Mi Camino a Santiago

I Preparación Interior. La parada inevitable

​El clic de la pluma al cerrarse sonó como un disparo en el silencio monótono del apartamento. Luis observó la mancha de tinta negra sobre el calendario, una simple 'X' que marcaba el 1 de febrero, el inicio de su hibernación autoimpuesta. Había tomado la decisión tres días antes, una tarde de enero mientras veía su reflejo en la pantalla del portátil: la cara gris, los ojos cansados, la camisa ligeramente más ajustada de lo que recordaba en la solapa de los hombros. No era una crisis de los cuarenta, pensó, era la confirmación de que la inercia había ganado.

​Durante los últimos quince años, su vida había sido una sucesión de metas cortas, informes trimestrales y el ruido constante de la ciudad filtrándose por las ventanas. Había prosperado profesionalmente, eso era indiscutible. La hipoteca estaba bien encarrilada, el coche no daba problemas, pero la casilla de verificación de "Felicidad" o, al menos, de "Propósito", llevaba tanto tiempo vacía que la había borrado por completo.

​Un día, mientras hojeaba una revista en el dentista –uno de esos lugares donde estás obligado a parar y el silencio te abruma–, una foto captó su atención: un grupo de personas ascendiendo una colina cubierta de niebla, con una vieira atada a una mochila. El Camino de Santiago. La idea le había parecido una locura turística, una moda para gente que tenía tiempo de sobra. Luis siempre había sido de la opinión de que si querías pensar, te sentabas en una terraza tranquila. Pero esa tarde, con la aguja de la anestesia aún vibrando en su encía, el Camino no se sintió como una moda, sino como una frontera. La única frontera que quedaba por cruzar era la de su propia resistencia.

​Y así, llegó el 1 de febrero. El día que dimitió de su vida por tres meses. No había renunciado a su trabajo, sino que había solicitado una excedencia. "Necesito un reseteo," le había dicho a su jefe, un hombre pragmático que le miró como si estuviera hablando en otro idioma. Luis vendió la idea como una estrategia de mindfulness radical para mejorar la productividad. Pero en el fondo, sabía que no volvería a la misma casilla de inicio.

​El primer mes fue un páramo de desconcierto. Se sentó en el sofá, intentando "respirar y pensar", y descubrió que no sabía cómo hacerlo sin un deadline o una agenda. Su mente, acostumbrada al ritmo de cien por hora, se estrellaba contra el muro del vacío. Fue su amigo Carlos, el único que conocía su plan completo, quien lo sacó del estupor.

​"Luis, el Camino Francés desde Saint-Jean-Pied-de-Port no es un paseo. Son casi ochocientos kilómetros. Si empiezas como estás, la primera etapa te envía a casa en ambulancia," le dijo Carlos por teléfono, con esa mezcla de burla afectuosa y verdad incómoda que le caracterizaba.

​El comentario le dolió, pero fue el empujón que necesitaba. Luis se levantó. El tiempo de la reflexión pasiva había terminado. Ahora tocaba actuar. Tres meses. Noventa días para convertir su cuerpo de oficinista en un motor que pudiera resistir el Pirineo y la meseta.




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