Mi Alrededor

Donde el mundo respira

Nueva Zelanda les abrió las puertas como si la naturaleza los hubiese estado esperando. El barco atracó en un pequeño puerto de Picton, en la Isla Sur, donde el verde parecía más verde y el cielo más amplio que en cualquier otro lugar del mundo.

Era un país de paisajes vastos e inmensos silencios. De montañas cubiertas de niebla, valles donde pastaban ovejas como puntos blancos en un lienzo, lagos tan transparentes que devolvían el alma a quien los mirara.

Carlos caminaba en silencio. Sentía que el tiempo comenzaba a doblarse. Cada paso era un eco. Cada gesto de Alanna, un suspiro que intentaba retener.

Durante las primeras noches, acamparon junto al Lago Tekapo, bajo cielos que parecían galaxias derramadas. Allí, Gael —quien usualmente se aislaba en esos momentos— se sentó con ellos alrededor del fuego.

—Este lugar… me hace sentir limpio por dentro —dijo, y su voz sorprendió a todos.

Nadie respondió. No hacía falta.

Días después, recorrieron Milford Sound, navegando entre fiordos donde las montañas emergían del mar como gigantes dormidos. Kimiru escribía en su cuaderno sin parar. Guadalupe hablaba poco, pero tomaba fotografías de todo. A cada imagen le ponía el nombre de una emoción:

—Este se llama “respiro”. Este otro, “aceptación”. Y este —miró a Alanna sonriendo mientras el viento le alborotaba el lazo amarillo— este es “valentía”.

Meuris ensayaba pasos de danza sobre las rocas. No hablaba mucho desde Japón. Pero cada noche compartía un poema que escribía en voz baja, dedicado a alguien del grupo.

Una noche, se lo dedicó a Carlos:

“Él camina como quien carga a alguien en el pecho.
Pero no se queja.
Solo guarda y ama.”

Alanna comenzó a cansarse más rápido. Al principio fue solo un detalle: dormía más de lo usual. Luego empezó a tener mareos. Perdía el equilibrio. Su voz se volvía más débil.

Un día, en Rotorua, mientras visitaban una aldea maorí y compartían un ritual de bienvenida, Alanna se desvaneció en mitad del canto. La llevaron rápidamente a un hospital.

Carlos no soltó su mano en ningún momento. Cuando los médicos salieron de la sala, sus rostros dijeron más que cualquier palabra.

—¿Está viva? —preguntó Guadalupe.

—Sí —dijo el médico—. Pero necesita quedarse. Su cuerpo está agotado.

Carlos no habló por horas. Caminó solo hasta una colina cercana, donde el viento golpeaba fuerte. Kimiru lo siguió en silencio y se sentó a su lado.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —dijo ella.

Carlos asintió, sin mirarla.

—¿Qué harás cuando ella ya no esté?

Carlos se quebró por primera vez. No con lágrimas ruidosas, sino con ese temblor silencioso que rompe los huesos del alma.

—No lo sé. Nunca imaginé un mundo sin ella… aunque siempre supe que llegaría.

Kimiru le tomó la mano.

—Tú también estás vivo, Carlos. No lo olvides. Y ella lo sabe.

Pasaron tres días. Nadie quiso dejar el hospital. Dormían en sillas, pasillos, o en el suelo del pequeño hostal frente al edificio. Gael le dibujó flores a Alanna. Guadalupe cocinaba sopas y las llevaba en termos. Meuris escribía y pegaba sus hojas en la pared de la habitación, como una ofrenda.

Y entonces, al cuarto día, el médico les permitió entrar todos juntos.

La habitación estaba iluminada por la luz dorada del atardecer. Alanna estaba en la cama, con la piel pálida y los labios secos… pero tenía el mismo lazo en el cabello. Esta vez era celeste.

—¡Mírenlos! —dijo con voz débil, pero viva—. Parecen un grupo de turistas perdidos.

Todos rieron. Y luego, lloraron. Lloraron sin freno.

—No se preocupen —dijo ella—. No me voy aún. Solo estoy… descansando para el gran final.

Carlos se acercó y le besó la frente.

—No tienes que ser fuerte todo el tiempo —le susurró.

—Lo sé —dijo ella—. Por eso los tengo a ustedes.

Esa noche, no hubo campamento ni fuego. Solo sillas, camas improvisadas y brazos entrelazados.

Y en medio de todo, una mujer colombiana con cáncer terminal, que aún sonreía como si el mundo fuese un regalo.

Porque, en el fondo, lo era.

Y aunque lo sabían nadie estaba listo para el próximo capítulo.



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En el texto hay: miedo, amor, viajes epicos

Editado: 07.04.2026

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