Esperaba molesto en el living del castillo, caminando de un lado a otro, con la irritación consumiéndome desde dentro. El lugar, tan sombrío y majestuoso como siempre, parecía burlarse de mi impaciencia con su eterno silencio.
Cada paso que daba resonaba en las paredes de piedra oscura, mezclándose con el crepitar distante de una chimenea en otra habitación. El ambiente era denso, como si el aire mismo cargara con la presencia de los incontables secretos y traiciones que se tejían en aquel lugar.
Mi mandíbula se tensaba con cada minuto que pasaba sin respuesta. Abdiel me había citado aquí. Él, el infame rey del inframundo, había movido los hilos una vez más, y yo estaba atrapado en su maldita telaraña. No tenía opción, no podía retroceder… pero tampoco podía seguir así sin obtener respuestas.
De repente, unos pasos ligeros y despreocupados bajaron por la gran escalera de mármol negro. Alcé la vista y vi a Aluka, descendiendo con su característica sonrisa ladeada. Sus ojos brillaban con un destello de diversión apenas oculta, como si su presencia bastara para aliviar la tensión en el ambiente.
—Hola, Emen, mi padre ya viene —anunció con ligereza mientras terminaba de bajar los escalones. Luego, antes de que pudiera responder, añadió con rapidez—: Si pregunta, me fui a la cocina. Hasta luego.
Y sin más, pasó a mi lado con un leve movimiento de su túnica oscura. Apenas cruzó la gran puerta del castillo, extendió sus alas enormes y negras como la brea, desplegándolas con una majestuosidad inquietante. En cuestión de segundos, se elevó hacia el cielo nocturno y desapareció de mi vista.
Apenas su figura se esfumó, un sonido más pausado y deliberado llamó mi atención. Nuevos pasos bajaban las escaleras.
Volteé de inmediato y lo vi: Abdiel.
El rey del inframundo descendía con la calma de un depredador que sabe que su presa nunca podrá escapar. Vestía una camisa de mangas largas, que ajustaba con tranquilidad mientras bajaba, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus ojos, fríos y penetrantes, se posaron en mí con la misma indiferencia de siempre.
—¿Ahora qué se te ofrece, mi querido Exael? —preguntó con un tono despectivo que me hizo apretar los dientes.
—No cumpliste con el trato como lo habíamos acordado. —Mi voz salió con dureza mientras avanzaba hasta el final de la escalera. Necesitaba respuestas.
Abdiel arqueó una ceja, fingiendo interés.
—Explícate.
Mi paciencia estaba al límite.
—Zephyros. —Escupí el nombre con rabia—. Ella no revivió como dijiste que lo haría. ¿Por qué ahora es hija de la reina vampira si también me mandaste a matarla? ¿Por qué querías a Baphomet aquí otra vez? ¿Para que retome su puesto como condesa del infierno? —Gruñí con frustración, esperando cualquier reacción, cualquier indicio de que aquello había sido planeado desde el principio.
Abdiel suspiró con aburrimiento, como si mi furia no fuera más que un inconveniente menor en su día.
—Ah, eso —murmuró, sin inmutarse.
Mis puños se cerraron con fuerza.
—Sí, "eso" —repetí con sarcasmo, conteniendo el impulso de lanzarme sobre él. No valía la pena. A fin de cuentas, enfrentarse a él era como golpear una sombra: no haría más que desgastarme.
—Ella no es hija de Herodías —dijo con simpleza. Luego, inclinó la cabeza y corrigió—: Bueno… sí. Pero no exactamente.
Fruncí el ceño. ¿De qué demonios hablaba?
Abdiel esbozó una sonrisa mínima y continuó con su tono pausado, disfrutando cada palabra.
—Cuando su alma descendió del campo de los Olimpos tras su muerte, los ángeles la tomaron como si fuese un ángel guardián. Un error. Un truco viejo que utilicé para que la bajaran a este mundo con un propósito… le di una "vida". —Hizo comillas con los dedos, burlándose de la idea—. Eventualmente, se encontró con Herodías y ella la adoptó como su hija.
Se detuvo frente a mí, observándome con curiosidad, esperando mi reacción. Pero yo no parpadeé. No le daría la satisfacción de verme titubear.
—¿Y por qué me mandaste a matar a Herodías? —pregunté, aunque en el fondo, ya intuía la respuesta.
—Porque necesito su alma aquí. —Su voz adquirió un tono más serio, casi amenazante—. La primera vez que murió no vino al inframundo, quedó vagando en el mundo mortal, buscando un nuevo recipiente. Cuando finalmente la encontré, ya tenía otro cuerpo… y así se me escapó. No podía traerla conmigo hasta que muriera otra vez.
Un alma errante. Una maldición antigua. Un juego al que me habían arrastrado sin previo aviso.
—¿Quién es Herodías exactamente? —inquirí, sintiendo que la verdad era mucho peor de lo que imaginaba.
—Una vieja alma maldita —respondió con un aire de fastidio—. Ha vagado por ese mundo durante siglos, y cada vez que su recipiente se daña o se desgasta, busca otro para no venir aquí. Es escurridiza. Pero ahora que la tienes a tu alcance… —hizo un gesto con la mano, con la amenaza flotando en el aire—. Haz lo que te dije. O romperé las cadenas que la mantienen literalmente viva y la enviaré de vuelta al vacío al que pertenece. Junto con la mujer que tanto deseas.
Sus palabras fueron como un puñal en mi estómago.
Amelia.
No respondí de inmediato. Sabía que él tenía el poder de cumplir su amenaza. Y aunque me enfurecía estar a merced de su voluntad, no podía arriesgarme a perderla. No ahora.
Asentí con frustración y sin decir más, giré sobre mis talones y salí de allí. El aire frío de la noche me recibió con un escalofrío, pero el fuego dentro de mí ardía con fuerza. Esto se estaba complicando cada vez más. No solo para mí… sino también para ellas.
Tenía que cumplir con mi parte del trato.
Y tal vez… solo tal vez… al final de todo esto, lograría recuperar a mi dulce Amelia.
Tal vez podríamos ser felices.
Tal vez, todo este sufrimiento tendría sentido.
Que todo mi esfuerzo de siglos… no haya sido en vano.
Que todo nuestro dolor tenga un propósito.
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Editado: 15.07.2026