Mi amante, el príncipe de jade.

Hasta que una de las dos muera

Cuando las dos reinas, destinadas desde tiempos inmemoriales a enfrentarse, finalmente se hallaron cara a cara, el mundo pareció contener la respiración. La Reina abisal alzó sus manos y con un gesto lento y deliberado retiró el yelmo que había ocultado su identidad. El hierro cayó con un eco metálico que se propagó como un presagio, y entonces, el silencio se volvió sepulcral.

Los ojos de todos se abrieron con incredulidad, y una oleada de horror y confusión recorrió el campo de batalla como un viento helado y cruel. Porque aquel rostro… aquel maldito y blasfemo rostro era el mismo que el de Lía, su sagrada emperatriz: la heroína inmortal, madre de la nación, símbolo de esperanza.

No había rastro de hechicería ni ilusión que explicara tal sacrilegio; la magia misma parecía haber abandonado aquel lugar, dejando únicamente la fría y desgarradora verdad. ¿Cómo osaba esa bruja vil, esa usurpadora nacida de la podredumbre y el caos, mancillar con sus facciones la imagen de la reina amada? ¿Qué blasfemia o destino retorcido había permitido que la oscuridad vistiera el semblante de la salvación?

Valeska apretó los dientes con una indignación que no podía explicar, era como si lo hubiesen insultado en publico, como si alguien se hubiera atrevido a levantarle la mano, estaba temblando de la rabia que sentía.

—¿Como se atreve?—dijo el rey con la ira contenida.—¿que clase de burla es esta?

—Es…es igual a nuestra madre…—susurró Minerva confundida.

—¿Por qué? ¿Es un insulto acaso?—preguntó Aspen horrorizado.

—¿Que demonios?—Emm estaba en shock y con un gesto de asombro salpicado de desagrado añadió.—no hay rastro de magia, no está usando ningún hechizo cambia formas ni es un espejismo…

—Maldita…¿qué demonios pretende con esto?—expresó Valeska enardecido.

Lía permaneció inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor. Era un cuerpo erguido en medio del fragor de la guerra, pero su alma… su alma parecía haber huido, suspendida en un abismo insondable. Los temblores la recorrían como susurros de hielo, sacudiendo sus manos, crispando sus labios, que apenas lograban articular palabra.

Quería hablar. Quería preguntar, exigir, desgarrar con su voz la mentira que se alzaba frente a ella. Pero las palabras se quebraban antes de nacer, prisioneras de un espasmo que no era miedo a la batalla, pues había danzado mil veces con la muerte, sino el terror profundo de contemplar su propia imagen en un rostro ajeno.

No era solo una hechicera la que se alzaba ante ella. Era su reflejo retorcido. Su doble. Su negación hecha carne. Y en ese instante, todo lo que creía conocer sobre la magia, sobre la sangre, sobre su propia identidad se volvió un enigma sin nombre.

Nara dio un paso al frente, y su voz se elevó como una espada en medio de la tormenta, cortando el silencio como acero ardiente. Su garganta vomitó cada palabra con la fuerza de un estandarte que se clava en tierra enemiga, y su mirada era una lanza que atravesaba el corazón de los soldados, uno por uno sin excepción.

—¿Por qué esas caras? —gruñó, con un toque de burla que resonó como un eco blasfemo entre las filas enemigas—. ¿Qué es lo que les causa tanta sorpresa?

Un gesto de desprecio torció sus labios.

—Puedo oler su confusión… —prosiguió—. Me llega a la nariz como el hedor pútrido de una bestia en descomposición. ¿Creen que esto es un hechizo? ¿Dónde está, pues? ¡Muéstrenme la magia que no veo! ¿Piensan que me he disfrazado de su amada reina? ¡Ja…!

Su risa fue una grieta en el aire, amarga, cortante, profanadora.

—Cargar con este rostro… es el insulto más grande de mi existencia —escupió—. ¿Quieren saber por qué su emperatriz guarda silencio como un cadáver frío y tieso? Está bien… les diré la verdad. Les diré quién es en realidad esa mujer que tanto adoran.

Era verdad. No había magia alguna. Los más diestros hechiceros, los guerreros más atentos, escudriñaron el aire con todos sus sentidos y no hallaron ni un hilo de encantamiento, ni una brizna de ilusión. Nada. Y esa ausencia, ese vacío insondable, era peor que cualquier maleficio: los enfurecía, los llenaba de impotencia, les desgarraba la certeza que los mantenía firmes.

Entonces, la Reina de la Oscuridad alzó la voz de nuevo, y esta vez fue un trueno desgarrando la bóveda de los cielos. Cada palabra era un dardo envenenado, cada sílaba llevaba la furia contenida de eras enteras de dolor.

—Esa mujer de rostro suave y apacible —vociferó— es, en verdad, la hechicera más cruel que jamás haya mancillado la tierra… el ser más vil y despreciable que haya nacido bajo este maldito sol.

El Rey de los Vampiros, al escuchar semejante blasfemia dirigida a su esposa, dio un paso hacia adelante, con los colmillos tensos y la mirada encendida. Pero algo lo atenazaba, como cadenas invisibles que cerraban su garganta y clavaban su voluntad en el suelo. Era como si una maldición le sellara los labios, obligándolo a ser testigo impotente.

La Reina del Abismo prosiguió, su voz como látigo de hierro:

—Su reina me creó de la rabia, del miedo, de la soledad… y de su propia cobardía por no enfrentar sus aflicciones. Le resultó más fácil arrancar de sí todo lo que odiaba y verterlo en mí, convertir mi existencia en el recipiente maldito de su miseria.

Alzó su mano hacia el cielo, y la noche misma se desgarró. Un hechizo de proyección como jamás se había visto convirtió la bóveda celeste en un espejo maldito. Allí, todos lo vieron: el nacimiento de la sombra. Vieron a Lía, la emperatriz venerada, arrancar de su pecho una masa de oscuridad densa, vaporosa, que se retorcía y gritaba mientras era expulsada con violencia, lanzada a una tierra extraña y fría.

Un silencio de piedra cayó sobre el ejército. Los ojos estaban fijos en la visión, las gargantas secas, los corazones detenidos. Porque allí, en la inmensidad del firmamento, la verdad se había revelado… y no había palabra que la desmintiera.




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