—¡No te acercarás a mi mamá! —gruñó una voz firme, aunque aún con el matiz de la juventud.
Era más madura que antes, pero la reconocí de inmediato. Anny.
—Solo quiero revisarla, niña. No le haré daño —respondió la voz de Yashio con calma.
—¡No! —replicó ella con más fuerza, casi con furia—. Tengo un bate y no me dará miedo usarlo.
El sonido de madera golpeando el suelo resonó en la habitación, y en cuestión de segundos sentí unas manos pequeñas tocando mi brazo.
—¿Mami…?
La voz era suave, temblorosa. Abrí los ojos con pesadez, como si el sueño aún tirara de mí, y mi cuerpo reaccionara con lentitud. Pero cuando enfoqué mi vista, sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
Rini estaba frente a mí. Pero ya no era la niña de cuatro años que había dejado dormida hace apenas unas horas. Ahora tenía la apariencia de una niña de ocho o nueve años.
El aire se quedó atrapado en mis pulmones. Mi mente intentaba procesarlo todo. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cómo era posible?
—¿Cuánto dormí? —pregunté con voz ronca, sentándome en la cama de inmediato.
Llevé una mano temblorosa a su mejilla, sintiendo su piel cálida y real bajo mis dedos. Sus orbes negras, idénticas a las de su padre, se llenaron de lágrimas y, sin previo aviso, se lanzó contra mí. Rodeó mi cintura con sus brazos pequeños y enterró su rostro en mi pecho.
Un nudo se formó en mi garganta. La abracé con fuerza, sintiendo cómo su cuerpecito temblaba.
—Como seis horas —respondió Asa con una sonrisa ladina, aunque su mirada brillaba con algo más—. Disfrutaré tanto ver a esta niña golpear a Lucas…
Mi ceño se frunció ligeramente.
—¿Lucas? ¿Quién es Lucas? —preguntó Rini desde mi pecho, alzando su cabeza con el ceño fruncido.
Fulminé a Asa con la mirada.
—Es cierto… —murmuró Rini, como si algo acabara de encajar en su mente—. ¿Dónde está mi papi y mis hermanos? No los he visto. Los busqué por todo el castillo y… después llegaron ellos —dijo, secándose los ojos con rapidez.
El dolor se apretó en mi pecho. Suspiré pesadamente, como si el peso de mis palabras se hiciera tangible.
—Henry murió hace cuatro años, bebé… Y de tus hermanos… no tengo idea de cómo estén.
La pequeña se quedó en silencio. Sus labios temblaron ligeramente, como si intentara contener las lágrimas.
—¡¿Mamá?!
El grito desesperado me hizo levantar la vista de inmediato.
—¡¿Mamá?!
La puerta del cuarto comenzó a ser golpeada frenéticamente. Yashio se apartó con rapidez, abriéndola en el momento justo para que dos figuras irrumpieran en la habitación.
Arturo y Laura.
Sus rostros estaban desencajados, sus ojos rojos por el llanto, y apenas me vieron, corrieron hacia mí.
Pero Rini, aún aferrada a mí, se interpuso.
—¿Quiénes son ustedes? —soltó con una expresión de molestia, sin permitirles acercarse.
No pude evitar sonreír.
—Conejita… ellos son Arturo y Laura —expliqué con suavidad, acariciando su cabello.
Ella me miró con incredulidad.
—No es cierto. Arturo era casi un adulto y Laura una adolescente babosa.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Y tú hace unas horas una niña de cuatro años —apuntó Asa con una sonrisa divertida.
Rini le lanzó una mirada asesina.
—¿Anny…? —preguntó Arturo, desconcertado, mirándome fijamente.
Asentí con lentitud.
Sin pensarlo dos veces, él se lanzó sobre Rini y la abrazó con fuerza.
—¡Oye, suéltame! —se quejó ella, apartándolo con brusquedad.
Laura se unió también, rodeándola con los brazos.
Rini bufó, removiéndose en su agarre.
—¡Quítense! ¡Huelen a lobos! ¡Mami, se me pegan las garrapatas!
Solté otra risa mientras ella se sacudía con disgusto. Cuando finalmente se liberó, me miró con seriedad.
—¿En serio papá está muerto?
Mi sonrisa se desvaneció lentamente. Asentí despacio.
Sus labios se fruncieron en una línea delgada. Bajó la mirada, negando con la cabeza rápidamente.
—Pensé… pensé que era una pesadilla… —murmuró con voz baja.
El dolor en su voz me desgarró.
—Ven, conejita —le llamé con ternura, extendiendo mi mano.
Ella la tomó sin dudarlo y se sentó a mi lado en la cama, acomodándose de nuevo contra mi pecho.
—Te explicaré todo. Seguro estás muy confundida —susurré, besando su cabeza.
Ella asintió, cerrando los ojos.
Pasó un largo rato mientras le explicábamos todo.
Cuando terminamos, la habitación estaba en un profundo silencio. Rini no se había movido de mi lado, pero su expresión se tornó dura cuando miró a Laura y Arturo.
—¿O sea que ustedes la dejaron sola a ella? —preguntó con frialdad.
—No entenderías nada, Anny —respondió Arturo con tono serio.
Rini chasqueó la lengua, rodando los ojos.
—Ay, cállate, espantapájaros andante.
Laura suspiró.
—Son unos idiotas… —masculló Rini con fastidio—. De nada sirvió encerrarnos en el cristal feo ese…
Mi ceño se frunció.
—¿Cómo?
Ella asintió con tranquilidad, como si no fuera la gran cosa.
—Esa vez encontré un lindo lago de color rosa y logré tomar ese cristal naranja. Cuando lo hice, unas palabras sonaron al viento. Iba a enseñárselas, pero llegó la loca esa…
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—Sin pensarlo, recité las palabras que escuché en el lago rosa… y nos tragó el cristal feo… —hizo un puchero adorable.
—¿Tú fuiste la que nos encerraste ahí? —preguntó Laura, atónita.
Rini asintió sin inmutarse.
La abracé con fuerza, besando su cabeza para calmarla. Pero entonces, ella se separó de golpe y bajó de la cama mirando su muñeca con detenimiento, como si tuviera una especie de reloj ahí que solo ella pudiera ver.
—¿Qué pasa? —pregunté, extrañada.
—Mi cuerpo volverá a cambiar.
Antes de que pudiera reaccionar, una energía blanca y verde la envolvió, haciendo que su figura creciera hasta la apariencia de una chica de doce años.
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Editado: 15.07.2026