"El verdadero protagonista de la historia apenas se ha revelado. Y tú, ya te has creído todo lo que se te ha mostrado."
Mi cuerpo temblaba de impotencia al no poder liberarme de él, el demonio que intentaba arrastrarme hacia el portal. Sabía que ahí, al otro lado, estaba él, esperando con ansias que cediera, que dejara que me llevaran a su lado. Pero no podía simplemente permitir que eso ocurriera, no podía rendirme tan fácilmente.
El aire a mi alrededor se volvió denso, como si el mismo universo estuviera conteniendo la respiración. Sentí que una energía familiar comenzaba a rodearme de nuevo. Era la misma energía que me había atrapado antes, la que había dejado mi alma encerrada en la prisión de cristal. Pero esta vez no era una fuerza que viniera de afuera, esta vez era la mía, la energía que llevaba guardada en lo más profundo de mi ser durante tanto tiempo. Esa energía celestial que siempre estuvo conmigo, pero que había aprendido a mantener a raya para evitar desbordarme. Esta vez, sin embargo, no podía detenerla.
El dolor se apoderó de mi espalda cuando sentí cómo mi cuerpo comenzaba a transformarse, cómo la energía me desgarraba y me empujaba hacia la liberación. Mis alas, esas alas que nunca quise mostrar, que ocultaba por miedo a lo que representaban, se abrieron con una fuerza brutal. El dolor se transformó en una oleada de poder que me envolvía, me dominaba. Dos enormes alas blancas surgieron de mi espalda, extendiéndose como una tormenta de luz. Mi cuerpo se elevó del suelo con la gracia y la velocidad de un ser sobrenatural, aún más maravilloso y fantasioso que los que pisaban el suelo debajo de mí.
Ya no era la misma, ya no era aquella criatura desterrada, ya no era la exiliada que había sido rechazada por mi propio pueblo. Yo era Zephyros Almassol, el ángel de la naturaleza, el que había sido condenado por algo que ni siquiera entendía. Y con esa liberación, me sentí más poderosa que nunca y al mismo tiempo tan vulnerable sintiendo como todo mi interior temblaba.
Volé hacia arriba, librándome de las garras del demonio que me retenía, pero no pude evitar un sentimiento de ira y frustración que se acumuló en mi pecho. A mi alrededor, los demonios continuaban su ataque imparable. Desde las alturas, mi visión era espantosa. Los lobos de la manada, esos seres que luchaban, caían bajo el peso de los demonios. Los lobos azules, rodeados, se defendían con valentía, pero parecían cada vez más atrapados en una maraña de sombras. Los lobos rojos se transformaban en humanos, utilizando sus armas mágicas dadas por la diosa Mirna para luchar, pero aún así, parecía que no podían detener la marea de maldad que se desataba, la ola de miasma que los debilitaba a pesar de yo estar recogiéndola para que no se impregnarán en su interior y los destruyeran desde dentro.
La desesperación invadió mi pecho por un momento, pero me obligué a mirar hacia el portal.
Ahí estaba él, de nuevo. A través de la brecha, podía ver su figura. Los recuerdos de lo que fuimos, de lo que nosotros teníamos, comenzaron a inundarme.
Él me había amado tanto, y yo también a él, había traiciones, esas que nos habían separado, esas que me habían matado. Su mirada, tan ansiosa, tan esperanzada, me atravesó como una daga. Una punzada de dolor me perforó el alma al pensar en todo lo que había perdido. Todo lo que habíamos perdido por amarnos.
Los recuerdos del Olimpo, ese lugar que había sido mi hogar, regresaron a mí con una fuerza arrolladora. Recuerdo la brillanteza de sus cielos, las montañas imponentes, las aguas cristalinas que bañaban los campos de la eterna juventud. Ahí fue donde nací, donde mi alma se formó, donde me enseñaron a ser un protector, un guardián de la naturaleza. El Olimpo era mi hogar, mi lugar, hasta que todo cambió. Hasta que fui exiliada por un pecado que no cometí. Un pecado inventado por aquellos que temían el poder que representaba mi conexión con la tierra, con los vientos, con el fuego, con el agua y con todos los elementos que formaban el tejido de la naturaleza misma.
Gruñí ligeramente con el dolor latente en mi alma, la rabia surgiendo desde lo más profundo de mi ser. El dolor por la traición, por la condena, por la pérdida, por el amor que había perdido, explotó en una llamarada de poder. Sin pensarlo más, me lancé hacia el suelo. Mis pies tocaron la tierra con una fuerza brutal, y fue como si toda la furia de la naturaleza misma se liberara conmigo.
La tierra misma respondió a mi llamado, y liberé una onda expansiva de energía que arrasó con todos los demonios cercanos. No importaba cuán poderosos fueran, ningún demonio podía soportar el poder de un ángel de la naturaleza. El suelo tembló, las plantas a mi alrededor se retorcieron como si quisieran escapar de la energía que liberaba, pero no podían. Mi poder era implacable. Era el poder de la tierra, del cielo, de todo lo que existía, y no había nada que pudiera detenerlo.
Pero mi cuerpo, agotado por la liberación de tanto poder, comenzó a ceder. Mis músculos, sobrecargados por la intensidad de la energía, se tensaron y se debilitaron. La fatiga me golpeó con fuerza, y el dolor de haber liberado mi poder de esa manera comenzó a apoderarse de mí. Las alas que habían brillado con tanta intensidad desaparecieron tan rápidamente como habían aparecido. Sentí como si mi propio cuerpo estuviera desmoronándose, desvaneciéndose en la oscuridad. No pude evitarlo. La inconsciencia me alcanzó, y caí, sin poder hacer nada para evitarlo.
Aquel que me había amado y yo había amado, estaba al otro lado del tablero de la partida que ahora se estaba desarrollando, aguardando con su ansia interminable de poder volver a tenerme, de volver a estar juntos, y yo quería regresar con él. Pero no podía permitir que aquella familia que me había acogido y me había protegido pereciera por regresar junto a él.
Yo, Zephyros Almassol, el ángel de la naturaleza, el desterrado, el olvidado, ahora me encontraba una vez más en un campo de batalla, luchando por mí supervivencia. Y aunque caí inconsciente, supe en lo más profundo de mi ser que mi historia no había terminado. Se suponía que yo había muerto a mano de uno de los príncipes del infierno porque nuestro amor estaba prohibido, pero yo era un ángel, uno de los más puros y por eso Dios me dio la oportunidad de regresar, sin conocimientos de mi vida anterior.
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Editado: 15.07.2026