Me removí en la superficie suave de la cama, sintiendo cómo el colchón cedía bajo mi peso. Aún estaba adormilada, pero algo en mi interior me inquietaba. Una sensación extraña, como si algo estuviera fuera de lugar, se aferraba a mi pecho.
Abrí los ojos lentamente y parpadeé varias veces, tratando de aclarar mi vista. Me incorporé un poco, sintiendo cómo el cansancio todavía pesaba en mis músculos. Entonces, la inquietud se transformó en una punzada de ansiedad.
Anasstacia.
Me enderecé de golpe, el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. Mis ojos recorrieron la habitación, buscándola con desesperación. ¿Dónde estaba?
El miedo se deslizó por mi piel como una corriente helada. ¿Y si se había ido? ¿Y si todo lo que ocurrió ayer? El pensamiento me sacudió. Me levanté bruscamente de la cama, ignorando el leve mareo que me invadió, y mis ojos escanearon cada rincón del cuarto.
Pero entonces, escuché el sonido de una puerta abriéndose.
Me giré de inmediato.
Y ahí estaba ella.
Anasstacia salió del baño con una toalla envuelta en su cabeza, secándose el cabello con calma. Vestía una pijama de lana que parecía abrazar su delgado cuerpo, y cuando me vio, una sonrisa suave y familiar curvó sus labios.
El alivio me golpeó con una intensidad que casi me dejó sin aire. Sentí un nudo en la garganta, como si mi pecho hubiera estado conteniendo algo demasiado pesado. Sin pensarlo, corrí hacia ella y la envolví en un abrazo apretado, hundiendo mi rostro en su cuello.
Ella rió suavemente, devolviéndome el abrazo con una mano mientras con la otra sostenía la toalla para evitar que se resbalara.
—Buenos días, mamá. —dijo con voz serena, como si nada fuera diferente, como si el mundo no hubiera cambiado en un solo instante.
Pero para mí, todo había cambiado.
La separé de mí con cuidado, sin dejar de mirarla. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, mi mente aún luchando por calmarse. No entendía por qué la angustia seguía latente en mi interior, por qué mi cuerpo aún sentía esa sensación de inquietud.
Y entonces, sin pensarlo, sin siquiera cuestionarme por qué lo hacía, la giré con suavidad, dándole la espalda.
Algo dentro de mí me decía que tenía que mirar.
Levanté su camisa con manos temblorosas. Y lo que vi me dejó sin aliento.
Dos enormes cicatrices cubrían la mitad de su espalda, comenzando desde la base de sus omóplatos y bajando hasta el centro de su columna. Eran profundas, irregulares, como si hubieran sido causadas por algo filoso y brutalmente arrancado. Más abajo, casi pegadas a su columna, había otras dos cicatrices más pequeñas, como si fueran un eco de las primeras.
Mis dedos se deslizaron por aquellas marcas de forma automática, como si necesitara sentirlas para confirmar que eran reales. La piel se erizó bajo mi tacto y un escalofrío me recorrió la espalda.
No. No podía ser.
Mi mente trataba de negarlo, de encontrar una explicación racional, pero las palabras de Baphomet resonaron en mi cabeza con una claridad espeluznante:
"Ella no es solo una niña. Ella es un ángel. Por eso la necesito."
Mi respiración se volvió errática. Mi piel se erizó por completo.
No podía apartar la mirada de esas cicatrices, de esas marcas que parecían contar una historia que yo no conocía. Una historia que, quizás, había estado ignorando todo este tiempo.
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, un tamborileo frenético que casi ahogaba mis pensamientos.
Un ángel.
Anasstacia era un ángel...
La realidad me golpeó con tanta fuerza que sentí como si el suelo bajo mis pies desapareciera por un instante.
Ella se apartó un poco de mí, como si hubiera sentido mi reacción. Se giró lentamente y me dedicó una sonrisa ligera, despreocupada, como si lo que acababa de descubrir no fuera algo extraordinario. Cómo si lo que acababa de revelar a la manada no fuera un problema.
—Uno de mis poderes... —dijo con simpleza.
La forma en que lo dijo, con tanta tranquilidad, hizo que mi cabeza diera vueltas. ¿Uno de sus poderes? ¿Lo decía en serio?
¿Cómo? ¿Por qué?
Pero antes de que pudiera preguntar algo, antes de que pudiera recuperar el aliento, ella se alejó un poco más, con un movimiento rápido y natural, como si quisiera evitar que volviera a tocar su espalda.
Me quedé ahí, inmóvil, mirándola con una mezcla de confusión, asombro y miedo.
Baphomet tenía razón.
Había intentado ignorarlo, negarlo, convencerme de que no era posible, de que ella era simplemente mi pequeña hija. Pero ahora, con la evidencia justo delante de mí, con esas cicatrices que hablaban de un pasado que desconocía… no podía seguir engañándome.
Anasstacia era un ángel.
Y lo peor de todo… es que no tenía idea de lo que eso significaba.
Pero una cosa retumbaba en mi cabeza con las palabras de Baphomet, sería más fácil... O al menos, eso repetía Baphomet.
Decía que la teníamos de nuestro lado, pero realmente no entendía qué significaba eso.
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Editado: 15.07.2026