Mi Alrededor

Horizontes nuevos

Las calles de Río de Janeiro parecían bailar bajo el sol. Era como si la ciudad entera estuviera hecha de ritmos: el zumbido de las motocicletas, el murmullo de las olas, el canto de la gente. Todo vibraba con una energía distinta, como si el dolor no tuviera lugar allí. Al menos por un momento.

Alanna caminaba descalza por la arena de Copacabana con su lazo amarillo ondeando al viento. Carlos, más callado que nunca, la observaba con una mezcla de admiración y miedo. Desde Machu Picchu hasta Brasil, algo había cambiado entre ellos. Las palabras “te amo” aún no habían sido pronunciadas, pero ahora vivían más cerca, dormían abrazados, y en cada gesto cotidiano había una ternura que no necesitaba explicación.

Brasil los desbordaba. La comida era un carnaval de sabores, los paisajes una sinfonía de verdes y azules. Durante una semana vivieron en un albergue en Santa Teresa, rodeados de otros mochileros, artistas y soñadores. Fue allí, en un desayuno comunitario de pan de queso y frutas, donde conocieron a Gael.

Era un joven de unos 24 años, de piel negra profunda, cabello rizado y ojos inquietos. Viajaba solo, con una mochila enorme y una libreta donde escribía constantemente. Al principio, no habló con ellos. Se sentaba en una esquina, observaba todo con atención y se marchaba sin decir una palabra. Algunos lo ignoraban. Otros, murmuraban comentarios crueles. Pero Alanna, como siempre, fue distinta.

Una tarde lo encontró dibujando en una plaza. Se sentó a su lado sin pedir permiso.

—¿Puedo mirar? —preguntó con suavidad.

Gael asintió, sin levantar la vista.

Era un dibujo de las escaleras Selarón, pero hechas de galaxias. Como si el mundo que veía fuera mucho más vasto de lo que los demás podían imaginar.

—Es hermoso —dijo ella—. Me gustaría ver más de tu universo.

Gael no respondió, pero sus labios se curvaron apenas. Al día siguiente, se sentó a desayunar junto a ellos. No habló mucho, pero tampoco se fue. Carlos lo miraba con curiosidad. No entendía su silencio, pero intuía que había algo importante detrás de esa calma tensa.

Con el paso de los días, Gael se volvió parte del paisaje. Caminaba con ellos, aunque a veces se detenía sin razón. Se aislaba cuando había demasiada gente o ruido, y a veces desaparecía por horas. Pero siempre volvía.

Una noche, mientras acampaban en Paraty, bajo un cielo lleno de estrellas, Alanna le preguntó:

—¿Por qué viajas solo?

Gael se encogió de hombros.

—Porque el mundo no me entiende. y yo a veces tampoco entiendo al mundo. Pero cuando camino, todo se ordena.

Carlos, que había aprendido a leer los silencios, entendió más de lo que Gael decía.

—¿Tienes autismo? —preguntó, con respeto.

Gael asintió. No con vergüenza. Con verdad.

—Y ustedes. ¿por qué viajan?

Alanna y Carlos se miraron. Había tantas razones, tantas heridas, tantos fuegos encendidos detrás de esa respuesta. Pero Alanna solo dijo:

—Porque estamos vivos. Y no sabemos por cuánto tiempo.

Gael sonrió. Fue la primera vez que lo hicieron los tres juntos.

Durante semanas recorrieron el sur de Brasil: Florianópolis, Porto Alegre, pequeñas comunidades de artesanos y pescadores. Gael dibujaba todo. Carlos escribía más que nunca. Alanna recolectaba piedras, flores secas, postales, memorias que iba guardando como si fueran mapas de una vida que sabía que podría perder en cualquier momento.

La conexión entre los tres crecía sin esfuerzo. Eran distintos, pero se entendían en lo esencial: la fragilidad, la belleza del instante, el deseo de seguir adelante pese a todo.

Un día, mientras cruzaban la frontera hacia Argentina en un autobús lleno de mochileros, Carlos notó que Alanna estaba pálida, con los labios secos. Se había dormido con la cabeza sobre su hombro, y su respiración era irregular. La abrazó más fuerte, temiendo el peor de los presagios.

Gael lo notó y, sin decir nada, sacó una hoja de su cuaderno y escribió algo. Se la pasó a Carlos.

"Cuando llegue el momento, vamos a estar con ella. Nadie se va solo si tiene a alguien que lo ame."

Carlos sintió un nudo en la garganta. Miró al frente, hacia la ruta, y vio los carteles que anunciaban su entrada a Argentina. Pensó en cuánto habían recorrido, en cuántas veces pensó en rendirse, en todas las vidas que habían tocado... y en la que estaban construyendo juntos, sin saber hasta cuándo.

Alanna despertó minutos después, sonriendo.

—¿Llegamos?

—Sí —respondió Carlos, acariciándole el cabello—. Estamos en Argentina.

—¿Y ahora? —preguntó ella.

Carlos miró a Gael, que asintió en silencio.

—Ahora seguimos. Mientras podamos.

Esa noche acamparon cerca de las cataratas de Iguazú. El rugido del agua era ensordecedor, como un latido gigantesco. Los tres se tomaron de las manos, sentados al borde de un mirador. Nadie dijo nada. Pero en ese silencio, había una promesa.

La historia que estaban escribiendo ya no era de uno solo. Ahora eran tres. Tres almas rotas, pero juntas. Tres razones para seguir.

Y aunque aún no sabían adónde los llevaría el camino, sabían que el viaje valía la pena.



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En el texto hay: miedo, amor, viajes epicos

Editado: 07.04.2026

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