Francia les dio un respiro.
Después del desmayo de Alanna, se quedaron unos días en Marsella, donde una pareja de artistas los hospedó a cambio de ayuda en la cocina de una galería-café. Alanna, aunque débil, se mantenía activa, determinada a vivir cada instante. Guadalupe pasaba muchas tardes hablándole del amor en todas sus formas, como si supiera que ya no quedaba mucho tiempo.
Gael dibujaba obsesivamente.
Carlos no dormía bien, pero no lo decía.
Meuris comenzó a coreografiar un número inspirado en el grupo. Era una pieza sin música, solo movimiento. Él decía que era su forma de inmortalizarlos.
Desde Marsella, cruzaron a Niza, y luego a Génova, ya en Italia. La transición de culturas los emocionaba: cada calle parecía una postal. En Florencia, Meuris lloró al ver las esculturas del Renacimiento; en Venecia, Carlos y Alanna compartieron un paseo silencioso en góndola, sin promesas, sin palabras.
Y entonces llegó Roma.
La ciudad los envolvió en un abrazo histórico. Columnas, piedras milenarias, cúpulas, frescos. Guadalupe, católica desde niña, quiso visitar cada iglesia, cada capilla. Gael solo quería dibujar los techos, las sombras, las grietas de la historia.
Carlos y Alanna, en cambio, mantenían cierta distancia con lo religioso. Ninguno de los dos era creyente. La fe les parecía un vestido que nunca les había quedado del todo bien.
Pero algo en Roma los cambió.
Fue una noche, al atardecer, cuando el grupo decidió visitar el Coliseo iluminado. Caminaban entre ruinas, bajo un cielo anaranjado que parecía incendiar el horizonte. Las sombras alargadas de los antiguos muros se proyectaban sobre ellos como fantasmas benévolos.
Alanna pidió un momento a solas con Carlos.
Se sentaron en una banca de piedra, frente a las columnas semiderruidas.
—¿Sabes qué siento? —dijo ella, acariciándose el lazo en el cabello—. Que hay algo más allá de todo esto. No un dios con barba, ni un cielo con reglas. Pero algo… una energía que nos cuida. Que nos espera.
Carlos asintió en silencio. Tomó su mano.
—Yo no creo en nada pero a veces, contigo, siento que todo tiene sentido.
Alanna apoyó su cabeza en su hombro.
—Tal vez eso es la fe. No creer en lo invisible. Sino confiar en lo que sientes.
Fue su momento místico, sin templos, sin rezos.
Solo ellos, el viento romano y las ruinas hablando desde siglos atrás.
Esa noche, Meuris bailó en medio del Foro Romano, descalzo, mientras Gael lo grababa con un celular prestado. Guadalupe aplaudía, emocionada. Alanna reía. Carlos se quedó quieto, observando el momento como si quisiera congelarlo en la memoria.
Sabían que esa era una de sus últimas grandes paradas antes del salto a Asia.
Días después, gracias a una conexión que Anderson les había dejado en un mensaje de voz, lograron contactar con un capitán surcoreano que buscaba personal temporal para un barco de carga que partía desde Nápoles hacia Busan, Corea del Sur.
Nadie preguntó mucho. Solo aceptaron.
El trabajo sería duro, pero les daría pasaje directo a Oriente, algo que de otra forma no podrían pagar.
Subieron al barco al atardecer, con el mar Tirreno extendiéndose como una promesa líquida ante ellos.
Carlos tomó de la mano a Alanna mientras se acomodaban en los camarotes asignados.
—¿Lista para Asia? —le preguntó.
—Lista para todo —respondió ella, con una sonrisa tranquila.
Gael ya dibujaba el perfil del barco. Guadalupe repartía bocadillos. Meuris ensayaba pasos sobre cubierta.
Y el barco zarpó, dejando atrás Europa, mientras Roma se desvanecía en el recuerdo como una visión eterna, luminosa y serena.