El tercer mes (mayo) se centró en la logística. Luis se convirtió en un experto en mochilas, pesos y tejidos técnicos. El miedo a lo desconocido lo transformó en una obsesión por el control de lo material.
Su escritorio, que solía albergar documentos financieros, ahora estaba cubierto de mapas del Camino Francés. Descargó aplicaciones de etapas, leyó foros sobre la peligrosidad del paso por los Pirineos y memorizó la ubicación de las panaderías de Zubiri. Su destino era claro: Saint-Jean-Pied-de-Port, el punto de partida tradicional, el "kilómetro cero" emocional para la gran mayoría de peregrinos.
El objetivo principal de esta fase era el peso. Luis había leído la máxima peregrina: "No cargues más de lo que tu madre te daría para irte, más el 10% de tu peso corporal." En su caso, eso significaba no superar los ocho kilos.
La balanza de cocina se convirtió en su juez y verdugo. Pesaba cada par de calcetines, cada tubo de crema, el cepillo de dientes (al que le cortó la mitad del mango para ahorrar unos gramos). El peso total era de 7,8 kilos. Suspiró aliviado. Era el único control que podía ejercer sobre los ochocientos kilómetros que tenía por delante.
El 30 de mayo, Luis pasó el día limpiando y ordenando su apartamento con una intensidad maníaca. No era solo por dejarlo limpio, era una forma de cerrar un ciclo. Cada cosa en su sitio, cada cuenta pagada. Se sentía como si estuviera creando una cápsula del tiempo de su "vida anterior".
Esa noche, se sentó frente a su mochila. La Pesa, como la había llamado. Estaba junto a la puerta principal, lista para salir al día siguiente. Se puso las botas por última vez, no para caminar, sino para sentir el contacto. Se había entrenado, había comprado el equipo, había estudiado los mapas. Había caminado más de trescientos kilómetros solo por la ciudad. Había cumplido con todos los preparativos externos.
Pero al mirar la mochila, la duda le asaltó con más fuerza que cualquier dolor muscular. La preparación física y logística había sido una distracción, una excusa para no mirar al verdadero vacío.
¿Realmente estaba listo para parar y pensar? ¿Y si lo que descubría en ese camino era más aterrador que el estancamiento de su vida anterior?
Tomó su pasaje de tren. Mañana, Saint-Jean-Pied-de-Port. Mañana, el camino de la autoevaluación empezaba de verdad. Se levantó, apagó las luces y se dirigió a la cama.
"Mañana... mañana me convertiré en peregrino," susurró a la oscuridad, sintiendo un nudo de miedo y expectación en el estómago. El último capítulo de su vida anterior estaba cerrado.