—¿Lista? —Carol entró en la habitación con su característico tono sereno, pero en sus ojos había una mezcla de expectativa y preocupación.
Yo terminé de acomodar mi ropa en silencio. Sentía un peso en el pecho, una carga invisible que me aplastaba los pulmones. No quería ir. No quería hacer esto. Pero no podía detenerme ahora.
Asentí lentamente, aunque mi cuerpo entero gritaba que no.
—Sí —murmuré sin ganas.
Carol me estudió con atención. Sabía que algo dentro de mí se estaba desmoronando, aunque yo intentaba ocultarlo con una máscara de indiferencia.
—No te desanimes —su voz fue un susurro cálido, un intento de consuelo. Me sonrió con dulzura y, aunque intenté corresponderle, mi sonrisa se sintió vacía, forzada.
Se acercó y besó mi frente con ternura. Su toque fue reconfortante, como si con ese gesto pudiera aliviar el caos que rugía en mi interior.
—Estoy segura de que hoy es el día… Pronto todo acabará, cariño —dijo con suavidad, con esa esperanza que yo ya no tenía.
Quise creerle. Quise aferrarme a sus palabras como un náufrago a una tabla en medio de una tormenta, pero el miedo dentro de mí no me dejó. Porque si todo esto no terminaba hoy, si este tormento seguía un solo día más… yo no iba a sobrevivir.
La noche anterior había vuelto a sentirlo. Ese dolor desgarrador, esa sensación de mil cuchillas clavándose en mi pecho con cada jadeo, cada susurro de placer ajeno que no me pertenecía.
Lucas…
Cada vez que él se entregaba a otra, mi alma se fragmentaba un poco más. Era como si tomara lo que quedaba de mí y lo triturara entre sus dedos, esparciendo las cenizas sin remordimiento alguno.
Y no era solo mi alma la que sufría.
Baphomet y yo…
Nosotras lo habíamos amado con cada fibra de nuestro ser, con la intensidad de dos almas que habían encontrado su destino en la misma persona. Pero él nos había roto.
Nos dejó caer, nos pisoteó, nos destrozó sin siquiera voltear a mirar lo que quedaba de nosotras.
Yo lo sentía.
Sentía cada caricia que le daba a otra, cada beso que no era para mí, cada gemido que no nacía de mi garganta. Lo sentía como si su infidelidad se fundiera con mi propia piel, como si cada uno de sus pecados fuera un hierro al rojo vivo marcándome el alma.
La conexión que compartíamos no me permitía ignorarlo. No me dejaba huir.
Y lo peor de todo… era que él lo sabía.
Sabía que cada vez que yacía con otra mujer, yo lo sentía. Sabía que su traición me atravesaba como un puñal. Y aun así, lo seguía haciendo.
Porque podía.
Porque nunca le importó cuánto dolía.
Mi pecho se apretó con tanta fuerza que tuve que llevarme una mano al corazón, tratando de calmar el temblor en mis dedos. Pero era inútil.
Era como si una parte de mí estuviera muriendo lentamente, consumida por la indiferencia de quien alguna vez fue mi todo.
Y aun así… todavía lo amaba.
Dioses, todavía lo amaba.
Era mi maldición.
Mi mayor debilidad.
Mi castigo eterno.
Y lo peor era que no solo nos lastimaba a nosotras… sino a ella.
Mi pequeña conejita, mi niña, aquella que durante tanto tiempo estuvo atrapada en el vacío, esperando… sufriendo.
Cerré los ojos, sintiendo cómo la angustia me carcomía desde dentro.
Quería que todo terminara.
Quería irme.
No importaba cuánto lo intentara, cuánto luchara contra este destino cruel, la soledad siempre encontraba la manera de alcanzarme.
Suspiré pesadamente, levantando la vista al techo, como si pudiera encontrar respuestas allí. Como si pudiera encontrar un consuelo que no llegaba.
Si lloraba una vez más, temía no poder detenerme nunca.
—Vamos —susurré al fin.
Carol tomó mi mano, entrelazando sus dedos con los míos, y juntas salimos del castillo en silencio.
Cada paso que dábamos en el bosque se sentía pesado, como si mis pies estuvieran encadenados a la tierra.
El frío de la noche me calaba hasta los huesos, pero no tanto como el frío en mi corazón.
Me sentía culpable.
Culpable por haber arrastrado a Carol a esto.
Ella tenía una familia, una vida que había dejado atrás para ayudarme.
Pero, por primera vez en mi vida, quise ser egoísta.
No quería quedarme sola.
No otra vez.
Seguimos caminando, nuestras manos unidas en un pacto silencioso, hasta que un susurro atravesó el viento.
—Es aquí —la voz de Baphomet sonó entrecortada, temblorosa, llena de emoción contenida.
Levanté la mirada y sentí cómo el aire se atascaba en mi garganta.
El lago cristal.
—Es aquí… —repetí, con los ojos clavados en la escena ante mí.
Un lago de aguas rosadas, tan profundas que parecía no tener fin. A su alrededor, cristales de todos los colores resplandecían con una belleza etérea, reflejando la luz de la luna con un brillo casi divino. El aire estaba impregnado de una energía antigua, vibrante, como si aquel lugar guardara secretos que solo los elegidos podían descubrir.
Mis pasos se detuvieron al borde del lago, sintiendo cómo la suave brisa nocturna acariciaba mi piel. Era un espectáculo hipnótico, irreal. Por un momento, quise perderme en la paz de aquel paraíso escondido, olvidar el dolor que me carcomía por dentro, fingir que todo estaba bien… pero no podía.
El propósito de estar aquí pesaba en mi pecho.
Tomé la cadena de mi cuello con dedos temblorosos, sintiendo el frío del metal contra mi piel. La observé por un instante, permitiéndome recordar todo lo que había soportado para llegar hasta aquí. Todo el sufrimiento, la traición, la lucha incesante por algo que parecía imposible.
Pero hoy… hoy tenía que ser diferente.
—Aléjate un poco —le pedí a Carol, mi voz apenas un susurro.
Ella asintió sin preguntar y dio unos pasos atrás.
Con el corazón latiéndome con fuerza, me arrodillé a la orilla del lago y dejé caer la cadena en sus aguas. El diamante que colgaba de ella brilló intensamente mientras descendía, sumergiéndose cada vez más, absorbiendo la luz de los cristales hasta que finalmente tocó el fondo.
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Editado: 15.07.2026