Ya había pasado una semana desde que regresé a la manada. El ambiente seguía sintiéndose extraño, como si hubiera una fina capa de tensión flotando en el aire, invisible pero presente en cada rincón. A pesar de todo, había una rutina establecida, y Brath parecía encajar mejor de lo que yo jamás lo haría. La mayor parte del tiempo, era Brath quien tenía el control del cuerpo de Lucas.
Él ya estaba completamente curado. Mi conejita, por su parte, había comenzado a usar sus poderes y su cuerpo no había vuelto a cambiar desde la última vez. Se había quedado con la apariencia de una chica de dieciséis años.
Mi conejita…
Pensar en ella aún provocaba una mezcla de emociones que no podía manejar del todo. Estaba cambiando, evolucionando. Sus poderes comenzaban a manifestarse con mayor claridad, aunque todavía había cosas que no podía controlar. Su cuerpo había dejado de transformarse, estabilizándose en la apariencia de una chica de dieciséis años. Se veía tan joven y frágil, pero en su interior ardía una fuerza implacable.
Era tan parecida a Henry. Su cabello castaño oscuro le caía en ondas largas y sedosas hasta la parte baja de los glúteos. Sus ojos café chocolate tenían ese brillo cálido y profundo que atrapaba a cualquiera que los mirara por demasiado tiempo. Su piel clara tenía un matiz bronceado que resaltaba en contraste con sus labios rosados.
Yo, en cambio, había decidido cortarme el cabello hasta la mitad de la espalda. No podía lidiar con el demasiado largo, me recordaba a otra versión de mí misma… a alguien que ya no existía o que, al menos, prefería creer que había desaparecido.
Brath estaba realizando una rutina de revisión por la manada junto con Zack y Arturo, mientras que Laura se quedaba en la casa con los mellizos y Marissa, quien había estado algo extraña en los últimos días.
Desde el balcón de la habitación en la que ahora me quedaba, observaba a Anny en el jardín. Se veía concentrada, con el ceño fruncido y los labios apretados mientras practicaba sus poderes. No se había dado cuenta de que la estaba mirando. Tal vez era mejor así.
Maldecía en voz baja cada vez que algo no salía como quería. Estaba tratando de transportar pequeños objetos desde la casa hasta sus manos. Al principio, solo aquellos que estaban cerca respondían a su llamado. Su frente se arrugaba cada vez que fallaba, y en sus ojos podía ver una mezcla de frustración y determinación.
Después de un rato de intentarlo, cambió de táctica. Ahora intentaba teletransportar algo más grande. Su respiración se volvió más profunda, sus manos temblaban ligeramente mientras enfocaba toda su energía en el objeto frente a ella.
Pero no pasó nada.
Sus labios se torcieron en una mueca de frustración y su pie golpeó la tierra con impaciencia. Pude escuchar su susurro entrecortado, una maldición ahogada en su garganta.
Me apoyé en la baranda del balcón, sin dejar de observarla. No quería interrumpir, no quería distraerla. Pero tampoco podía apartar la mirada.
Ya habían pasado al menos dos horas y ella seguía en el jardín, inmersa en lo mismo, repitiendo una y otra vez el mismo proceso. No se había dado cuenta de mi presencia, y yo, desde la altura del balcón, me limitaba a observarla. Había algo fascinante en la manera en que fruncía el ceño, en su expresión de absoluta concentración, en el ligero temblor de sus dedos cuando contenía su frustración.
Verla así me recordaba a alguien. A Henry, cuando se empeñaba en aprender algo nuevo y se enredaba en su propio temperamento. Al final, siempre terminaba triunfando, aunque fuera a base de cabezazos contra la pared.
Suspiró con pesadez y cerró los ojos. Sus labios se movieron en un murmullo apenas audible, como si pronunciara un conjuro que solo ella entendiera. Luego, un fino hilo de humo oscuro comenzó a surgir entre sus manos cerradas en puños.
Me incliné un poco más, conteniendo el aliento.
El humo se esparció con lentitud frente a ella, arremolinándose, denso como niebla. Y entonces, como si emergiera de algún lugar lejano, la silueta de un hombre comenzó a materializarse.
La figura parpadeó con desconcierto, sus ojos recorriendo el entorno como si no comprendiera dónde estaba.
—¿Cómo regresé? —preguntó con voz ronca.
Me tomó un segundo reconocer su tono, pero cuando lo hice, mi cuerpo se tensó.
Eren.
Anasstacia abrió los ojos de golpe, y su rostro se iluminó con una sonrisa.
—¡Tonto! —exclamó con alegría.
La voz lo hizo girar bruscamente. Sus ojos se posaron en ella, analizándola con una mezcla de confusión y asombro.
—¿Quién eres? —murmuró con el ceño fruncido.
Su cabello había crecido hasta los hombros, y su barba estaba descuidada. Llevaba un pantalón de buzo gris, pero su torso estaba descubierto, dejando a la vista un cuerpo marcado por cicatrices. Había algo en su mirada… una especie de vacío, como si acabara de despertar de un sueño profundo y no supiera si la realidad frente a él era verdadera o no.
Anny sonrió con suavidad y extendió su mano hacia él.
—Anasstacia Grayson —se presentó con voz calmada.
Desde mi escondite, vi cómo Eren parpadeaba un par de veces. Se notaba abrumado, como si estuviera tratando de recordar algo que no terminaba de encajar.
Entonces, algo cambió en su expresión. Sus labios se entreabrieron con sorpresa.
—¿Mamá logró sacarte? —preguntó en un susurro.
Anny asintió de inmediato, sin dudarlo, y en un impulso, se lanzó a sus brazos.
Eren la atrapó sin esfuerzo, aunque la sorpresa seguía reflejada en su rostro.
—¿Cómo creciste tan rápido, chinche? —murmuró con nostalgia, pasando una mano por su cabello.
Ella hizo un pequeño puchero y frunció el ceño.
—Oye —se quejó.
Sonreí sin querer y me cubrí la boca con la mano, intentando no delatar mi presencia. Había algo genuino en su reencuentro, algo cálido, casi hogareño.
Eren se separó un poco y depositó un beso en la frente de Anny.
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Editado: 15.07.2026