Mi Alrededor

El mar que espera

El hospital tenía ese olor a desinfección y resignación que Carlos ya conocía. Había dormido en esa habitación más noches de las que podía contar. Alanna cada vez hablaba menos, aunque su sonrisa resistía como una flor que se niega a cerrarse al atardecer.

Los médicos fueron claros: no debía moverse más. Su cuerpo, dijeron, estaba demasiado débil. “Podría ser cuestión de semanas o de días”.

Pero Alanna no era una mujer de quedarse. Ella aún tenía un lugar que tocar: Australia.

—No voy a morir viendo el techo de una habitación blanca —dijo, mirando a Carlos—. Me prometí que vería el amanecer desde una playa australiana aunque sea la última vez que cierre los ojos.

Carlos no supo qué decir. Solo le apretó la mano. Esa noche, sin anunciarlo, tomaron una decisión.

—La sacaremos de aquí —dijo Meuris—. No voy a ver cómo se apaga en este lugar.

—¿Cómo? —preguntó Guadalupe.

—Como sea. Pero no aquí.

Durante los dos días siguientes, cada uno se convirtió en pieza de un plan improvisado.

Guadalupe, con su natural talento para convencer, se hizo amiga del personal del hospital. Gael, con su silencio y sus esquemas mentales, organizó el tiempo, las rutas y las posibilidades de escape. Kimiru redactó una carta falsa de traslado médico internacional. Carlos consiguió una silla de ruedas. Meuris, el más carismático, obtuvo unas batas y gafas de sol.

La noche del escape, una brisa fría agitaba las hojas de los árboles del jardín hospitalario. Alanna, vestida como paciente en traslado, ocultaba su rostro con una bufanda y una gorra. Su cuerpo apenas resistía, pero sus ojos brillaban como si ya pudiese ver la costa australiana.

—¿Listos? —susurró Carlos.

—Nací lista —dijo ella.

Y con pasos lentos pero decididos, salieron por la entrada trasera. Nadie los detuvo.

El grupo se dirigió a Nelson, una ciudad portuaria donde, según Kimiru, había un contacto: un viejo pescador maorí llamado Tama, que aceptaba pasajeros discretos a cambio de trabajo.

—Solo tengo espacio para ustedes en mi barco camaronero —les dijo Tama—. Zarpo en tres días. Vamos a rodear el Mar de Tasmania. Serán al menos siete días de viaje si el clima es bueno.

—Es todo lo que necesitamos —respondió Carlos.

Durante esos días de espera, cada miembro del grupo hizo algo que parecía un ritual de despedida personal:

Carlos caminó solo por la costa al amanecer. Se sentaba en las rocas a escribir cartas que nunca enviaría. Una de ellas, dirigida a su madre.

Gael se sentaba frente al mar, tallando una pequeña figura de madera. Era una yegua, la misma que había soñado durante todo el viaje. “La libertad”, decía.

Meuris bailó al borde de un acantilado. Su cuerpo hablaba con el viento. Cuando terminó, se arrodilló y escribió en la arena: “Gracias, Alanna”.

Kimiru pasó horas escribiendo. Su diario tenía ya más de 300 páginas. Dibujó un mapa del viaje, con frases escritas por cada uno de sus compañeros. En el centro, una palabra: “Pertenecer”.

Guadalupe, en silencio, tejió un pequeño poncho para Alanna, con lanas de colores vivos. Cuando se lo entregó, le dijo: —Para cuando llegues… y el viento te abrace.

Y Alanna ella simplemente observó.

—No puedo caminar mucho. Pero puedo mirar. Y lo que veo es suficiente para seguir viva un poco más.

La noche anterior al zarpe, organizaron una pequeña fogata. No hablaron mucho. El fuego no necesitaba palabras. Solo estuvieron juntos, compartiendo la tibieza de algo más fuerte que la muerte: la compañía.

Carlos abrazó a Alanna por la espalda. Ella cerró los ojos. Nadie quiso pensar en despedidas.

El día del embarque fue frío. El mar estaba agitado, pero el cielo despejado.

El barco de Tama era modesto pero resistente. Lleno de redes, anzuelos y el olor persistente a sal y motor. Subieron con mochilas pequeñas. El resto, ya lo habían dejado atrás.

Alanna fue la última en subir, ayudada por Carlos y Meuris.

Una vez a bordo, se sentó en una vieja silla de madera junto a la baranda. El viento le empujaba el cabello, y el mar, inmenso y profundo, se extendía como una promesa.

—¿Crees que la veré, Carlos? —susurró.

—Estoy seguro —respondió él, tomando su mano—. Australia está esperando por ti.

Y mientras el barco se alejaba del puerto, el grupo se reunió en cubierta. Nadie dijo nada. Todos miraban hacia el horizonte.

Y Alanna, con el poncho de colores, el lazo en el cabello y una sonrisa serena, miraba el mar. Esperanzada.

Porque aún no había llegado…
Pero ya podía sentirla.
Australia.
El final.
El destino.



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En el texto hay: miedo, amor, viajes epicos

Editado: 07.04.2026

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