Mis pies colgaban en el aire, balanceándose suavemente hacia adelante y atrás mientras me acomodaba en la gruesa rama del árbol. Observaba el vaivén de mis piernas con una calma engañosa, como si el simple movimiento pudiera despejar el torbellino de pensamientos que me invadía.
El sol de la tarde bañaba mi piel con su luz dorada, filtrándose entre las hojas con pequeños destellos danzantes. El aire estaba cargado del aroma terroso del bosque, de la frescura de la naturaleza que me rodeaba.
Mis alas estaban desplegadas.
Las sentía ahí, majestuosas y pesadas en mi espalda, recordándome lo que era, lo que siempre había sido. Había decidido empezar a usarlas más, a sentirlas como una parte de mí en lugar de algo que debía ocultar. Ya no tenía sentido esconderlo.
Había volado por un rato, subiendo y bajando entre las corrientes de aire, sintiendo la libertad que solo el cielo podía ofrecerme. Pero cuando el cansancio se hizo presente, encontré refugio en aquel árbol. Ahora estaba ahí, contemplando el horizonte, perdida en mis pensamientos.
¿Qué pasaría ahora?
Mamá seguía en la casa. Probablemente estaba pensando en todo lo que había pasado, tratando de procesarlo.
Y Lucas… él había comenzado un plan para que ella lo perdonara. O algo así escuché de sus pensamientos.
No tenía intención de ayudarlo, pero tampoco de interponerme. Ella merecía ser feliz. Después de todo lo que había pasado, después de todas las mentiras, las pérdidas, el dolor… ella merecía al menos eso.
Aun así, la idea de que lo perdonara me inquietaba. No era justo. No después de lo que él había hecho. Pero, ¿quién era yo para decidirlo?
Suspiré, abrazando mis propias dudas.
Aunque, si lo pensaba bien, ella ni siquiera era mi madre.
Ni Henry Grayson era mi padre.
La verdad me golpeó con un peso familiar, uno que había aprendido a ignorar con el tiempo. Pero ahora, con todo lo que había sucedido, no podía evitar recordarlo.
Yo no era humana. Nunca lo fui.
Cuando bajé del cielo, tenía la apariencia de una niña de dos años. Fue un accidente, o al menos eso pensé en aquel momento. Los Supremos me habían asignado a un humano como su ángel guardián, pero cuando llegué a este mundo, aquel humano ya estaba muerto.
Intenté regresar. Pero no pude.
Los Supremos me dijeron que estaba manchada, que ya no era digna de volver. No entendía completamente lo que significaba en ese entonces… pero lo comprendí con el tiempo. Me habían desterrado.
Estaba sola.
Y a los días de haber estado aquí atrapada sin poder regresar, todo regreso a mi sin piedad, lo que había ocurrido, como había muerto a mano del príncipe del segundo aro del infierno...
Hasta que ella me encontró.
Ocurrió cuando estaba de viaje en Grecia con Henry y sus hijos. Sus cuatro hijos. Ya eran mayores, excepto los mellizos, que apenas tenían tres años.
Ella no tuvo a nadie en algún momento. Y cuando me vio, cuando entendió que yo tampoco tenía a nadie, decidió adoptarme como si fuera una más de sus hijos. Como si realmente perteneciera ahí.
Y en algún punto… dejé de querer regresar.
No quería volver al cielo.
Me sentía bien con ellos, como si realmente tuviera un lugar en este mundo. Dejé de buscar una forma de regresar. Dejé de pensar en lo que había perdido. Aquí, con ellos, había encontrado algo mejor.
Los Supremos nunca me encontraron. Si es que alguna vez me buscaron.
Había mantenido mi poder oculto, sin liberar nunca un indicio de lo que realmente era. O al menos, así fue hasta que Teresa los atacó.
Ese fue el primer momento en el que todo cambió.
No quise hacerlo. No planeé usarlo. Pero cuando los vi en peligro, cuando sentí que podía perderlos… algo dentro de mí despertó. Usé la piedra del cristal para salvarlos, aunque eso significó quedarme atrapada con ellos.
Y luego, hace unas horas… ocurrió de nuevo.
Pero esta vez, fue diferente. Esta vez, no lo contuve.
Solté un suspiro, apartando esos pensamientos de mi mente. No servía de nada seguir pensando en el pasado. No cambiaría nada.
Moví un poco mis alas, sacudiéndolas con suavidad antes de elevarme de la rama. Subí alto, más alto que las copas de los árboles, sintiendo el vértigo recorrerme como un cosquilleo emocionante en los pies descalzos.
Era una sensación increíble.
El viento chocaba contra mi piel, agitaba mi cabello con fuerza, revolviéndolo como si quisiera enredarse con el mismo aire. Miré hacia abajo y vi los árboles reduciéndose a simples manchas verdes, como si el mundo entero estuviera encogiéndose bajo mis pies.
Sonreí.
Me envolví con mis alas y me dejé caer.
La adrenalina me recorrió en una descarga eléctrica, haciendo que riera en medio de la caída. Era liberador.
El aire silbaba a mi alrededor, el suelo se acercaba rápido. Esperé hasta el último momento, hasta que las hojas de los árboles estaban a punto de tocarme…
Y entonces, abrí mis alas de golpe.
La ráfaga de aire me elevó de nuevo hacia el cielo.
Mi risa resonó en el aire mientras me dejaba llevar por la sensación de libertad absoluta.
Si pudiera vivir así para siempre, sin preocupaciones, sin pensar en nada… lo haría.
Pero no podía.
Tomé rumbo de regreso a la casa, aunque seguí jugando en el aire, disfrutando del vuelo mientras pudiera.
Porque en cuanto mis pies tocaran el suelo, volverían las preguntas.
Volvería él.
Axael.
¿Por qué estaba aquí?
No lo entendía. No tenía sentido. Pero tenía que averiguarlo.
De alguna manera.
Sin comprometerme.
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Editado: 15.07.2026