Este era el segundo encuentro que tenía Azazel con la reencarnación de Maori, la mujer que amó durante muchos años, la misma que provocaba su desvelo, su ansiedad y su frustración, el regente de la guerra no había tenido suerte en el amor por su deficiencia en expresar sus sentimientos, él era un hombre salvaje, recio, que rara vez mostraba sus sentimientos, fue hecho para la batalla, para bañarse en sangre y honor, su ceño siempre estaba fruncido, sus manos tenían las marcas de sus victorias y los callos de una criatura que siempre empuña la espada, sus ojos eran los de un halcón que mira desde lo alto, valiente pero desconfiado, su mirada reflejaba melancolía y alivio por ver que Carin se encontraba sana y salva, de hecho le sorprendió que no tuviera ninguna herida ni estuviera baja de peso.
—Veo que ya no eres la bebé que visité aquel día en el Imperio del inframundo.—dijo Azazel con una sonrisa ligera y añadió.—es un alivio ver que no te lastimaron.
Azazel la había sacado de aquella habitación a las afueras del palacio, dejándola libre sin que la reina o la guardia élfica lo notara.
—Usted…¿que hace aquí?—le preguntó Carin poniéndose la mano en el pecho, su corazón palpitaba como si lo reconociera, pero seguía quieta.
—¿De verdad te cuesta tanto reconocerme? —le preguntó él mientras el viento ondeaba su larga cabellera.
—Usted es Azazel…el regente de la guerra…lo conozco por que mis padres me llegaron hablar de usted alguna vez.—dijo ella sin mirarlo a los ojos, evitaba verlo por que sentía que se mareaba.
—¿Como haz estado Carin? ¿Eres feliz?
—Lo era antes de que la reina de abisal me trajera aquí… ¿ha venido a aliarse con ella?—le preguntó Carin frunciendo el ceño, aunque una parte de ella ya sentía pena por la mujer que la había raptado.
—Todos en el imperio vampírico te buscan, eres muy amada por ellos, especialmente por el príncipe que te convirtió en su familiar.
—¿Como está él? ¿Ha sufrido mucho?—volvió a preguntarle Carin con una notoria angustia en el rostro.
—Te mentiría si te dijera que no es así, me presenté frente a los monarcas del imperio vampírico, creían que tu secuestrador había sido mi hermano Teldrasil, pero hice que descartaran esa idea, han llegado a la conclusión de que ha sido esta misteriosa reina abisal la causante de tu desaparición.
—Si…ella esta buscando una oportunidad para llamar la atención de la emperatriz Lía… la reina es su objetivo… respóndame de una vez ¿ustedes son aliados?
—Jamás me aliaría con alguien que intente lastimarte a ti o a tu entorno, no te pediré que confíes en los celestiales, pero confía en mí, hazlo por la amistad que alguna vez tuvimos…
—Entienda que yo no soy Maori…a ella ya la perdió.
—Carin…sé que no es el momento adecuado, pero ¿realmente eres feliz viviendo en el imperio vampírico? ¿Serías igual de feliz si no fueras el familiar del príncipe Aspen? Te he observado, no todo el tiempo, pero te he procurado aunque no te des cuenta y solo te he visto portar tu forma lobuna y tu forma de demonio, pero también eres una celestial, por alguna razón tus recuerdos de tu vida pasada han quedado bloqueados, por eso jamás haz podido obtener tus alas, cada que uno de nosotros reencarna, recupera sus recuerdos al instante, nacemos en un cuerpo adulto, pero tu fuiste la excepción, tu naciste siendo una bebé, de ahí vienen la anomalía…entiendo que ahora tu nombre es Carin y que tienes otros recuerdos, pero también fuiste Maori te guste o no y jamás serás verdaderamente libre o feliz hasta que no lo aceptes.
—¿Mis recuerdos? Es verdad…aunque soy en parte igual que tu, no me identifico con tu raza en lo absoluto, solo conozco mis dos formas, tampoco es que me sienta orgullosa de ser parte del pueblo que abandonó a las personas que amo en la guerra contra el dios de la destrucción, además de que ustedes son nuestros enemigos…—expuso Carin con pesar.
Aquellas palabras apretujaron el corazón de Azazel, pero no podía defender los años de negligencia y dolor que su hermano había provocado.
—Tu mundo es el príncipe, pero lo vez así por que crees que no te queda nada más después de él…por eso sufres, por eso te desesperas, pero alguna vez fuiste valiente, hubo un tiempo en el que yo te admiraba….fuiste la primera en redimirte, en encontrar el camino, tu me enseñaste por donde debía dirigirme, con tu sacrifico me enseñaste la luz y pude arrepentirme de mis malas acciones, pero ahora…ahora solo eres una loba temerosa que vive para una sola persona ¿donde está la mujer que velaba por su prójimo? ¿Donde quedó la regente que desafió a su hermano y ayudó a los titanes evitando su extinción definitiva? ¿Donde está mi amiga?—la interrogó Azazel mirándola fijamente.
—¡Entiende que yo no soy Maori! —exclamó Carin apretando los puños.
—Es lo que veo…Maori jamás sería como tú, gracias a ella tu príncipe esta vivo, fue ella quién lo cuidó en el parto, el destino tenía escrito que la muerte de la emperatriz sucedería cuando ella diera a luz, pero Maori lo cambió…ella se convirtió en la cuidadora de los Romani.
—¿Qué?
El ángel la miró en silencio durante un largo instante. Sus ojos, cansados de su negación, se apartaron para darle la espalda
—Puedes seguir huyendo —murmuró con una voz que era a la vez brisa y eco—, pero seguirás sintiéndote sola… vacía. No es el mundo lo que te rechaza, es que tú aún te niegas a aceptarte. Eres más que lo que crees.
Ella apartó la mirada, crispando las manos.
—No… yo sé quién soy.
—No.—replicó Azazel con firmeza.
—Tengo miedo…ser una loba es lo que me hace igual a mis padres, es a esa forma a la que debo aferrarme para no olvidarlos…
—Entonces no tengo más nada que hacer por ti, Vinland y Lilith habrían querido que te desarrollaras y te convirtieras en alguien de quién estar orgullosos, el temor te seguirá esclavizando hasta que decidas abandonarlo, el no es tu amigo.