Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 59 - Carolina

Apretaba mis puños con tanta fuerza que sentía las uñas clavándose en la carne de mis palmas. Mi respiración era pesada, errática, y la rabia dentro de mí no dejaba de arder. Todo mi ser estaba en tensión, al borde del colapso, pero algo dentro de mí me mantenía firme. Gracias a la Diosa, mi hijo y los demás niños ya estaban fuera del comedor. Probablemente, ya habían salido de la casa también. Se habían ido con Laura, y por fin estaban a salvo, lejos de este maldito infierno.

Él. Él era el culpable de todo lo que había pasado. De cada maldita cicatriz, cada lágrima, cada sacrificio. Todo lo que había destruido la vida de Karen, mi hermanita, él tenía las manos manchadas de esa culpa. Ella no merecía lo que le había tocado vivir, todo el sufrimiento, el dolor que él le había causado… no lo merecía. Nadie lo merecía.

Mi mente recorría cada momento oscuro de nuestra vida, los recuerdos de la infancia que, de alguna manera, nunca fueron tan inocentes. Él, su hermano, había sido la causa de toda mi angustia. Desde que era pequeña, siempre estuvo ahí, arruinando mi vida, alejándome de la paz, y, de alguna forma, involucrando a todos a su alrededor en esa espiral de destrucción. Él había arruinado la mía, y luego, cuando pensé que lo peor ya había pasado, había continuado con Karen. La había llevado por ese mismo camino tortuoso. Ella no merecía esa carga, y yo no podía quedarme de brazos cruzados mientras veía cómo todo lo que quedaba de ella se desmoronaba bajo su peso.

Era un maldito círculo vicioso. Desde el momento en que nuestros destinos se cruzaron, nuestras vidas fueron como piezas de un juego cruel y despiadado. Un juego en el que no había reglas, y nosotros estábamos condenados a enfrentarnos una y otra vez. Cuatro vidas que se entrelazaban de la forma más oscura posible. Tres, ahora, porque uno ya estaba muerto. Mi hermano… su hermano. Ese hijo de puta que nos arrastró a todos a la ruina.

Era como si estuviéramos atrapados en una trampa, sin salida. Nos empujábamos unos a otros hacia el abismo, hasta que, de alguna manera, uno de nosotros emergiera victorioso. Pero a qué costo… No había ni una pizca de honor en este juego. Ninguno de nosotros había salido ileso, ni siquiera el que pensó que todo esto valdría la pena. Nadie que haya vivido a través de este tormento podría decir que fue justo.

En mi pelea, fui quien ganó, y eso me dolió más de lo que estoy dispuesta a admitir. Gané, sí, pero ¿a qué precio? ¿Qué había quedado de mí después de todo esto? Pero aún así, me aseguraría de que ella, Karen, no fuera la que perdiera. No iba a permitirlo. No después de todo lo que había sufrido. No después de todo lo que le había sido arrebatado. Ella se merecía, al final de todo, un maldito final feliz. Algo que me quitó el aliento solo de pensarlo. Había pasado por demasiado dolor, había sufrido tanto, que se lo debía. Se lo debía a ella, se lo debía a nosotras.

No podía dejar que esta historia terminara de otra manera. Ya había pagado el precio de la tragedia, pero lo que más quería era que ella tuviera la oportunidad de decidir su propio final. El final que se merecía. Porque en algún rincón de mi corazón, algo me decía que ella podía salvarse.

Por Karen, por lo que quedaba de ella, por lo que siempre fue, yo iba a asegurarme de que esta vez las piezas del juego cayeran a su favor.




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