Todo estaba sumido en una tensión palpable, el aire denso con la promesa de violencia. Gruñidos resonaban por todos lados, una amenaza constante de que cualquier segundo podría estallar en caos. Todos estábamos dispuestos a acabar con el hombre que se encontraba frente a nosotros. La situación era tan irónica como desgarradora: de estar peleando entre nosotros mismos, de tener nuestras diferencias y nuestros odios, ahora nos encontrábamos alineados con el mismo objetivo. Un objetivo que amenazaba con arrebatar no solo la vida de una persona importante para mí, sino la de todos los que me importaban, incluso la mía.
Anny se movía inquieta, sus ojos recorrían el espacio de un lado a otro con desesperación. Podía ver cómo su rostro reflejaba una mezcla de miedo y angustia, cómo su cuerpo temblaba ligeramente mientras trataba de mantenerse firme. Seguramente, su mente estaba llena de pensamientos confusos, pero más que nada, estaba aterrada, y no podía culparla. En ese momento, mi propia ansiedad y desesperación se unieron a la suya, pero la diferencia era que yo ya había atravesado tantas batallas que, de alguna manera, aún podía mantenerme firme. Anny, por el contrario, era aún una niña, una niña atrapada en un cuerpo que no sabía cómo responder ante este tipo de situaciones.
Fue entonces cuando, como una ráfaga de viento helado, se me vino a la mente una conversación que había tenido con ella más temprano. Las palabras exactas de Anny retumbaban en mi cabeza con fuerza:
"Lo mío es de vida o muerte, y lo tuyo, lo tuyo es pura estupidez y capricho."
Las palabras se repetían en mi mente como un eco, como una verdad amarga que debía aceptar, pero que no dejaba de picar en lo más profundo de mi ser. Gruñí entre dientes, sintiendo la presión de la furia acumulándose dentro de mí. Mis puños se apretaron con fuerza, como si intentar aferrarme a algo sólido pudiera calmar el torbellino en mi interior. Pero no era suficiente. Mi mente seguía martillando con pensamientos que no podía ignorar. Quería ir hacia él, hacia ese hombre maldito que mantenía a mi hermana en su agarre. Quería arrancárselo, quería verlo desangrarse, sufrir como nunca antes.
Pero algo más profundo dentro de mí me frenaba. Era el instinto de proteger, de salvar a Anny, de asegurarme de que ella estuviera a salvo, aunque eso significara poner en riesgo mi propia vida. Algo que me aterraba profundamente era la idea de que no podía salvarlos a todos. En ese momento, me di cuenta de lo que significaba tener que elegir entre dos mundos que ambos me definían de maneras tan diferentes. Por un lado, mi hermana, mi alma, mi felicidad, y por el otro, mi familia, aquella que me había criado, que me había enseñado el valor de la lealtad, el sacrificio, y el amor incondicional.
Mi familia, la misma que me había recogido cuando más lo necesitaba, cuando el mundo parecía haberse derrumbado sobre mí. Había dado todo por ellos, y ahora, con Anny atrapada en esta pesadilla, sentía que el universo me estaba empujando a tomar una decisión imposible. ¿Cómo podía elegir entre salvar a una y condenar a la otra?
El peso de esa elección me aplastaba. Sabía que solo podía salvar a uno, que en este juego de vidas y muertes, solo uno podría salir intacto. ¿Cómo deshacerse de tu alma sin destruirte en el proceso? Esa era la pregunta que me martillaba en la cabeza. La respuesta era confusa, dolorosa, pero no podía evitar pensar en ello, en lo que significaba estar atrapada entre dos mundos, entre dos amores. ¿Podía realmente salvar a Anny y perder todo lo que me daba sentido en la vida? ¿O debería priorizar a mi familia, sacrificando lo que más amaba?
Entonces, todo se volvió claro. Anny era la clave. Solo ella podía acabar con él. Había algo en ella, algo que siempre había estado ahí, algo mucho más grande de lo que cualquier de nosotros podría comprender. Pero no estaba sola. Con la ayuda de mamá, ella tendría el poder para enfrentarse a este monstruo. Era solo una niña, sí, una niña atrapada en un cuerpo adolescente, pero dentro de ella había una fuerza que ni siquiera ella comprendía por completo.
Recordé el momento en que la encontramos en Grecia. Estaba perdida, sola, vulnerable, pero aún en su fragilidad, había algo en ella que me conectaba con una parte de mí misma que había olvidado. Aquel miedo en sus ojos, esa desesperación, esa necesidad de protección... Y sin embargo, no podía dejar de pensar que, en el fondo, ella era mucho más fuerte de lo que pensábamos. Aún seguía siendo esa niña, mi niña. La niña que habíamos prometido proteger a toda costa. La niña que no importaba cuán pequeña fuera, aún era capaz de salvarnos a todos.
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Editado: 15.07.2026