El grupo abandonó Portomarín temprano, enfrentando la subida al Monte San Antonio. La humedad del embalse de Belesar se aferraba a sus ropas como una segunda piel fría. Luis caminaba en silencio, disfrutando de cómo sus piernas, ahora fuertes como el hierro, ignoraban la pendiente que hacía jadear a los peregrinos recién llegados en Sarria.
—Miradlos —susurró Marc, señalando a un grupo de chicos que subían a trompicones—. Me veo a mí mismo hace tres semanas. La diferencia es que ahora no siento la necesidad de adelantarlos para demostrar nada.
Anya se detuvo un segundo para observar la niebla que se disolvía sobre el río Miño.
—Es curioso. En la Meseta, la línea recta nos obligaba a mirar hacia adentro. Aquí, la belleza de Galicia nos obliga a mirar hacia afuera. Es como si el Camino nos estuviera devolviendo poco a poco al mundo, pero con ojos nuevos.
II. La Sierra de Ligonde y el Hospital de la HistoriaLa etapa avanzó por la Sierra de Ligonde. No era una montaña brutal como O Cebreiro, sino una sucesión de lomas suaves cubiertas de pinos y, por primera vez de forma masiva, eucaliptos. El aroma balsámico y penetrante de estos árboles llenó el aire, convirtiéndose en el perfume oficial de la recta final.
Atravesaron Ligonde, un lugar con una carga histórica invisible pero poderosa. Luis se detuvo frente a la cruz de piedra que marca el sitio donde hubo un antiguo hospital de peregrinos que dio cobijo a reyes y mendigos por igual.
—Aquí dormía el emperador Carlos V —comentó Luis, tocando la piedra fría—. Imaginaos la escena: el hombre más poderoso del mundo compartiendo techo y sopa con alguien que no tenía nada, unidos solo por el polvo del camino.
Ese concepto de igualdad radical resonó profundamente en Luis. Su futura misión en Asia no distinguiría entre jerarquías. El Camino le había enseñado que debajo de la ropa de marca o de los harapos, todos los buscadores tienen el mismo miedo y la misma esperanza.
III. El Cambio de RitmoA medida que se acercaban a Palas de Rei, el paisaje se volvió más agrícola. Pasaron junto a leiras (pequeñas parcelas) recién labradas y establos donde el olor a ganado y a hierba seca recordaba que Galicia es, ante todo, una tierra de labor.
Marc caminaba mejor que nunca. El dolor de su tobillo se había transformado en una molestia sorda que ya sabía gestionar.
—Luis, he estado pensando en lo de Japón —dijo Marc de repente—. Quizás no necesite ir contigo físicamente, pero quiero ayudar a financiar esa red de "puentes" que quieres crear. He pasado años moviendo dinero para cosas inútiles. Va siendo hora de moverlo para algo que sane.
Luis se detuvo y miró a su amigo. El Marc arrogante de Burgos había muerto definitivamente en las cuestas de Ligonde.
—Serás el primer cimiento de ese puente, Marc. Gracias.
IV. Palas de Rei: El Reposo de la ComarcaFinalmente, entraron en Palas de Rei. El pueblo, aunque moderno y funcional, bullía con la energía de miles de peregrinos que se preparaban para los últimos dos días de marcha.
Se dirigieron al Albergue Municipal, un edificio amplio y bullicioso. Al registrarse, el hospitalero les selló la credencial con una sonrisa.
—Mañana Melide, pasado Santiago —dijo el hombre—. Ya huelen el incienso, ¿verdad?
La vivencia de la tarde:
Cenaron el famoso queso de Ulloa, suave y cremoso, acompañado de pan gallego. En la mesa, Luis sacó su cuaderno. Estaba a menos de 70 kilómetros de la Catedral.
"Palas de Rei. El aire ya huele a mar y a eucalipto. La misión ya no es una idea, es un plan. Marc se ha unido al proyecto. Anya ha encontrado su luz. Y yo... yo he encontrado mi centro. Ya no soy el ejecutivo que huye; soy el arquitecto que construye sobre lo que el Camino ha limpiado."
Esa noche, en las literas del albergue de Palas, el ruido de los nuevos peregrinos ya no les resultaba molesto. Era el sonido de la humanidad compartida. Luis cerró los ojos y, por un instante, visualizó los 88 templos de Shikoku. Ya no le parecían un desafío imposible, sino el siguiente paso lógico en un camino que no terminaría nunca.