-No puede ser... -murmuré con fastidio, dejando caer la cabeza hacia atrás en la silla.
Era la decimosexta vez que sucedía lo mismo.
Tenía sexo con mujeres desconocidas en bares, buscando en sus cuerpos el rastro de Karen, pero solo encontraba vacío.
Desde la primera vez que ocurrió, Brath me ha ignorado. No me ha dirigido la palabra, y tampoco me he transformado en los últimos tres meses. Yo, un alfa, incapaz de ceder a mi naturaleza.
¿Qué clase de alfa no puede transformarse porque su propio lobo lo castiga con la ley del hielo por haberle sido infiel a su luna?
¡Presente!
Solté un suspiro pesado, pasando las manos por mi cara en un intento de disipar la frustración. No me servía de nada. Todo estaba mal. Mi vida estaba en ruinas.
Laura se había ido.
Se había llevado a los mellizos sin siquiera dirigirme una palabra, dejándome únicamente una carta para Zack. Recuerdo el momento exacto en que él la leyó. Sus ojos se oscurecieron con una ira contenida. No dijo nada al principio. Solo me golpeó con todas sus fuerzas, sin reservas, sin remordimientos. Luego, con los dientes apretados, me llamó imbécil. Lo pronunció con un veneno tan palpable que sentí que cada letra me quemaba la piel.
Con la carta aún en sus manos, se fue con ella.
Ese mismo día, Zack se marchó con Laura a una de las casas de la manada, y desde entonces, no los he vuelto a ver.
Sus últimas palabras aún resuenan en mi cabeza.
"Te mereces el infierno. Ojalá te pudras en él por todo el dolor que le causaste a Karen."
Y lo peor de todo... es que tenía razón.
No he sabido nada de ella desde que se fue. Casi un año ha pasado.
He sufrido demasiado, pero nada de eso justifica mis infidelidades.
Nada.
Me levanté con torpeza de la silla y caminé hasta el estante donde guardaba mis botellas de alcohol. Tomé una sin pensarlo, destapándola junto con un vaso.
Las sostuve en mis manos por un momento.
Era ridículo. Sabía que el alcohol no solucionaba nada, pero lo necesitaba.
Quería dejar de pensar.
Quería dejar de sentir.
La frustración me consumía desde adentro, así que, sin poder evitarlo, lancé el vaso contra la pared con furia. Se hizo pedazos al instante, reflejando mi propio estado mental.
Llevé la botella a mis labios y bebí.
Un trago.
Dos tragos.
Tres.
No me detuve hasta acabarla por completo.
Y luego tomé otra.
Y otra.
Hasta que todas se terminaron.
Pero aún no era suficiente.
Nunca era suficiente.
Mi cuerpo se sentía pesado, la cabeza me daba vueltas, pero la consciencia aún no me abandonaba por completo. Aún podía sentir el vacío.
Así que salí de la casa tambaleándome un poco, caminando sin rumbo hasta llegar a uno de los bares de la manada. Apenas crucé la puerta, pedí una botella más y la vacié como si fuera agua.
A mi alrededor, el lugar era un caos de luces, música y cuerpos moviéndose al ritmo de la noche.
Y entonces, ella apareció.
Una mujer de cabello azul y vestido rojo. Se acercó a mí con pasos calculados, contoneando sus caderas de un lado a otro. Su mirada era seductora. Su sonrisa, provocativa.
-¿Por qué tan solito? -susurró, inclinándose para besar mi cuello.
Su aliento caliente recorrió mi piel, pero yo apenas reaccioné.
Cuando sus labios rozaron mi marca, el simple contacto envió un escalofrío por mi espalda. Un instinto primitivo se encendió en mí. La excitación golpeó mi cuerpo como un latigazo, rápida y fulminante.
Ella rió con un deje de burla, rozando la marca una vez más.
-Vamos a un lugar más privado -murmuró en mi oído.
Terminé la botella de un solo trago y le tomé la mano sin dudar.
Salimos del bar y nos adentramos en uno de los callejones oscuros cercanos. Allí la acorralé contra la pared y la besé con urgencia, con una necesidad desesperada que no lograba controlar.
Ella me correspondió con igual frenesí, enredando sus dedos en mi cabello y jalándolo con fuerza.
Un gruñido escapó de mi garganta.
-Karen... -gemí sin pensar, hundiendo mi rostro en su cuello.
Ella se rió entre dientes.
-No me llamo así, mi amor... pero esta noche, seré quien tú quieras que sea.
Su voz me atravesó como una daga.
No era Karen.
Nunca era Karen.
Pero estaba demasiado roto para detenerme.
Mis manos subieron por sus piernas, levantando su vestido para dejar su intimidad expuesta ante mí.
Ella gimió, aferrándose a mis hombros.
Entonces, el grito.
-¡Eres un maldito infeliz!
El sonido desgarró la noche como un trueno.
Me separé de la mujer de inmediato, girando la cabeza hacia la dirección de donde provenía la voz.
Carolina estaba allí.
Su expresión era una mezcla de furia y desprecio. Sus manos estaban cerradas en puños, temblando de rabia, como si en cualquier momento fuera a lanzarse sobre mí.
La mujer de cabello azul se asustó. Toda la lujuria que había dominado el ambiente desapareció en un instante. Se acomodó la falda rápidamente y dio un paso atrás.
-¡Largo! -gruñí con fiereza, completamente fuera de mí.
No lo pensé. No razoné.
Y en un segundo, Carolina se lanzó sobre mí con una fuerza brutal, su cuerpo envuelto en llamas.
Su puño impactó contra mi pecho y me estrellé contra la pared del callejón con un gruñido de dolor.
La chica huyó despavorida, dejándome solo con la loba roja de la guerra.
-¡Eres un infeliz! ¡Ella no merece todo esto! -rugió Carolina con lágrimas de furia en los ojos.
La empujé lejos, mirándola con el ceño fruncido.
-¡Ella me dejó! -grité.
Carolina lloró aún más, temblando de la ira.
-¡Eso no es cierto! -gritó entre sollozos-. ¡Karen ha estado buscando el Lago de Cristal todo este tiempo para poder salvar a su hija y pelear contra Licciardi!
Mis pensamientos se detuvieron en seco.
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Editado: 15.07.2026