—Un año, un maldito año... —me quejaba mientras estrellaba una silla contra la pared del despacho del castillo, el sonido metálico de la silla al chocar con la pared resonando en el aire. Pasé mis manos por mi rostro con impotencia, sintiendo cómo el peso de la desesperación se instalaba en mis hombros.
Hace dos meses, todo cambió, todo se desmoronó. Ella vino aquí, mi hermana, mi sangre. La maté, maté a mi hermanita…
Las lágrimas comenzaban a deslizarse en abundancia por mis mejillas, sin poder controlarlas, mientras me dejaba caer al suelo. Las emociones se desbordaban como una corriente imparable. No quería detenerme. El dolor me aplastaba el pecho, y una voz interior me susurraba que probablemente él me odiaba ahora. Lo sentía, Baphomet lo sentía, y esa certeza solo agudizaba el sufrimiento que me carcomía.
—Karen… —entró Carolina al despacho, sus ojos llenos de preocupación. Me miró con una mezcla de compasión y tristeza antes de acercarse a mí. —Cariño… —me dijo suavemente, agachándose para abrazarme a la altura de mi rostro.
El abrazo me hizo hundirme aún más en mi dolor. Ya no quería vivir así, ya no quería cargar con este peso. Sin embargo, las palabras salieron de mi boca sin control, rotas y entrecortadas por las lágrimas.
—Ya no quiero esto, Carolina… yo la maté… —la confesión se sintió como una daga atravesando mi pecho. Lloro en su pecho, incapaz de mantener la calma, sintiendo que las palabras ya no tenían sentido.
—Ella se lo merecía… si no lo hacías, iba a matar a Yashio. No hiciste nada malo más que defenderle. —Carolina me acarició la cabeza con una ternura que no podía calmarme. A veces me preguntaba si algún día encontraría paz.
—Lo extraño tanto… —seguí llorando, mi voz quebrándose—. Me odia, Camil… Ya no sé qué hacer. Cuando decidí irme, no pensé que doliera tanto…
La desesperación era tal que no podía articular una idea completa. Carolina permaneció ahí, sosteniéndome, mientras las lágrimas seguían fluyendo sin cesar. No tenía las palabras para explicar el tormento que vivía dentro de mí, ni el dolor que me quemaba por dentro.
El silencio invadió la habitación por un momento, hasta que Carolina, en su infinita paciencia, habló de nuevo.
Alexander hace una semana regresó con Dereck a su manada, al otro lado del mundo. Por eso, ella ya no va a la manada Trueno.
Me sentía desconectada de todo. La manada de Trueno, Sonia, Eren, el bebé… era como si mi vida ya no tuviera sentido. Los recuerdos de todo lo que había perdido, de lo que había hecho y lo que no había podido hacer, me consumían poco a poco.
El bebé de Sonia, un niño… sí, resultó ser la pareja de Eren, solo que este, asustado, se alejó de él y no sé dónde está desde el nacimiento de Andrew, el hijo de Yashio y Sonia. Me dolió escuchar esas palabras. El dolor era palpable en mi voz, mientras me preguntaba si algo en mi vida alguna vez sería como antes.
Marissa y Arturo se casaron, y yo no estuve en la boda de mi hijo. No sabía qué hacer… esto ya me rebasaba completamente.
Una parte de mí sentía que estaba completamente sola, que mi familia se desmoronaba mientras yo me hundía en mis propios demonios tratando de detener lo que se aproximaba.
Carolina no sabía si Lucas me odiaba, pero había algo en la forma en que Baphomet actuaba que hacía que mi alma se retorciera.
A veces sentía que el peso de su desdén me aplastaba.
A veces el dolor de las infidelidades de Lucas era tan fuerte que me parecía imposible de soportar. La conexión, esa maldita conexión, me desgarraba por dentro, un recordatorio constante de lo que había perdido y de lo que no podía controlar.
El ser su mate, estar marcada por él, me hacía sentir cada infidelidad de una manera tan brutal que no sabía cuánto más podía resistir. Cada traición de Lucas perforaba mi alma más y más, y me daba más razones para rendirme.
—No sé qué hago aquí… se supone que debería estar muerta, y alguien más debería estar lidiando con estos problemas. No yo… no de nuevo… —la desesperación se convirtió en un susurro, pero la rabia en mi pecho seguía creciendo. No quería seguir atrapada en este ciclo interminable de sufrimiento. Ya no quería que este maldito tabú persiguiera mi alma una vez más.
Estaba cansada. Cansada de esta vida, cansada de vivir entre sombras y pesadillas. Cuando lograba dormir, las pesadillas me atormentaban. No eran sueños inocentes, eran recuerdos.
Recuerdos de siglos de tortura. Recuerdos de cómo, cegada por el dolor, había matado a mi hermana. La había matado, sí. El recuerdo de ese momento no podía borrarlo. Fue cuando vi a Yashio, herido, al borde de la muerte, luchando por defender a Sonia y a su hijo recién nacido. Fue entonces, cuando la rabia me consumió, cuando vi su dolor, y el dolor de todos los que intentaban salvar a los inocentes. Perdí el control.
El odio me llenó como nunca antes, y la sangre de mi hermana, que en ese momento ya no era más que una figura en mis manos, me envolvía como una sombra oscura. Sus ojos me miraban en busca de una respuesta, pero mi ira fue más fuerte. Sin pensarlo, la maté. Como un animal.
Recuerdo sus gritos, la agonía en su voz, y esa sensación de vacío después de la muerte. Pero lo peor de todo fueron los recuerdos bloqueados, los gritos de las personas que maté a sangre fría, las personas que torturó él frente a mí. El recuerdo de esas vidas que destruyó, la desesperación de aquellos a los que traicioné.
Esos recuerdos, antes olvidados, volvieron con la muerte de ella. Fue él, siempre él, quien los había bloqueado, quien había enterrado mi dolor. Pero ahora todo salía a la luz, y las sombras que me perseguían se hicieron más intensas.
Él siempre fue el culpable. Era él quien había desatado todo esto. Ahora tenía que matarlo, destruirlo, para completar este ciclo estúpido que había comenzado hace siglos. Sabía que Lucas me odiaba, y tras matarlo a él, buscaría una manera de romper el lazo que me unía a él. Finalmente, podría descansar, al menos por un tiempo.
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Editado: 15.07.2026