La desesperación me estaba consumiendo, y cada paso que daba por el bosque me parecía más inútil. Había recorrido este lugar miles de veces, pero el lago cristal seguía siendo una sombra esquiva en mi mente. No lograba dar con él, y el dolor de no tener respuestas me desgarraba por dentro. Miré a Best, que caminaba a mi lado, su tono de voz tan sombrío como el mío.
—¿Segura que ese lago ya lo habíamos visto por aquí? —me quejé, tratando de ignorar la sensación de impotencia que me embargaba.
su voz, como siempre, tenía ese toque triste que me calaba hondo.
—Muy segura, perra. Ahora sigue buscando... —dijo sin ganas— quiero ver a mi lobito.
El eco de sus palabras me hizo sentir peor. El vacío que había en su tono era el mismo que yo sentía en mi pecho.
—Ajá, ¿y crees que yo no? —respondí molesta, aunque la irritación no disimulaba el dolor profundo que sentía por dentro.
Carolina, que caminaba unos pasos detrás de mi, me miró con preocupación. Yo no pude devolverle la mirada. Los ojos de Carolina reflejaban algo que yo no quería ver: esperanza, aún en medio de todo este caos.
—¿Nada aún? —preguntó con un suspiro, como si realmente esperara que esta vez fuera diferente.
Negué con la cabeza, casi a punto de soltar una lágrima, pero la contuve. No podía permitirme quebrarme. No ahora, no aquí, no frente a ella.
—Nada —respondí, mi voz quebrada. La tristeza me invadió de nuevo, y el recuerdo de Lucas, de lo que dejamos atrás, se hizo aún más pesado. Me lo imaginaba, allí, esperándome, sufriendo igual que yo. Pero, ¿qué podía hacer? No podía regresar, no sin Anny.
Mis pensamientos se enredaban, se atropellaban. Mi mente no dejaba de dar vueltas sobre el mismo tema, mientras mis pies seguían caminando sin rumbo fijo. Había que encontrarlo. Encontrar ese maldito lago cristal, sacar a la conejita de allí, y después, todo terminaría, de una vez por todas. La paz que tanto deseaba parecía tan cercana y tan lejana al mismo tiempo.
—Francheska ha tenido algunos problemas con su pre-destino y está de "incógnita" vigilándolo día y noche... —comentó Carolina mientras caminaba, como si tratara de distraerme de mis pensamientos. Yo la escuchaba sin prestarle atención.
Y luego mencionó algo que ya me parecía lejano, irrelevante: Eren.
—Eren ha estado bien después de lo que pasó, aunque no recuerda nada... —murmuró, pero sus palabras no lograron llegar a mí. Estaba demasiado atrapada en mis propios demonios para poder preocuparme por los demás. Mi mente sólo daba vueltas a lo que había sucedido.
Y luego estaba Arturo, claro. Arturo, con su maldita cara seria y sus críticas constantes. Me molestaba que no entendiera que no podía contárselo todo. Sabía que estaba molesto conmigo por no haberle dicho nada, por no haberle hablado de la situación. Pero lo cierto era que no quería arrastrarlo a esto. No quería que se metiera en algo tan sucio.
—Arturo y Marissa protegen la manada por mí —dije, mi voz áspera por la frustración, como si mencionarlos me ayudara a liberar algo de la carga que sentía—. Y algunos de la guardia real del clan vampírico, pero todo a escondidas de todos. Nadie sabe que están ahí, ni ellos lo saben.
Me detuve un momento. El dolor de no haber hablado con ellos, de no haber podido explicarles lo que estaba pasando, me carcomía desde dentro. Arturo y Marissa seguían molestos conmigo. Sus miradas vacías, sus palabras frías me perseguían. Traté de escribirles, de mandarles cartas, pero nunca respondieron. Me ignoraban, como si fuera una extraña para ellos.
Un nudo en mi garganta se formó al recordar a mi tío, papá Patricio. Lo había perdido de vista, no sabía nada de él. ¿Qué le había pasado? El miedo me quemaba por dentro. ¿Y si algún lacayo de Abdiel lo había atacado por mi culpa? Eso me destrozaba aún más. No podía soportar la idea de que alguien que amaba pudiera estar sufriendo por mí, por mis decisiones equivocadas.
—El pequeño Andrick tiene tres años —comentó Carolina de nuevo, sacándome momentáneamente de mi espiral de pensamientos—. Y ya le han crecido los colmillos... Los mellizos también están hermosos. Los visitó con Alexander a menudo y... están muy grandes.
Todo parecía tan lejano, tan distante, como si esas vidas felices, esos niños creciendo, no tuvieran nada que ver conmigo. Me preguntaba si alguna vez podría disfrutar de algo tan sencillo como ver crecer a un niño, como vivir una vida tranquila. Pero las sombras de todo lo que había hecho, de todo lo que aún tenía que enfrentar, no me dejaban.
Y luego, Marissa... La noticia de su boda con Arturo me golpeó. ¿Cómo iba a casarse cuando todo lo que estaba pasando era una pesadilla interminable? ¿Cómo podían ser felices en medio de este caos? Yo ya no tenía fuerzas para eso. Todo me parecía irreal.
—Marissa se casa con Arturo en unas semanas... —musité, sin mucho entusiasmo—. Mientras que Eren tiene ahora un enorme apego a la pancita de Sonia. Tiene mes y medio de embarazo y... creo que su hijo o hija es la pareja de mi Eren. La conexión que tienen es inconfundible.
El pensamiento de Eren y Sonia me destrozó un poco más. Me hacía sentir tan vacía. Como si todos estuvieran avanzando mientras yo seguía atrapada en el mismo lugar tratando de mantenernos con vida.
Froté mi cara con mis manos, frustrada, el peso de todo lo que no podía cambiar me aplastaba. Quería que todo terminara. Quería que esta pesadilla se acabara. Ya no sabía si deseaba morir o encontrar finalmente un resquicio de felicidad. La vida parecía ofrecerme nada más que sombras y sufrimiento.
Mi hermana seguía sin aparecer. ¿Dónde estaba? ¿Qué haría cuando finalmente la encontrara? Sabía que no podría dejarla vivir. Había jurado que la mataría si alguna vez volvía. No podía soportar la idea de que siguiera libre, haciendo daño.
—Ya es demasiado tarde, mañana seguiremos buscando... Vamos al castillo —dijo Baphomet, su voz cansada pero decidida.
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Editado: 15.07.2026