Mi Alrededor

El ritmo del alma

España los recibió con luz dorada, olor a pan recién horneado y calles empedradas que parecían contar historias.

Llegaron a Madrid, con mochilas al hombro y ojeras que la emoción no lograba ocultar. Se alojaron en un hostal en Lavapiés, donde las voces de diferentes idiomas se mezclaban como un mosaico sonoro.

Guadalupe, acostumbrada a los matices culturales, encontró en el caos madrileño un extraño consuelo. Gael, como siempre, se sumergió en los colores y las formas, dibujando los balcones, las calles, los rostros.

Carlos y Alanna, ahora reconciliados, parecían más presentes el uno para el otro, aunque la sombra del desmayo inminente que aún no había ocurrido se percibía en los momentos en que Alanna perdía el hilo de una conversación, o necesitaba sentarse después de solo unos pasos.

Fue una mañana cualquiera, mientras caminaban cerca del Parque del Retiro, cuando vieron un grupo de jóvenes practicando danza contemporánea. Uno de ellos destacaba: movimientos precisos, expresivos, como si sus pies supieran hablar. Tenía una sonrisa confiada y un magnetismo natural.

—Ese tipo baila como si su cuerpo fuera viento —dijo Guadalupe.

—Yo quiero dibujarlo —murmuró Gael, ya sacando su libreta.

Alanna, fascinada, se acercó y aplaudió al final de la pieza. El bailarín se acercó, sudoroso pero amable.

—¿Os ha gustado?

Tenía una voz cálida, el cabello rizado recogido y unos ojos tan expresivos como sus pies. Se presentó como Meuris, profesor de danza y amante del movimiento desde que tenía uso de razón.

—Viajar y bailar es lo único que me mantiene cuerdo —confesó—. Siempre he soñado con ir a Japón. Allí la danza es filosofía.

Los invitaron a una clase abierta que Meuris daba en un centro comunitario esa misma tarde. Todos, incluso Guadalupe, aceptaron.

La clase fue una experiencia transformadora.

Carlos descubrió que su cuerpo podía hablar sin palabras. Gael, aunque no bailó, dibujó cada movimiento como si de una sinfonía visual se tratara. Guadalupe se movió con timidez, pero al final se soltó en una especie de alegría infantil que la rejuveneció diez años.

Alanna. simplemente brilló.

Aunque sus movimientos eran limitados, bailó con una belleza lenta, poderosa, como si cada gesto fuera una despedida y un renacimiento.

Meuris la observó en silencio y, al final de la sesión, se acercó a ella con lágrimas contenidas.

—Bailas con la muerte pegada a la espalda —le dijo—. Pero nunca vi algo tan vivo.

Alanna solo sonrió. No necesitaba más.

Durante los días siguientes, Meuris se convirtió en parte del grupo. Los llevó a conocer Toledo, donde caminaron entre espadas, iglesias y miradores antiguos. En Barcelona, los hizo danzar entre la arquitectura de Gaudí, con los pies descalzos sobre mosaicos de colores.

Fue en una azotea de Valencia, viendo el mar, cuando Meuris confesó su historia.

—Soy gay desde que me recuerdo. Tuve suerte con mi familia, pero no con mis sueños. Siempre soñé con enseñar danza en Japón, pero entre papeles, dinero y miedo, nunca salí de Europa.

—¿Y ahora? —le preguntó Guadalupe.

—Ahora los conozco a ustedes. Y algo me dice que quizá aún esté a tiempo.

Carlos le puso la mano en el hombro. Alanna le guiñó un ojo.

—Entonces ven con nosotros. El mundo no espera.

El grupo volvió a Madrid. Desde allí, tomarían un tren a Francia, con la intención de cruzar lentamente hacia Asia, conectando por tierra o por vuelos de bajo costo.

Esa mañana, empacaron con entusiasmo. Meuris había decidido sumarse, al menos hasta donde el destino lo permitiera.

—Si no llego a Japón, al menos llegaré con ustedes a donde se pueda —dijo, sonriendo.

El tren salió por la tarde. Vagón de clase turista, con asientos desgastados y ventanillas que mostraban paisajes que cambiaban de campos dorados a montañas azules.

Todo parecía tranquilo, hasta que Alanna se desmayó.

Estaba de pie, mirando el paisaje, cuando sus piernas fallaron. Carlos fue el primero en reaccionar, sujetándola antes de que cayera. Gael soltó su cuaderno. Guadalupe gritó por ayuda. Meuris corrió por el pasillo.

Un médico improvisado entre los pasajeros la revisó y confirmó lo que todos temían: el cuerpo de Alanna estaba comenzando a ceder. El viaje seguía, pero su resistencia se acortaba.

Cuando ella despertó, débil pero sonriente, dijo:

—No me asusten, que todavía quiero llegar.

Carlos le besó la frente. Meuris le tomó la mano. Gael se sentó a su lado y le mostró el dibujo que había hecho: ella, de pie, bailando sobre una montaña, con el sol saliendo detrás.

El tren avanzaba, cruzando la frontera.

Francia los esperaba.

Pero también, la verdad inevitable: el tiempo con Alanna empezaba a contarse en horas buenas, no en días largos.



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En el texto hay: miedo, amor, viajes epicos

Editado: 07.04.2026

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