—Mamá… —la voz ahogada de Anasstacia se perdió entre el llanto de los bebés y los gritos en la sala.
Pero Sonia no escuchó.
—No permitiré que mi hijo sufra más.
Su voz tembló de rabia contenida y sus ojos brillaron de un azul feroz.
Yashio reaccionó antes de que la loba tomara el control por completo. Le arrebató al bebé de los brazos con una firmeza cuidadosa, pero Sonia ni siquiera pareció notarlo. Su pecho subía y bajaba con respiraciones irregulares, el poder vibraba en el aire a su alrededor.
—No dejaré que la bestia que tienes por hijo se acerque al mío… —gruñó con desprecio.
Supe en ese instante que había cruzado un límite del que no podría volver.
Mis manos comenzaron a picar. El hormigueo se extendió por mis brazos y, sin pensarlo, salté de mi lugar y aparecí frente a ella.
La tomé del cuello y la elevé del suelo con levitación.
La fuerza en mi agarre no era suficiente para asfixiarla, pero sí para que sintiera el peso de sus palabras.
El resto de la mesa nos miraba, expectantes y tensos, con miedo de intervenir.
El aire se volvió espeso.
Me impulsé hacia atrás con ella aún en el aire y la estampé contra la pared. El impacto hizo que varios cuadros cayeran al suelo con estrépito.
Los bebés lloraban más fuerte.
Alexander, con apenas unos meses de vida, soltó un gruñido bajo e instintivo, exigiendo silencio y calma.
El eco de su sonido reverberó en la sala.
—¡Saquen a los niños de aquí! —ordenó Lucas con urgencia.
Pero no me importó.
Me incliné sobre Sonia, que ahora estaba en el suelo, con una mano en el cuello y la respiración acelerada.
Me acerqué tanto que mis labios rozaron su oído cuando hablé:
—Retráctate —gruñí con voz baja y gélida—, o no te imaginas cuánto disfrutaré despellejarte y luego quemarte viva.
Su mirada chispeó con furia.
—¡Deténganse! —exigió Yashio.
Pero apenas si procesé sus palabras.
Me giré apenas para verlo, y Sonia aprovechó el instante para lanzarse sobre mí.
Sus garras perforaron mis hombros y nos fuimos al suelo.
Su loba gruñó cerca de mi rostro, sus colmillos afilados expuestos en una amenaza abierta.
—Jamás, maldita.
Sonreí con burla, mostrando los míos.
—Suplicarás piedad.
Con un giro rápido la hice rodar, liberándome de su agarre.
Me puse de pie antes que ella, pero Sonia también logró incorporarse con dificultad. Sus ojos aún brillaban con el fuego de la pelea.
Corrí hacia ella y la sujeté por el cuello.
Esta vez, hundí mis garras en su piel.
Sonia soltó un jadeo ahogado, pero antes de que pudiera reaccionar, Soraya se abalanzó sobre mí con un gruñido furioso.
El impacto me sacó del suelo y rodé en el aire dos veces antes de chocar contra un estante.
Los objetos cayeron sobre mí cuando impacté contra el suelo.
Reboté contra la madera rota antes de detenerme en seco.
—¡Karen, detente! —gritó Lucas, colocándose entre nosotras.
Le gruñí, pero antes de que pudiera moverme, Yashio me tacleó de nuevo.
El golpe me empujó contra la pared y caí de rodillas, jadeante.
Los miré con furia.
—Todos ustedes… —Best gruñó, tomando el control por completo—. Malditos parásitos…
Su voz sonaba más profunda, casi gutural.
—Rogarán jamás haber ofendido a mi familia.
—¡Mamá!
El grito desgarrador de Anasstacia rasgó la tensión en la sala.
Todo en mí se detuvo.
Cada músculo, cada pensamiento.
El mundo dejó de girar.
Él estaba ahí.
Sostenía a mi conejita del cuello.
Anny apenas se mantenía en puntas de pie, tratando de alcanzar el suelo, mientras sus pequeñas manos arañaban su brazo en un intento desesperado por soltarse.
Lágrimas gruesas y desesperadas rodaban por sus mejillas.
Baphomet gruñó con odio absoluto.
Y no la culpé.
Él…
Nos enfocamos en él.
Su figura se alzaba con desdén, rodeado por catorce licántropos furiosos y tres vampiros con colmillos al descubierto.
Pero Emen no parecía intimidado.
Su sonrisa burlona permaneció intacta mientras nos observaba.
—Hubo reunión… y no me invitaron —murmuró con fingido pesar.
Los gruñidos aumentaron en respuesta.
Pero no me importaban.
Solo veía a mi niña.
Ella sollozó entrecortadamente.
—Me… me duele… —susurró.
Su voz quebrada nos perforó a todos.
Sus ojos cristalizados se encontraron con los de él.
Y por primera vez, algo cambió en su expresión.
El desprecio en su rostro titubeó por una fracción de segundo.
Sus dedos se aflojaron un poco, y los pies de Anny tocaron por completo el suelo.
Pero su agarre no desapareció.
Lucas dio un paso adelante.
—Déjala.
Emen lo miró.
Algo en él se había apagado por un instante.
Nos recorrió a todos con la mirada y se detuvo en mí.
Su sonrisa volvió con sorna.
—Hola, Karen.
Gruñí con furia.
Baphomet lo secundó.
—Emen…
Su nombre salió de mis labios impregnado de desprecio.
No sabía qué hacer.
Cómo proceder.
Pero una cosa estaba clara:
Ese maldito debía quitar sus asquerosas manos de mi niña.
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Editado: 15.07.2026