Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 49 - Lucas Thunder

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El dolor de cabeza era insoportable. Sentía un martilleo constante en las sienes, un zumbido agudo que perforaba mi cráneo con cada latido. Apenas me moví, el mundo entero pareció tambalearse bajo mis pies. El aire olía a alcohol, a sudor y… a algo más. Algo ajeno.

Fruncí el ceño.

La luz del sol se filtraba a través de una cortina delgada, de un tono beige descolorido, proyectando sombras largas sobre la habitación.

No era mi cuarto.

Parpadeé varias veces, tratando de despejar la neblina que enturbiaba mi mente. Me llevé una mano a la cara, cubriéndome los ojos, intentando escapar del resplandor matutino. Pero la realidad no se iba. Seguía ahí, apretándome el pecho con una sensación asfixiante.

El colchón bajo mi cuerpo era demasiado blando, distinto al mío. Las sábanas olían a perfume barato y cigarro. Había ropa esparcida por el suelo: una falda corta, un par de tacones, una chaqueta de cuero.

Y entonces lo noté.

Giré lentamente la cabeza y la vi.

Una mujer estaba acostada a mi lado, boca abajo. Su piel desnuda se extendía bajo la tenue luz, su cabello desordenado cubría parte de su rostro y apenas una delgada cobija cubría parte de su trasero.

Mi cuerpo se tensó de inmediato.

La respiración se me trabó en la garganta y un frío paralizante recorrió mi espalda.

No.

No otra vez.

Mi pecho se contrajo con una angustia desesperada, casi como si alguien estuviera hundiendo un puñal en mis entrañas. Aparté las sábanas con manos temblorosas, sintiendo la textura áspera del tejido contra mi piel desnuda.

Estaba completamente desnudo.

Ella también.

El pánico me golpeó como un puñetazo en el estómago.

—¿Qué hice? —murmuré en un susurro ahogado, llevándome una mano a la boca. Mi aliento sabía a alcohol rancio, mi piel ardía con un sudor pegajoso, y mi corazón latía descontrolado.

El ardor en mi cuello me hizo estremecer. Instintivamente, llevé los dedos a la marca. Su marca.

Karen.

Un nudo se formó en mi garganta.

Karen me había dejado esa marca hace días, antes de que se fuera. Una especie de promesa silenciosa. Un recordatorio de que, a pesar de todo, seguía siendo mío. O al menos, eso quería creer.

Pero ahora esa marca quemaba con un significado diferente. Un peso insoportable que me aplastaba el pecho.

¿Qué demonios había hecho?

La culpa se aferró a mis huesos como garras filosas, arrancándome el aliento. Sentí el impulso de gritar, de golpear algo, de retroceder el tiempo unas horas y evitar esta catástrofe. Pero era demasiado tarde.

Mis manos se movieron con torpeza mientras buscaba mi ropa. Encontré mi camisa arrugada a los pies de la cama, mi pantalón tirado cerca de la puerta. Me vestí lo más rápido que pude, sin atreverme a mirar de nuevo a la mujer en la cama.

Ni siquiera recordaba su rostro.

Ni su voz.

Solo un vago eco de risas ahogadas en alcohol, de besos sin sentido, de vacío.

Me aparté con rapidez, tropezando con una botella vacía en el suelo. La habitación olía a sexo, a humo, a todo lo que odiaba de mí mismo en ese momento.

Abrí la puerta y salí de ahí sin mirar atrás. El aire de la mañana era fresco, pero yo me sentía sofocado.

Cada paso que daba se sentía pesado, como si cargara toneladas sobre la espalda. No podía escapar del asco que me llenaba el estómago, del repudio hacia mí mismo que se extendía por mis venas como veneno.

Habían pasado meses desde que Karen se fue. Meses en los que me convencí de que podía seguir adelante. De que podía soportarlo.

Pero la realidad era otra.

Yo no estaba avanzando.

Me estaba hundiendo.

Mi respiración era errática cuando llegué a casa. Apenas crucé la puerta, me golpeó un silencio abrumador.

El living estaba iluminado por la luz matutina. Laura estaba sentada en el sofá, con los mellizos a su lado y Andrick jugando con un peluche. En cuanto me vio, su expresión se endureció.

—Buenos días, Lucas.

Su voz era fría. Distante.

Mi estómago se revolvió.

—Apestas —continuó sin rodeos.

Sentí su mirada recorrerme, su nariz arrugarse con disgusto.

—Estoy decepcionada de todo esto… —murmuró, bajando la mirada.

Silencio.

Dolor.

Y luego, un golpe certero.

—Pobre de Karen. Seguro pasó otra noche horrible en su vida.

Mi cuerpo entero se tensó.

El aire se me atoró en la garganta.

Cada palabra suya se sintió como una puñalada.

Laura se puso de pie, con el ceño fruncido. Sin mirarme más, tomó a los mellizos en brazos y la manito de Andrick, guiándolo hacia las escaleras.

—Ve a bañarte antes de que Arturo te mate si siente ese olor a… —se detuvo, negando con la cabeza.

Su voz se quebró levemente.

—No puedo ser parte de esto. Mis hijos y yo nos vamos de aquí.

Mi pecho se contrajo con fuerza.

—Laura…

Ella no me miró.

—A pesar de que Karen se fue, no se merece ni un poco de lo que le estás haciendo.

Y sin decir más, subió las escaleras.

Los pequeños pies de Andrick resonaban en los escalones, completamente ajeno a la tensión en el ambiente.

Yo me quedé de pie, paralizado.

Un frío aterrador se apoderó de mi cuerpo.

Uno más.

Otro de los hijos de Karen que se iba.

Prometí que los cuidaría.

Y ni siquiera sabía dónde estaba Eren.

Subí las escaleras con pasos pesados, sintiendo cómo mi pecho se encogía con cada escalón. Entré a mi habitación y cerré la puerta con un golpe seco.

El aire era irrespirable.

Fui al baño. Giré la llave de la tina y dejé que el agua caliente llenara el espacio con vapor. Me apoyé en el lavabo, observando mi reflejo en el espejo.

Ojeras profundas.

Labios partidos.

Ojos vacíos.

Un hombre que no reconocía.

Me desvestí lentamente y me metí en la tina.

El agua caliente me envolvió, pero no trajo consuelo.




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