Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 66 - Anasstacia Almassol

El dolor en mi cuerpo era un recordatorio persistente de lo que había sucedido. No era un dolor insoportable, pero estaba ahí, pulsando en lo más profundo de mis músculos, como si cada fibra de mi ser estuviera resentida por el esfuerzo. Abrí los ojos con dificultad, sintiendo cómo mis párpados pesaban como si hubiera estado durmiendo durante siglos.

Apenas un rayo de sol atravesó la ventana y golpeó mi rostro, un agudo pinchazo de incomodidad me hizo entrecerrar los ojos. El reflejo fue inmediato; levanté una mano para cubrirme, intentando bloquear la luz que me cegaba. Era irónico… la luz, algo que una vez fue tan natural para mí, ahora me resultaba casi insoportable.

Cuando mis ojos finalmente se adaptaron, mi mirada vagó por la habitación y se detuvo en una figura conocida. Mamá.

Estaba en el suelo, acurrucada en una posición incómoda junto a mi cama. Su cabello desordenado se esparcía sobre la alfombra, y su pecho subía y bajaba en un ritmo lento y constante. Sus labios estaban entreabiertos y, como siempre que dormía profundamente, una delgada línea de baba se deslizaba desde la comisura de su boca.

Una risa suave escapó de mis labios.

Era tan típico de ella.

Recordé aquella vez en la que caí enferma, cuando aún era pequeña. Mamá se había quedado a mi lado toda la noche, vigilándome, asegurándose de que estuviera bien. Pero al amanecer, siempre terminaba en el suelo, completamente rendida, como si la fatiga la hubiera vencido sin previo aviso. Me resultaba increíble que alguien tan fuerte como ella pudiera caer de una forma tan torpe, pero a la vez… me hacía sentir protegida.

Bajé de la cama con cuidado, evitando hacer ruido. Extendí una mano y canalicé una pequeña cantidad de energía para elevarla en el aire y colocarla sobre el colchón. No quería despertarla. Ella había hecho demasiado por mí. Se merecía descansar.

Al sentir la suavidad de la cama, su cuerpo se acomodó instintivamente. La cubrí con la sábana y, con un gesto automático, limpié su rostro con delicadeza. Observé su expresión tranquila mientras dormía y, por un instante, me permití sentir una pizca de alivio.

Pero solo por un instante.

Retrocedí un par de pasos y dejé escapar un largo suspiro. Mi cuerpo aún se sentía pesado, como si cada parte de mí estuviera drenada de energía. Hacía tanto tiempo que no liberaba mis poderes… y ahora que lo había hecho, me estaba pasando una factura mucho más grande de lo que imaginé.

Ignoré la sensación de vacío en mi pecho y me dirigí al baño. Tenía que sacarme su esencia de encima. Me estaba volviendo loca.

El agua… sí, el agua me ayudaría.

Pero en el fondo sabía que no era cierto.

Entré al baño y me quedé frente al espejo, observándome. Con movimientos lentos, me quité la camisa rasgada y la dejé caer al suelo. Entonces, giré un poco mi cuerpo y mis ojos se posaron en mi reflejo.

Dos cicatrices largas y profundas recorrían mi espalda desde la base de mis omóplatos hasta la mitad de mi columna. Eran marcas afiladas, como si dos dagas hubieran sido clavadas en mi piel sin piedad. También había otras dos cicatrices más pequeñas cerca de mi cintura, casi pegadas a la columna.

Me sentí extraña al verlas.

Las había tenido antes… pero verlas de nuevo en mi piel me provocó una mezcla de emociones difíciles de explicar. Eran parte de mí. Eran una prueba de lo que fui, de lo que perdí. Antes, cuando las veía, me recordaban que estaba completa. Ahora, en cambio, solo me recordaban que ya no lo estaba.

No me sentía completa.

Suspiré pesadamente y terminé de desvestirme. Entré a la ducha y abrí la llave, dejando que el agua caliente cayera sobre mi rostro. Cerré los ojos y dejé que la sensación me envolviera. Era agradable. Era como un abrazo cálido, como un intento de consuelo.

Pero no importaba cuán relajante fuera, no podía eliminar esta sensación de vacío.

Nada podía hacerlo.

Era lógico. Estoy peleando contra mi propia alma.

¿Cómo no iba a sentirme vacía? Era como una cáscara de maní abandonada, desechada después de haber sido vaciada de su contenido. Solo quedaba lo externo, la estructura hueca de lo que alguna vez fui.

Supongo que nada cambiaría eso.

Era el precio que tenía que pagar…

O al menos, eso pensaba.

Porque ahora, ahora sí tenía problemas.




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