El grupo abandonó Palas de Rei con una mezcla de euforia y nostalgia anticipada. El paisaje de la Galicia interior se volvió más íntimo, con senderos flanqueados por muros bajos de piedra (chantos) y bosques de castaños que parecían susurrar historias de antiguos caminantes.
—Hoy es un día de ritos —dijo Luis mientras cruzaban el puente medieval de Furelos, una joya de piedra que parece la puerta de entrada a otra época—. En el Camino, el espíritu necesita alimento, pero el cuerpo también reclama su homenaje.
II. Melide y el altar de Casa EzequielEntraron en Melide, el centro geográfico de Galicia, donde el Camino Primitivo se une al Francés. El bullicio era notable, pero el instinto los guio directamente hacia un nombre que es ley para todo peregrino: Pulpería Ezequiel.
Al cruzar la puerta, el vapor de las ollas de cobre los recibió como un abrazo cálido. El aroma a pimentón, aceite de oliva y pulpo recién cocido lo inundaba todo. Se sentaron en los largos bancos de madera, compartiendo mesa con desconocidos que, tras la primera ración, dejaban de serlo.
—¡Esto es el cielo en un plato de madera! —exclamó Marc, pinchando un trozo de pulpo perfectamente al dente.
Acompañaron el pulpo con un ribeiro servido en cuncas de cerámica y pan de la zona. En ese momento, en Casa Ezequiel, las distinciones desaparecieron. No había ejecutivos, ni artistas, ni buscadores; solo tres amigos celebrando la supervivencia y la amistad.
—Luis —dijo Anya, con los ojos brillantes por el vino y la emoción—, gracias por no dejarnos quedar en aquel primer albergue cuando todo parecía imposible.
Luis brindó con su cunca.
—El Camino nos puso en la misma mesa, pero el pulpo de Ezequiel nos ha sellado el alma.
III. El descenso hacia el refugio del aguaCon el cuerpo reconfortado y el ánimo en lo alto, retomaron la marcha. El Camino después de Melide es un rompepiernas de subidas y bajadas suaves que atraviesan aldeas como Boente y Castañeda. El aire empezó a oler más intensamente a pino y tierra mojada.
Finalmente, el sendero descendió de forma pronunciada hacia un valle profundo, donde el sonido del agua anunció su destino.
IV. Ribadiso da Baixo: El descanso junto al puenteLlegaron a Ribadiso da Baixo, uno de los puntos más mágicos de toda la ruta. El Albergue Municipal de Ribadiso es un antiguo hospital de peregrinos del siglo XIV, rehabilitado con una sensibilidad exquisita, situado justo a la orilla del río Iso.
La vivencia de la tarde:
Antes de registrarse, los tres se descalzaron y metieron los pies en las aguas gélidas y cristalinas del río, justo debajo del puente medieval.
—Es el bautismo final —susurró Luis, sintiendo cómo el frío del agua le devolvía la energía a sus músculos cansados—. Mañana llegaremos a Arzúa y estaremos a un paso del Monte do Gozo.
Desde la orilla, Luis observó el reflejo de sus amigos en el agua. Recordó su misión de "constructor de puentes". Ribadiso, con su puente de piedra que ha resistido siglos de crecidas y millones de pasos, era la metáfora perfecta.
La nota en el cuaderno:
"Ribadiso. El agua del río Iso se lleva el último cansancio. En Ezequiel celebramos la vida; aquí, en el silencio del río, celebramos el final de una etapa. Ya no pienso en lo que dejé atrás en Madrid. Solo pienso en el puente que estoy cruzando hacia mi nueva vida en Asia. Estoy listo."
Esa noche, durmieron con el sonido del río fluyendo bajo las ventanas del albergue de piedra. Un sonido constante, eterno, que les recordaba que, al igual que el agua, el peregrino nunca es el mismo cuando llega que cuando partió.