Mi Alrededor

Entre volcanes

Quito los recibió con el aliento frío de los Andes y una lluvia que parecía lavarlo todo. La ciudad, con sus calles empinadas, sus casas de techos rojos y su cielo cambiante, se convirtió en su nuevo refugio durante varias semanas.

Se hospedaron en una casa antigua transformada en hostal en el barrio de San Blas. Tenía escaleras crujientes, una terraza con vista al Panecillo, y una dueña que preparaba chocolate caliente con clavo y canela. Por las noches, cuando la ciudad dormía, Alanna y Carlos se sentaban en esa terraza a compartir historias, a imaginar futuros y, en silencio, a confrontar los fantasmas del pasado.

Una noche particularmente fría, Alanna le entregó una pequeña libreta de tapas azules.

—¿Qué es esto? —preguntó él.

—Mi diario de viaje. Pero lo empecé antes de irme de Colombia. Lo he escrito para mí, pero también... para quien se quede.

Carlos la hojeó en silencio. Había dibujos, frases, pensamientos sueltos, nombres de personas, colores, rabia y ternura. Era un pedazo del alma de ella en papel.

—¿Y si no quiero quedarme? —dijo él, en voz baja.

—Entonces escríbelo también. Si estamos viajando juntos, quiero que este diario también te pertenezca.

Carlos escribió por primera vez esa noche. Su letra temblaba, pero dejó fluir palabras que nunca antes había dicho. Escribir se volvió su forma de hablar con ella sin hablar. Porque aún no encontraba el valor de decirle cuánto miedo le daba perderla. O peor aún: enamorarse sabiendo que ella, tarde o temprano, se iría.

En Quito visitaron iglesias barrocas, probaron locro de papa en la calle, y subieron al teleférico del Pichincha, donde el mundo parecía detenerse por segundos. Alanna reía con el viento golpeándole el rostro. Carlos, con una cámara vieja que había conseguido en una tienda de segunda mano, la fotografiaba constantemente. Decía que quería guardar todos sus gestos, como si pudiera congelar el tiempo.

Pero no todo era liviano. A veces, Alanna despertaba con dolor de cabeza. Se quedaba horas en silencio, mirando el techo, su lazo caído en el suelo. Carlos no preguntaba. Solo se sentaba a su lado y le tomaba la mano. A su manera, la cuidaba.

Ella también notaba que él tenía noches largas, en las que salía solo a caminar. Lo encontraba al amanecer, con los ojos rojos. No hablaban de eso. No aún.

Desde Quito bajaron hacia el sur por carretera, cruzando la sierra ecuatoriana, y llegaron a Lima tras más de dos días de viaje. Cansados, con la ropa empapada por la llovizna peruana, se instalaron en Miraflores. La ciudad les pareció un laberinto de contrastes: el caos del tráfico, el olor a cebiche, los murales llenos de vida y las olas golpeando el malecón como si también quisieran huir.

En Lima trabajaron unas semanas en una cafetería artesanal. Carlos limpiaba mesas, Alanna preparaba café. Era extraño verla tan concentrada, como si el mundo se redujera al aroma del grano molido y la espuma de la leche. Allí conocieron a Mauro y Teresa, una pareja argentina que llevaba años viajando en una combi y que los adoptó como hermanos pequeños. Con ellos compartieron cenas en la playa, conversaciones hasta el amanecer, y por primera vez, Carlos se atrevió a cantar en público en un bar. Alanna lo aplaudió con los ojos brillantes.

Pero a medida que la relación se profundizaba, también lo hacían las dudas.

Una noche, sentados frente al mar gris, Alanna preguntó:

—Carlos... ¿por qué sigues aquí?

Él frunció el ceño, confundido.

—¿Aquí en Lima?

—No. Aquí conmigo. Con todo esto. Con mi enfermedad, con mi fecha de vencimiento... Yo no te lo pedí.

Carlos apretó los labios. Miró las olas.

—No estoy aquí por lástima, si eso crees.

—Entonces ¿por qué?

—Porque contigo el tiempo no duele. Porque cuando estás cerca, me olvido de que estoy enfermo. Porque... —hizo una pausa larga— me haces sentir vivo. Y eso es más de lo que nadie me ha dado nunca.

Ella no respondió. Solo lo abrazó fuerte. Y esa noche, por primera vez, durmieron abrazados, como si el frío del mundo entero quisiera colarse entre sus cuerpos.

La llegada a Machu Picchu fue como un despertar espiritual. Tomaron el tren desde Ollantaytambo, cruzando valles verdes y montañas envueltas en neblina. Alanna lloró cuando vio el santuario por primera vez. No por la belleza del lugar, sino porque no creía haber llegado tan lejos.

—Estar aquí es como ganarle un punto al destino —dijo, mientras Carlos le tomaba una foto con el sol reflejándose en su rostro.

Subieron lento, por senderos de piedra antiguos. Ella se detenía cada tanto a respirar, pero se negaba a rendirse. Cuando llegaron a la cima, se sentaron en silencio frente a la ciudadela. El mundo parecía lejano, quieto. Los turistas desaparecieron de su mente. Solo estaban ellos dos, respirando el mismo aire sagrado.

—¿Tú crees en vidas pasadas? —preguntó Alanna, sin mirarlo.

—No lo sé. Pero si existen, seguro también te amé en alguna de ellas.

Ella sonrió, pero su sonrisa tenía tristeza.

—¿Y en esta? ¿Me amas?

Carlos tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que le dolía.

—No lo sé —respondió, con brutal honestidad—. Creo que sí. Pero tengo miedo de decirlo. Tengo miedo de que decirlo lo haga real. Y no sé si pueda soportar perder algo tan real.

Ella asintió. Lo entendía.

—Yo también tengo miedo —dijo—. Pero si vamos a morir... prefiero morir amando.

Y entonces se quedaron ahí. Cerca. Pero no del todo. Tocándose los dedos, pero no las manos. Como dos almas que se reconocen, pero todavía no se atreven a pronunciar su destino en voz alta.

Esa noche acamparon cerca de Aguas Calientes. En la tienda, envueltos en mantas gruesas, Carlos la vio dormir con el lazo aún en el cabello. Y por primera vez pensó que, tal vez, no se trataba de cuánto tiempo tenían juntos, sino de lo profundamente que estaban viviendo cada minuto.

Se prometió a sí mismo que, aunque el final fuera inevitable, haría de ese viaje el legado más hermoso de su vida. Y aunque aún no se lo dijera a ella, ya lo sabía.



#1656 en Otros
#60 en Aventura
#319 en Joven Adulto

En el texto hay: miedo, amor, viajes epicos

Editado: 07.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.