos, en una vida que no tiene sentido sin ella. La soledad me rodea como una niebla densa, espesa, que no me permite ver nada más que la oscuridad de mi propia desesperación. Todo lo que toco, todo lo que intento hacer, se siente vacío. La vida ya no tiene sabor, no tiene propósito. Me he convertido en una sombra de lo que era, una sombra que camina, que respira, pero que ha perdido todo lo que la hacía ser el alfa que era.
Mi lobo, mi compañero, está igual que yo. A veces siento que somos uno solo, como si la conexión entre nosotros se hubiera roto de la misma manera que lo hizo mi corazón. Es como si nos estuviéramos desintegrando juntos, pero de una manera tan sutil que casi ni nos damos cuenta.
La marca, esa maldita marca, ha hecho que todo esto sea aún más insoportable.
Sabemos que estamos atados, que nuestras almas están unidas, pero cuando la otra mitad se va, es como un tormento constante. Me ahoga. Me siento atrapado en una jaula invisible, mientras mi lobo ruge en silencio, desesperado, tan perdido como yo.
La miseria me consume. No hay escape. Todo lo que hago me parece inútil. Mi cuerpo está aquí, pero mi alma ha quedado atrás, atrapada en el recuerdo de ella, en el deseo de tenerla de vuelta. Me pregunto si alguna vez podré sanar de esta herida. Me pregunto si algún día volveré a ser el alfa que fui antes de conocerla, antes de que todo empezara a desmoronarse.
Pero, ¿Que es un alfa sin su luna? ¿Quién es un alfa sin la otra mitad de él?
Es difícil de explicar. El dolor no se va, pero tampoco se puede describir en palabras. Es una presión constante, una niebla en mi mente que me impide pensar claramente. Y lo peor de todo es que no hay nadie que me entienda. Nadie puede ver lo que siento, lo que llevo dentro. Y no me atrevo a pedir ayuda, porque sé que no hay consuelo que me alivie. Nadie puede llenar el vacío que ella dejó.
Así que aquí estoy, en mi miseria, esperando que mi mate vuelva. Esperando, con la esperanza rota, que se de cuenta de lo que ha hecho, que regrese antes de que todo se derrumbe por completo. Pero cada día que pasa me siento más cerca de perderla para siempre, y con ella, de perderme a mí mismo.
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Editado: 15.07.2026