Mi Alrededor

Cuando no queda nada

El calor de Caracas parecía más pesado aquel día. Como si la ciudad supiera lo que estaba por pasar. Carlos caminaba por el estrecho pasillo del centro médico con las manos sudorosas, la garganta seca, y una punzada en el estómago que llevaba semanas sintiendo. Tenía apenas 22 años y algo dentro de él decía que su vida estaba a punto de cambiar.

—Carlos José Medina —llamó una enfermera desde la puerta.

Entró sin mirar a los lados. La sala estaba fría, blanca, demasiado estéril para su gusto. Frente a él, un médico joven, con rostro serio y una carpeta en las manos.

—Carlos, siéntate por favor.

Carlos obedeció.

—Recibimos tus resultados. No quiero darle vueltas al asunto. El examen dio positivo. Eres portador del VIH.

Por un segundo, el mundo dejó de moverse. Las palabras rebotaron en su mente como piedras contra el vidrio. VIH. Carlos no sabía si estaba respirando. El médico siguió hablando, mencionó tratamientos, controles, esperanza, estadísticas. Pero él no oía nada. Lo único que escuchaba era el zumbido sordo de su corazón, tambaleándose dentro del pecho.

Salió del consultorio en silencio. Caminó por la ciudad como un fantasma. No lloró. No gritó. Solo caminó hasta llegar a su casa, donde su abuela dormía la siesta. En su cuarto, se encerró. Se tumbó en la cama. Y ahí, por fin, las lágrimas vinieron, una tras otra, sin freno.

Durante tres días no comió. Ni habló. Solo miraba el techo, dejando que la oscuridad lo cubriera como una manta. Pensó en suicidarse. Más de una vez. Contó las pastillas en el botiquín. Se paró en el borde del balcón del apartamento en el piso ocho. Imaginó la caída, rápida, sin dolor. Imaginó a su abuela recibiendo la noticia.

Pero no lo hizo.

Una madrugada, vio el reflejo de su rostro en el espejo del baño. Pálido, con los ojos hundidos. Parecía otro. Un extraño. Y entonces algo se rompió... o tal vez se encendió.

¿Esto es todo?, pensó. ¿Voy a morir sin haber vivido de verdad?

No conocía el mar Caribe, nunca había salido del país, nunca se había enamorado, nunca había sentido el viento en la cima de una montaña. Tenía miedo, sí. Pero más miedo le daba arrepentirse.

Decidió irse.

Vendió lo poco que tenía. Empacó una mochila vieja con dos mudas de ropa, una libreta, sus documentos y los antirretrovirales que le habían recetado. Tomó un bus hacia el occidente, cruzó los Andes, y tras días de viaje agotador, llegó a Cúcuta. Colombia.

No tenía planes. Solo quería estar lejos de la ciudad que lo había visto quebrarse. Buscó trabajo en una panadería, lavó carros, vendió dulces en los semáforos. Cada noche dormía en habitaciones compartidas de hostales baratos. Pero estaba vivo. Y eso, por ahora, bastaba.

Una tarde en Medellín, sentado en el Parque de los Deseos, con una empanada en la mano y el sol bajando detrás de las montañas, la vio por primera vez.

Tenía el cabello castaño recogido con un lazo color mostaza, una mochila de colores y una sonrisa que no parecía de este mundo. Caminaba con pasos cortos pero seguros, como si conociera cada rincón de la ciudad. Se sentó en el mismo banco que él, sin decir palabra, y sacó un libro.

Carlos la observó de reojo. No por interés romántico —no se sentía capaz de eso—, sino por curiosidad. Ella irradiaba una tranquilidad que a él le era desconocida.

—¿Qué estás leyendo? —preguntó sin pensar.

Ella alzó la vista, sorprendida. Luego sonrió.

Cien años de soledad. Por cuarta vez.

—¿Te gusta tanto?

—Me recuerda de dónde vengo —dijo—. Soy de Colombia, de Pereira.

—Yo soy venezolano. Carlos.

—Alanna.

Y así, sin saberlo, empezó el capítulo más importante de su vida.

Esa noche fueron a tomar café en un sitio pequeño lleno de plantas y luces cálidas. Alanna le contó que tenía 27 años, que le gustaban los girasoles y los atardeceres, y que hacía dos años le habían diagnosticado un cáncer cerebral terminal.

—Me dieron seis meses —dijo, con una paz desconcertante—. Pero aquí estoy. Como ves, tengo la mala costumbre de no obedecer.

Carlos no supo qué decir. ¿Cómo una persona podía hablar de su muerte como quien cuenta un recuerdo bonito?

—¿Y estás sola?

—Más bien estoy acompañada de todos los que he conocido. Viajo desde que me enteré. Pensé que moriría en la cama de un hospital. Pero decidí irme. Ver el mundo antes de irme de él. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

Carlos bajó la mirada. Dudó.

—Me diagnosticaron VIH hace unos meses.

Alanna se quedó en silencio. Luego le tomó la mano por encima de la mesa.

—Entonces también estás escapando.

Carlos asintió, mudo.

—O tal vez —dijo ella—, estamos corriendo hacia algo.

Durante las semanas siguientes, Alanna y Carlos se volvieron inseparables. Recorrieron Medellín a pie, comieron bandeja paisa en mercados populares, y vieron películas al aire libre en el parque. Ella le mostró cómo reírse sin miedo, cómo bailar sin vergüenza, cómo saborear cada día como si fuera el último. Carlos le enseñó a ella a escuchar el silencio, a disfrutar de las pequeñas pausas, a leer entre líneas.

Y una noche, frente al embalse de Guatapé, ella le dijo:

—Quiero llegar a Australia.

—¿Australia?

—Sí. Es el lugar más lejano que se me ocurre. Quiero tocar esa tierra antes de irme.

Carlos pensó en su mochila, en su medicación, en su abuela, en el miedo. Y aún así, sin dudar, respondió:

—Vamos.

Ella lo miró con esos ojos que parecían entender todo.

—¿De verdad?

—Sí. No sé si tengo mucho tiempo. Pero quiero gastarlo contigo.

Alanna se acercó y apoyó su frente contra la de él.

—Entonces vamos a llenar el mundo de recuerdos. Hasta el ultimo rincón.

Así comenzó su travesía.

Desde Medellín bajaron hacia Cali, luego Quito, Lima, La Paz. Cada país era una historia, cada rostro un regalo. Él vivía con una sombra en la sangre. Ella con una bomba de tiempo en el cerebro. Pero juntos, reían, lloraban, amaban. Como si el fin del mundo fuera un detalle lejano.



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En el texto hay: miedo, amor, viajes epicos

Editado: 07.04.2026

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