La noche se abrió como un abismo rojo y negro sobre nuestro imperio. El aire no solo olía a hierro y cenizas: olía a guerra, a un destino que aguardaba con los colmillos desnudos. El viento, áspero y frío, recorría las almenas del castillo como un trovador sin alma pero amargado, susurrando estrofas de valentía a quienes estaban a punto de entregar su sangre por la corona. Cada ráfaga parecía un juramento: resistir, luchar y morir con honor.
Desde lo alto de la muralla, contemplaba a los guerreros afilar sus espadas, y juraría que aquellas hojas lloraban chispas de fuego, como si la furia del combate ya se encendiera en su acero brillante. Las valquirias, espectrales y silenciosas, se cernían sobre el horizonte, preparando sus alas para llevarse a quienes no volverían. Y yo, como princesa del reino vampírico, como hija de una madre amenazada, sentía en el pecho un tambor hecho de angustia y rabia.
Mis amigos más queridos se alineaban en formación, con la mirada fija en una sola causa: proteger a mi madre, la reina que todo adoran, cuyo honor había sido mancillado por el desafío de su enemiga. Esa rival no nos había dejado elección: un duelo obligatorio, un duelo sellado con la certeza de que la muerte bebería de alguna de ellas en cuanto se cruzaran sus espadas.
Yo sabía que, cuando la luna alcanzara el cenit, la sangre no distinguiría entre vencedora y vencida; solo cubriría la tierra como un manto. Y, aun así, apreté los labios y me prometí que la oscuridad no apagaría nuestra llama. Porque aunque los cuervos del destino revolotearan ya sobre nuestras cabezas, el reino de los vampiros aún respiraba, aún rugía. Y yo… yo estaba dispuesta a arder con él y por ella.
Estaba decidida a marchar en la batalla, me negaba a permitir que una bruja vulgar se atreviera a insultar a mi madre, a herirla con una flecha como si fuera una cierva, desconociendo que mi madre es más que una leona que daría la vida por sus hijos y por los que aman, sé que no le importa si pierde las extremidades en el enfrentamiento, aun si regresa sin sus cinco sentidos o con todos los huesos rotos, la impulsa el amor y la lealtad que sintió por su segunda madre “la loba blanca Lilith” nuestra reina marchará para traer de vuelta a Carin y aunque en algún momento me sentí molesta por la presencia se esa loba, hice un juramento de amistad y jure proteger a mis tres amigos, el gato, mi prima y la loba…por eso nada me detendrá para ir por ella.
Y mientras esto sucedía…
El salón del trono parecía más oscuro que nunca, aunque cien antorchas devoraban el aire con su fuego tembloroso. La reina, erguida como un juramento de mármol, sostenía la mirada de su rey con la firmeza de quien ya ha tomado una decisión inquebrantable. Su voz, serena pero afilada como un puñal, había pronunciado lo impensable:
—Ningún ejército marchará conmigo. Ni mis hijos, ni tú. Esta guerra no debe devorar más vidas de las necesarias.—le dijo Lía tratando de permanecer firme hasta el final.
El silencio que siguió fue un relámpago contenido. Valeska, de pie frente a ella, dejó escapar una risa amarga que pronto se transformó en un rugido.
—¿Me pides que te abandone? ¿Que observe, impotente, mientras caminas sola hacia la muerte? —sus manos se cerraban en puños, temblando de furia y de dolor—. ¡Es absurdo! Te amo con toda mi alma, ¿y crees que podré quedarme aquí, aguardando como un cobarde, mientras esa bruja te arranca el corazón?
Sus palabras retumbaban en los muros, mezclándose con el ulular del viento que se colaba por las vidrieras. Los guardias desviaban la mirada, incapaces de sostener la tensión que hacía crujir el aire entre ellos.
Lía, sin parpadear, respondió con la calma solemne de quien carga la corona y el destino de toda una nación:
—No se trata de ti, ni de mí. Se trata del reino. Si yo caigo, que la sangre se derrame solo sobre mí, pero no sobre nuestra gente ni sobre nuestros hijos.
El rey dio un paso hacia ella, con su voz quebrándose entre la furia y la desesperación:
—¡Si alguien debe ir a ese duelo, seré yo! Dejaré que mi espada parta en dos a esa maldita hechicera antes de que te ponga un dedo encima. No me lo impedirás. Ni a mí, ni a nuestros hijos. Jamás te abandonaremos.
Y así, en aquel instante, entre las columnas y el eco de su discusión, la guerra no estaba en el campo de batalla, sino en sus corazones. Una guerra de amor y deber, donde cada palabra era tan letal como el filo de una espada.
—Es mi manera de protegerlos…estoy cansada de la guerra, de las muertes de esos valientes, me conoces, sabes que no soy ninguna mujer indefensa, no tengo miedo, tampoco arrogancia, pero se que puedo dar batalla ¿acaso olvidas que yo fui quien destruyó a Bitchancy? ¿Que fui yo quién derrotó a la bruma oscura?
—No digo que seas débil, pero es mi esposa la que se enfrenta al peligro de una criatura extraña y hostil, aun si pelearas contra un jabalí yo seguiría teniendo el mismo deseo de protegerte por que te amo.
—Lo sé, pero déjame pelear a mí, hagamos algo, deja que yo vaya al frente prepara un ejercito de mil soldados que vayan dirigidos por ti, no avancen si no es necesario, si la reina abisal no ataca, ustedes tampoco, algo me vuelca el corazón, no puedo explicarlo, pero siento que esta pelea es distinta a las que he peleado antes…esta en juego más que mi vida o mi honor, pareciera que es necesario que me enfrente a ella…—le expresó Lía mientras se tocaba el pecho con una angustia que no podía explicar.
—Lo haré si aceptas que detrás de ti vayan Hades, Aspen, Gia, Minerva y Denise, ellos irán de todas formas aunque se lo prohibas, están alistándose ahora mismo y nada los detendrá, ni siquiera una orden mía, Eira tampoco te obedecerá, él mismo quiere acompañarme—ke dijo Valeska mirándola con intensidad.
Lía dibujó una sonrisa tierna en su rostro, sabía que era amada, tanto que aun si ella no quería poner en peligro a sus seres queridos, ellos estaban dispuestos a arriesgar sus vidas con tal de protegerla.