Mi Alrededor

México

El sol mexicano no tardó en abrazarlos con su calidez apenas desembarcaron en Veracruz. El puerto era bullicioso, colorido, lleno de aromas a maíz, mar y especias. Anderson se despidió de ellos con un apretón de manos y una mirada que decía más que sus palabras.

—No sé qué buscan exactamente —les dijo—, pero si algún día lo encuentran, espero que recuerden que estuvieron aquí y que alguien creyó en ustedes.

Alanna lo abrazó con fuerza.

—Gracias por llevarnos un poco más lejos.

Carlos, más reservado, solo asintió.

Gael le regaló un dibujo: el barco navegando hacia el horizonte con la palabra “Gracias” escrita en trazos suaves.

Dejaron atrás Veracruz y tomaron un autobús hacia Ciudad de México. A pesar del cansancio acumulado, cada uno se aferraba al momento. Gael estaba más expresivo que nunca, señalando murales, escribiendo nombres en su libreta, dibujando en los márgenes de los mapas. Carlos comenzaba a sentirse más cómodo en su piel; ya no era el chico quebrado por dentro que abandonó Venezuela. Alanna, aunque su cuerpo mostraba señales cada vez más evidentes de fatiga, tenía una luz en los ojos que parecía intensificarse con cada kilómetro.

Fue en Coyoacán, en una pequeña plaza frente a una librería, donde conocieron a Guadalupe.

La mujer estaba sentada sola, con un cuaderno viejo entre las manos. Tenía el cabello entrecano, piel morena, ojos oscuros llenos de nostalgia. Su ropa era sencilla, pero llevaba un broche en el pecho: una mariposa de colores. Alanna fue la primera en notar que Guadalupe los observaba.

—¿Le gusta dibujar? —preguntó Gael, sentándose a su lado sin miedo.

Guadalupe sonrió levemente.

—Mi hija dibujaba. Yo solo escribo.

Carlos y Alanna se acercaron.

—¿Y qué escribe? —preguntó Carlos, con curiosidad sincera.

—Cosas que ya no puedo decirle a nadie —respondió Guadalupe, sin apartar la mirada del cuaderno—. Hace cinco meses perdí a mi única hija. Desde entonces camino sin rumbo. A veces viajo en autobuses sin saber a dónde voy. Hace poco me jubilé como profesora. Pero nada me llena. Hasta hoy.

—¿Hoy? —dijo Alanna.

Guadalupe la miró con ojos brillantes.

—Hoy vi a tres personas que caminan como si la vida les ardiera por dentro. Y me recordaron que aún hay algo que buscar allá afuera.

Hubo un silencio. Luego, Alanna le ofreció la mano.

—¿Te gustaría venir con nosotros?

Guadalupe dudó. Luego cerró su cuaderno y dijo:

—Sí.

El grupo se fortaleció con su presencia. Guadalupe era una fuente de sabiduría tranquila. Contaba historias de sus alumnos, recitaba poemas, organizaba sus recorridos con eficiencia casi militar. Se convirtió en una madre sin quererlo, en una brújula emocional que les enseñaba a mirar con profundidad.

Recorrieron Puebla, Querétaro y Monterrey. En cada ciudad, Alanna parecía más débil, pero también más feliz. Carlos estaba cada vez más atento a sus necesidades. Gael, aunque callado, le tejió una pulsera azul con sus manos temblorosas. Guadalupe se la ató en la muñeca y dijo:

—Para recordarte que no estás sola, incluso cuando lo parezca.

Una noche, acampados cerca de la frontera norte, Carlos le confesó a Guadalupe el miedo que sentía.

—No quiero perderla. Pero sé que ese día llegará.

Ella lo escuchó sin interrumpirlo. Luego le dijo:

—No puedes evitar el dolor, Carlos. Pero puedes transformar ese dolor en algo más grande. Cuando llegue ese día… recuerda todo lo que construyeron. No dejes que su historia se apague.

Carlos guardó esas palabras como un tesoro.

El cruce a Estados Unidos fue menos complicado de lo esperado. Gracias a algunos papeles que Anderson les había ayudado a tramitar antes de dejarlos, pudieron ingresar como turistas por el paso fronterizo hacia Texas.

Cuando pusieron pie en suelo estadounidense, Alanna respiró hondo. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no de tristeza.

—Nunca imaginé llegar hasta aquí.

Carlos la abrazó desde atrás, rodeándola con sus brazos.

—Y aún no hemos terminado.

Guadalupe levantó una pequeña bandera tejida que había comprado en el camino y la agitó con una sonrisa.

—Vamos, muchachos. Texas nos espera.

Gael se adelantó, sacó su libreta y comenzó a dibujar: una carretera infinita, cuatro figuras caminando y, al fondo, una señal que decía: “Next stop: freedom.”

El horizonte se abría ante ellos, más incierto que nunca, pero lleno de posibilidades. Ahora eran cuatro, y cada uno llevaba consigo un motivo, un dolor y un sueño.

Y aunque sabían que el tiempo era una sombra constante detrás de Alanna, no iban a dejar que les robara ni un solo momento más.

El viaje continuaba.



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En el texto hay: miedo, amor, viajes epicos

Editado: 07.04.2026

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