Mi Alrededor

Silencios bajo el hielo

Canadá los recibió con una calma distinta.

Después del vértigo de Estados Unidos, Halifax parecía un suspiro. Las calles eran limpias, el aire frío y claro. Los árboles comenzaban a perder sus hojas. A su llegada, una nevada ligera convirtió el paisaje en una postal. Guadalupe alzó la cara hacia el cielo y dijo:

—Mi hija siempre quiso ver la nieve. Hoy, siento que está aquí.

Se quedaron unos días en Nueva Escocia, ayudando en una pequeña cafetería de una familia colombiana que los acogió como si fueran propios. Por las tardes, Alanna dormía más de lo habitual. Por las noches, salían a caminar por las calles silenciosas, donde los pasos crujían sobre la nieve fresca.

Luego siguieron hacia Québec, donde Gael se enamoró de los colores de los mercados, los sonidos del francés mezclado con risas y aromas de pan caliente. Dibujó más que nunca. Guadalupe lo acompañaba a veces, tomando chocolate caliente en silencio mientras él llenaba hojas con trazos veloces.

Fue en Montreal, en un hostal modesto, donde ocurrió lo inesperado.

Carlos y Alanna llevaban semanas sintiendo la presión del tiempo. Se amaban, eso era claro. Pero también sabían que cada día juntos era una victoria sobre la enfermedad, sobre el miedo, sobre la vida misma.

Una noche, en una habitación con una ventana que daba a un callejón iluminado por faroles antiguos, Alanna lo miró diferente. Ya no con alegría, sino con una necesidad silenciosa.

—Carlos... —dijo ella, sentada en la cama, con la voz temblorosa—. No quiero irme sin saber cómo es sentirlo todo contigo.

Él no respondió al instante. Se sentó a su lado, la tomó de la mano.

—¿Estás segura?

—No hay certeza en mi vida. Solo esto.

Y así, se dejaron llevar. Con ternura. Con miedo. Con pasión envuelta en tristeza. Fue bello, frágil, como si dos almas se tocaran a través de cuerpos vulnerables.

Pero al despertar, todo cambió.

Carlos la notó distante. Ella, con la mirada en la ventana, parecía más cansada. Más ausente.

Él intentó abrazarla. Ella se apartó levemente.

—No fue un error —dijo, casi en susurro—. Pero me recordó cuánto voy a perder.

Carlos sintió que una grieta se abría en su pecho. Quiso decir algo, pero solo salió un “Lo siento”.

—Yo también —respondió ella, antes de salir de la habitación.

Los días siguientes fueron extraños.

Alanna hablaba menos. Carlos también. Gael y Guadalupe notaron la tensión, pero no dijeron nada. En un paseo por los bosques de Ontario, el silencio se volvió insoportable. Carlos la alcanzó mientras caminaban entre árboles cubiertos de escarcha.

—¿Te arrepientes? —le preguntó.

Ella lo miró con los ojos rojos por el frío o por el llanto contenido.

—No me arrepiento de ti. Me duele haber traído tanto amor a un cuerpo que está muriendo.

Carlos no supo qué hacer, solo la abrazó.

—Entonces solo déjame acompañarte. No quiero que el final borre todo lo que hemos vivido.

Ella lo abrazó de vuelta, por fin, con fuerza.

—Perdóname por huir —le dijo.

—Perdóname por no saber cómo sostenerte —respondió él.

Se quedaron así un largo rato, hasta que el bosque dejó de ser frío, y el invierno se volvió un poco más llevadero.

En Toronto, compraron boletos de avión de bajo costo para España, el próximo punto en su viaje. Guadalupe ayudó a planear la logística, mientras Gael enviaba postales a gente que había conocido en otras partes del mundo.

Alanna volvió a sonreír.

Carlos volvió a escribir en su diario.

Y el grupo volvió a caminar unido.

El aeropuerto era amplio, lleno de voces y maletas. Al pasar por la sala de embarque, Carlos y Alanna se miraron. Hubo una pausa. Ella extendió la mano, y él la tomó con ternura.

—Vamos a llegar —dijo ella.

—Y si no, al menos lo intentamos —respondió él.

Subieron al avión. Clase turista. Asientos estrechos, aire seco, motores rugiendo.

Pero nada de eso importaba.

Porque se habían perdonado.

Y eso, para ellos, era volver a empezar.



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En el texto hay: miedo, amor, viajes epicos

Editado: 07.04.2026

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