—Deja de quejarte, pareces un bebé llorón—, se burló Anasstacia mientras yo me quejaba por el ardor que provocaba el algodón que Karen pasaba por mi labio, curando el golpe que Nyoko me había dado la noche anterior. Las palabras de Anasstacia me rozaron la piel, pero no lograron arrancarme de la tormenta interna que me azotaba.
El dolor de mi labio palpitaba, sí, pero era solo una pequeña parte del sufrimiento profundo que me carcomía. Sentía una mezcla de rabia y arrepentimiento por todo lo que había sucedido. Mis ojos se centraron en Karen mientras ella se encargaba de curarme. Sus lindos ojos verdes, con aquel entrañable toque de rojo que los hacía tan peculiares, parecían apagados. Me dolía verla así, distante. El silencio entre nosotros hablaba más que cualquier palabra. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había dejado que todo se destruyera? El peso de mi error me aplastaba.
Brath, mi lobo, se removió en mi cabeza, como un animal inquieto después de estar completamente quieto en ella durante largos meses. Sentí su presencia, y aunque hacía tiempo que no hablaba con él, no pude evitar sentir su influencia. Intentó tomar el control de mi cuerpo, y no lo impedí. ¿Por qué habría de hacerlo? Si alguien tenía derecho a estar en control de esta situación, ese alguien era él. En algún rincón de mi alma, sabía que Brath merecía más que yo respirar el mismo aire que ella, mi Luna, mi mate, la única que podría perdonarnos.
—Auch, mi Luna, arde—, se quejó Brath, y su voz resonó en mi cabeza como un susurro lleno de frustración. Karen se quedó quieta por un momento, elevando la mirada para encontrarme. Sus ojos se encontraron con los de Brath, y vi algo en su rostro que nunca había visto antes: una suavidad que no había percibido durante los últimos meses. Sonrió, aunque débilmente, y acarició mi labio golpeado, la calidez de su gesto contrastando con la tensión de la situación.
—¿Qué le pasó a los ojos del perro?— preguntó Anasstacia, señalándome con uno de sus dedos finos y delicados. Mi mente, nublada por la confusión y el dolor, apenas procesó sus palabras.
—Soy Brath, su lobo, chiquita— respondió Brath con calma, y vi cómo Anasstacia asintió con un gesto rápido, como si comprendiera lo que sucedía. En su intento por recoger el bate que había dejado en una esquina, no pude evitar notar el desdén en su mirada.
—También te mereces un batazo, entonces—, comentó con una sonrisa burlona, acercándose a él con el bate levantado, como si quisiera descargar su ira sobre él. En lugar de sentir miedo, Brath simplemente encogió los hombros, despreocupado.
—Anasstacia, regresa eso al suelo, ahora— ordenó Karen con firmeza, una amenaza palpable en su voz. Me sorprendió su tono, casi protector, hacia Brath. Una punzada de dolor me atrevezo.
Él se encogió de hombros nuevamente, con una indiferencia que me hizo gruñir en mi mente.
—Le hubieras dado más fuerte—, dijo, y aunque sus palabras eran tranquilas, no pude evitar sentir un leve escalofrío. Había algo en la seguridad de su voz, algo que me aterraba. —¿Apenas regresó a 'hablarle'?— dijo, utilizando las comillas con sus dedos, mientras lanzaba una mirada llena de ironía y sarcasmo. —Desde la primera vez que pasó eso, y con todo el maldito tiempo que pasó envenenando su cuerpo con alcohol, me mantenía casi dormido, incapaz de hacer nada para evitarlo. Como fue un error suyo, dejé de hablarle y no lo he dejado transformarse desde entonces.
Karen lo miraba incrédula, y pude ver el dolor en sus ojos al escuchar las palabras de Brath. A pesar de todo, no podía evitar sentir una mezcla de rabia hacia mí mismo por haber permitido que todo llegara a este punto. Pero más que nada, sentía una desesperación profunda por hacer las paces, por recuperar su confianza, aunque no sabía cómo.
—Me cae mejor el lobo—, dijo Anasstacia con una sonrisa amplia, señalándome. No pude evitar sonreír ligeramente ante su comentario. Parecía que, de alguna manera, Brath se había ganado su simpatía.
—Dime Anny o Rini— dijo a Brath, sin perder esa calma que lo caracterizaba. Anasstacia asintió, y ambos compartieron una breve mirada cómplice.
—Lo lamento todo lo que pasó, mi Luna— se disculpó Brath, mirando a Karen con una sinceridad que no había visto en él en mucho tiempo. Ella sonrió débilmente y negó, acariciando su mejilla.
—Tú no tienes la culpa de nada—, dijo Karen, su tono cálido. —En dado caso, sería la mía por irme así...
—Vuelves a echarte la culpa por algo que haga ese imbécil, te juro que no dejo que se transforme en su vida—, rugió Brath, su frustración palpable en su voz. Tomó la mano de Karen que descansaba sobre mi rostro, besó el dorso de su mano, como si intentara transmitirle todo su dolor y arrepentimiento en ese pequeño gesto. —Lo hiciste porque no tenías de otra, pensaste que era lo mejor... Él es el culpable por imbécil, y nada más. Sigo con él porque no tengo de otra, si por mí fuera, lo mato por dañarte.
Karen lo miraba, sus ojos llenos de contradicción, de amor y dolor, mientras Brath continuaba hablando.
—Te amo, mi Luna, y aunque lo que diga signifique condenarme, también lo diré sin remordimiento alguno... No lo perdones tan fácil, no lo merece.
—Lo dicho, me cae mejor el lobo", exageró Anasstacia, interrumpiendo el momento tenso entre ellos. Brath la miró sin separarse de Karen y sonrió, una sonrisa tranquila pero desafiante.
—Dale otro batazo—, dijo, y Anasstacia, como si fuera un juego, se mostró de acuerdo.
—Pero que le duela hasta la otra vida, Anny—, continuó él, su tono lleno de humor negro. Anasstacia asintió con entusiasmo, sin borrar esa sonrisa traviesa.
—No lo mataré, pero sí le va a doler mucho—, respondió Anasstacia, sin mostrar ninguna vacilación en sus palabras. Su mirada fija en Brath reflejaba una comprensión extraña, como si los dos compartieran un vínculo más profundo del que yo jamás entendería.
—No— habló Karen, su voz seria y decidida, mirando a ambos con una autoridad que ni Brath ni Anasstacia podían desafiar. —No lo hagas, está demasiado herido y necesito que esté bien para que Best se recupere...
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Editado: 15.07.2026