Mi Camino a Santiago

II El despertar del cuerpo.

La mañana del 1 de marzo fue un brutal recordatorio de la Ley de la Gravedad. Luis se puso unas viejas zapatillas de running que encontró en el fondo del armario, compró una botella de agua y salió a la calle. Su plan era sencillo: caminar tres kilómetros. Su realidad fue un fiasco de veinte minutos.

​El aire frío le quemó los pulmones y la pantorrilla derecha le protestó al cabo de apenas diez manzanas. Se detuvo en un parque, apoyado en un árbol, jadeando, sintiendo la punzada de la vergüenza. Era un hombre de éxito que no podía caminar quince minutos sin colapsar. La humillación se convirtió en su combustible.

​El segundo mes de su preparación fue una lucha diaria contra la pereza y el dolor.

  • Día 3: Compró sus primeras botas de trekking. Eran pesadas, de color marrón oscuro, y al calzárselas en la tienda se sintió un impostor. El dependiente le había aconsejado: "Póntelas en casa una hora al día, luego dos. No te las quites. Que el Camino no te encuentre con los pies vírgenes."
  • Día 10: Empezó a incorporar una mochila ligera, cargada con dos botellas de agua (dos kilos), durante sus caminatas diarias. La sensación era extraña: una presión constante sobre los hombros, el centro de gravedad desplazándose. A los veinte minutos, la espalda le gritaba.
  • Día 30: Ya caminaba diez kilómetros diarios sin parar, pero al llegar a casa se desplomaba en el sofá con los pies en alto, consultando foros de peregrinos que le hablaban de ampollas "del tamaño de un huevo de codorniz" y de tendinitis. El miedo se mezcló con la disciplina. El miedo le obligaba a levantarse a las seis de la mañana.

​Luis empezó a ver el entrenamiento no como un castigo, sino como una negociación. Negociaba con su cuerpo, prometiéndole descanso a cambio de resistencia.

​Dejó el ascensor. Subía y bajaba las escaleras de su edificio varias veces al día. Su vecina, una anciana que le miraba con curiosidad, le preguntó: "¿Se le ha estropeado el ascensor, Luis?"

​"No, María," respondió con una sonrisa forzada, "estoy entrenando para subir una montaña."

​Se apuntó a un gimnasio a regañadientes. No para ganar músculo, sino para fortalecer el core y las piernas. Sentía una incomodidad profunda al verse rodeado de veinteañeros atléticos, pero cada sesión de sentadillas o la hora en la cinta de correr a paso ligero era una pequeña victoria contra el hombre que había sido. El dolor muscular era el único signo tangible de que algo se estaba moviendo en su vida.

​Un día, a principios de abril, mientras caminaba por un sendero fuera de la ciudad, sintió algo nuevo. No era solo la costumbre, era una ligereza extraña, una sincronía entre el corazón, los pulmones y el ritmo de sus pasos. Llevaba quince kilómetros. Se detuvo y miró el horizonte. Por primera vez en meses, su mente no estaba en los informes, ni en las facturas, ni en lo que haría mañana. Estaba solo en el ahora, en la sensación del viento frío en la cara y el golpe rítmico de sus botas contra la tierra. Su cuerpo, al fin, empezaba a convertirse en su aliado.




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