Mi Alrededor

Los pétalos de lo eterno

Japón los recibió con un silencio elegante, una calma antigua que parecía abrazarlos desde el primer paso en tierra.

Aterrizaron en Tokio, en pleno inicio del otoño. Las hojas rojizas caían como si el cielo llorara despacio. Cada rincón del país tenía un cuidado que asombraba: la limpieza de las calles, la delicadeza en los gestos, el respeto profundo que se respiraba incluso en el bullicio urbano.

Para Meuris, era más que un país: era un sueño de toda la vida. Al llegar, se quedó en silencio, con las manos temblorosas. Carlos le puso una mano en el hombro. Él no dijo nada. Lloró sin vergüenza.

Al día siguiente, visitaron un dojo de danza tradicional en Kyoto. Gracias a contactos de Seo-Yeon, Meuris pudo participar de una jornada de entrenamiento con una maestra de kabuki contemporáneo. Sus movimientos eran precisos, lentos, casi ceremoniales.

—No sé si esto es lo que imaginaba —dijo esa noche—, pero sé que era lo que necesitaba.

Mientras Meuris encontraba su cumbre, Alanna comenzaba a apagarse lentamente.

En Nara, al ver los ciervos pasear libremente por los jardines del templo Todai-ji, tuvo un leve desmayo. Carlos la sostuvo, y ella bromeó como siempre. Pero ya no tenía el mismo brillo. Sus pasos eran más lentos. Su voz, más suave.

Guadalupe se volvió más maternal con ella. Gael, más callado aún. Y Meuris… no lo dijo, pero en sus ojos había una sombra: sabía que no faltaba mucho.

Fue en un pequeño hostal de Osaka donde conocieron a Kimiru.

Una mujer de 31 años, de ojos oscuros como tinta y cabello recogido en una trenza elegante. Estaba sentada sola, escribiendo en un cuaderno rojo mientras tomaba sopa miso. Alanna fue quien se acercó primero.

—¿Escribes? —preguntó.

Kimiru levantó la vista. Sonrió.

—Sí. Escribo sobre el mundo que me duele y el que me salva.

Se sentaron juntas. En minutos, ya estaban hablando como si fueran viejas amigas. El resto del grupo se fue uniendo con naturalidad. Supieron que Kimiru era china, hija única. Su madre había muerto de una enfermedad degenerativa, dejándole una herencia modesta.

—No sabía qué hacer con el dinero. Así que decidí recorrer el mundo. Hasta encontrar algo que valiera la pena.

Y esa noche, entre tazas de té verde y risas tímidas, les dijo:

—Creo que ustedes podrían ser eso.

Kimiru tenía información valiosa: conocía a un capitán de barco en Hiroshima, dedicado a la pesca de cangrejos en mar abierto. Ese barco zarparía hacia Nueva Zelanda en dos días, buscando nuevas rutas de comercio con pescadores locales.

—Les puedo presentar. No será cómodo pero es real.

Y el grupo, una vez más, aceptó.

El trayecto desde Hiroshima hasta el puerto fue silencioso. Cada uno llevaba sus pensamientos como equipaje.

Carlos se quedó observando a Alanna por horas, como queriendo memorizar cada arruga, cada sonrisa contenida. Kimiru, aunque reservada, comenzó a mostrarse más cálida. Tenía una voz pausada, y cuando contaba anécdotas de sus viajes por China y Mongolia, todos escuchaban embobados.

Gael la dibujó una noche bajo el resplandor de una farola.

—Pareces una diosa triste —le dijo.

Ella solo sonrió.

Subieron al barco en un amanecer brumoso. El mar los recibió con rugidos suaves. El capitán era un hombre hosco, pero justo. Les ofreció espacio limitado, comida básica y la posibilidad de llegar a Nueva Zelanda si ayudaban con la limpieza, cocina y pequeños encargos.

Meuris tomó la decisión más difícil:

—Mi sueño era quedarme en Japón… pero ahora sé que mi viaje no termina aquí.

Y sin decir más, abordó el barco con los demás.

El último atardecer en Japón, desde la cubierta, fue inolvidable.

El sol caía tras el horizonte en forma de abanico dorado. Alanna y Carlos se tomaron de la mano, sin hablar.

Kimiru los observó desde lejos. Sabía, como todos, que ese viaje sería el principio del final. Pero también, tal vez, la parte más bella.

Y el barco zarpó, dejando atrás los templos, los cerezos caídos, las calles silenciosas… mientras avanzaban hacia las costas salvajes de Nueva Zelanda.

Una etapa más.

Un paso más cerca del destino final.



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En el texto hay: miedo, amor, viajes epicos

Editado: 07.04.2026

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