Mi Alrededor

Despedidas invisibles

Estados Unidos los recibió con brazos abiertos y ciudades enormes.

Tras cruzar la frontera, todo parecía más rápido, más intenso. En El Paso, comieron tacos callejeros. En Arizona, caminaron por senderos rocosos mientras el desierto ardía bajo sus pies. Y en Las Vegas, por primera vez en semanas, rieron como si no tuvieran nada que temer.

Fue Guadalupe quien insistió en visitar el Strip. Se puso unos lentes de sol grandes, un sombrero prestado y dijo:

—Hoy no soy profesora, ni madre. Hoy soy una turista más.

Alanna la tomó del brazo y, con una energía que salía de no se sabía dónde, se vistió con una blusa llena de lentejuelas comprada por un dólar. Gael, más retraído, se quedó en el hostal dibujando luces de neón. Carlos, sin embargo, no se despegó de Alanna. En medio del caos de la ciudad, solo podía verla a ella.

Aquella noche, ganaron veintitrés dólares en una máquina tragaperras. Compraron hamburguesas, gaseosas, y vieron un espectáculo callejero de fuego. Alanna cerró los ojos y susurró:

—No quiero que esto acabe nunca.

Carlos la miró, y por un instante, quiso congelar el tiempo. Pero sabía que no podía.

Viajaron por carretera hasta California. En San Francisco, cruzaron el Golden Gate a pie, tomados de la mano, mientras Gael documentaba todo en una libreta que cada día tenía más dibujos, más anotaciones, más alma.

En Los Ángeles, Guadalupe encontró un café de poesía en español y leyó un texto en honor a su hija. Al terminar, lloró por primera vez frente a ellos. Alanna la abrazó sin decir nada. Carlos sostuvo su mano. Gael le regaló un dibujo de una madre y una niña sentadas bajo un árbol, leyendo.

—Ahora ella viaja contigo —dijo, bajito.

En Nueva York, el ruido fue otro. Más vertical, más eléctrico. Subieron al Empire State, vieron Central Park en otoño, caminaron por Brooklyn y, una noche, bajo el puente, Carlos le dijo a Alanna lo que había estado guardando.

—Te amo.

Ella lo miró sorprendida, como si las palabras le hubieran tomado desprevenida. Luego sonrió, le tomó la cara con ambas manos y dijo:

—Yo también. Aunque me asusta.

—¿Por qué?

—Porque sé que no tenemos tanto tiempo. Y eso lo hace más real. Más doloroso.

Carlos no respondió. Solo la abrazó fuerte, como si con eso pudiera extender la vida unos días más.

La estadía en EE.UU. duró casi dos semanas. Pasaron por Chicago, Boston, incluso pequeños pueblos donde los recibían con curiosidad y calidez. A veces dormían en casas de voluntarios, otras veces en estaciones de tren, hostales o debajo de árboles.

Guadalupe compraba postales en cada parada. Gael dibujaba cada noche. Carlos escribía en un diario. Y Alanna. Alanna vivía.

Su enfermedad estaba más presente: había días en los que dormía más de la cuenta, otros en los que no comía nada. Pero nunca se quejaba. Nunca pedía compasión. Solo pedía seguir.

La última noche en EE.UU. la pasaron en Boston, cerca del puerto. Había un barco mercante que saldría al amanecer rumbo a Canadá, con escalas en Halifax y luego Montreal. A través de un contacto de un amigo de Guadalupe, consiguieron permiso para embarcar como asistentes temporales, sin pagar pasaje.

Esa noche cenaron juntos frente al mar.

—Ya no somos los mismos —dijo Guadalupe, rompiendo el silencio—. Cada uno de ustedes me salvó.

Gael asintió, luego escribió algo en su cuaderno y lo mostró:
"Ahora tengo tres corazones más dentro del mío."

Carlos miró a Alanna. Ella lo miraba a él. No necesitaban palabras.

—¿Creen que llegaremos a Australia? —preguntó ella, como si lanzara una piedra al futuro.

Carlos no respondió de inmediato. Luego dijo:

—Si no llegamos todos… tú sí llegarás. En nosotros.

Guadalupe tomó su mano. Gael se acercó. Por unos segundos, todos se abrazaron. No había lágrimas. Solo esa clase de silencio que dice: “Aún estamos aquí.”

El barco partió al amanecer. Las gaviotas volaban sobre ellos. El océano brillaba como un espejo. Estados Unidos se desdibujaba detrás, pero algo dentro de ellos se quedaba allí: experiencias, despedidas, confesiones y un amor que crecía, incluso cuando el tiempo se acortaba.

Alanna se apoyó en la baranda. Carlos a su lado. Guadalupe leía un libro que pertenecía a su hija. Gael dibujaba el mar.

Y así, con la promesa del norte frente a ellos, continuaron su viaje.

Hacia Canadá.

Y hacia el siguiente capítulo de sus vidas.



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En el texto hay: miedo, amor, viajes epicos

Editado: 07.04.2026

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