El barco se deslizaba con esfuerzo por el Mar de Tasmania. El oleaje no era hostil, pero constante. Las noches eran frías. El sol apenas se asomaba entre las nubes. Tama, el capitán, hablaba poco, como si comprendiera que el silencio era necesario.
Cada día en el barco era un suspiro. Y cada suspiro era más corto para Alanna.
Carlos la cargaba hasta la cubierta todas las mañanas. La sentaba en su silla, le abrigaba las piernas con el poncho que Guadalupe tejió y le peinaba el cabello, cuidando de atar su lazo. El de esos días era azul celeste, como el cielo que no se dejaba ver.
Alanna apenas comía. Sus ojos parecían lejanos, como si ya estuviera entre dos mundos.
—¿Australia está cerca? —preguntaba a veces, sin mirar a nadie.
—Sí —decía Meuris, tomándole la mano—. Casi puedes olerla.
Gael había tallado una pequeña figura de canguro. La dejaba cada noche en su mesita junto a la cama. Guadalupe pasaba horas contándole cuentos, como si el tiempo pudiera estirarse entre palabra y palabra. Kimiru, en silencio, escribía su historia, página por página, como si pudiera retenerla en tinta.
Carlos, por su parte, no dormía. Sólo la miraba. Y a veces lloraba cuando ella ya no podía verlo.
El último día fue el más tranquilo.
El mar se volvió de un azul profundo. El viento cesó. El cielo, por primera vez en días, se abrió.
—Carlos —susurró Alanna esa mañana—. ¿Ya llegamos?
—Casi, amor. Estamos cerca.
Ella asintió con una debilidad tan frágil como hermosa. Luego, pidió una sola cosa:
—Quiero que estén todos conmigo.
Uno a uno, sus amigos se reunieron alrededor. Nadie hablaba. Nadie lloraba aún. Se tomaron de las manos, formando un círculo alrededor de su silla. El barco avanzaba, y a lo lejos, la silueta de Australia aparecía, recortada contra el sol naciente.
—Lo lograste —le susurró Carlos al oído—. Alanna llegaste.
Ella sonrió. Abrió los ojos una última vez. Miró hacia la línea del horizonte.
Y entonces exhaló.
Fue como si el mar mismo se detuviera. Como si el sol decidiera no salir del todo. Un instante que no tenía tiempo.
Carlos la sostuvo con fuerza, sin querer dejarla ir. Meuris rompió en llanto. Guadalupe se arrodilló y besó su frente. Kimiru cerró sus ojos con ternura. Gael simplemente abrazó a todos, por primera vez, sin miedo.
Murió en brazos de quienes más la amaron.
Y llegó a Australia.
A su Australia.
Estuvieron allí dos días.
No hubo turistas. No hubo fotos. No hubo celebración.
Carlos enterró las cenizas de Alanna en una playa solitaria, frente al mar. Todos dejaron algo sobre su tumba improvisada: el lazo azul, el canguro tallado, una carta, un pañuelo, una flor.
Nadie dijo adiós.
Porque Alanna no se iba.
Años después
Carlos volvió a Venezuela. Aceptó el tratamiento que antes había rechazado. Se reconcilió con su familia. Comenzó a estudiar fotografía. Capturaba cielos, rostros, manos. En cada imagen, buscaba la mirada de Alanna.
Guadalupe regresó a México. Empezó a dar clases en línea a niños sin acceso a la escuela. Decía que Alanna le enseñó que siempre se puede empezar de nuevo. Adoptó un perro callejero y le puso de nombre “Esperanza”.
Gael viajó solo por Sudamérica. A veces desaparecía por meses, pero siempre enviaba postales a todos. En sus tallas de madera, firmaba con una A al final. Por Alanna.
Meuris abrió una academia de danza en Tokio. Enseñaba con pasión, y cada clase comenzaba con una historia de su viaje. En una pared, había una fotografía de todos en Machu Picchu. Decía: “Familia, aunque el mar nos separe”.
Kimiru publicó un libro. Se titulaba: Los que viajan con el corazón roto. En la dedicatoria se leía: “A Alanna. Por enseñarnos que vivir es amar, y amar es viajar sin miedo”.
Se escribían cartas. A veces se reunían en fechas importantes. Y aunque ya no estaban juntos físicamente, algo los unía: ella.
Porque Alanna no fue solo una viajera, ni una paciente, ni una compañera.
Fue el lazo.
El que los ató, el que los sostuvo, el que los empujó.
Y cuando Carlos caminaba por las playas venezolanas, cada vez que el viento rozaba su rostro, cerraba los ojos y sonreía.
Sabía que Alanna estaba ahí.
No en la arena.
No en el cielo.
Sino dentro de todos ellos, viajando para siempre.