Mi Camino a Santiago

Capítulo 33: El horizonte se expande

​I. La despedida de Arzúa

​Luis, Anya y Marc salieron de Ribadiso dejando atrás el murmullo del río Iso. El ascenso hacia Arzúa fue breve pero constante, y pronto se encontraron caminando por la villa conocida por sus quesos. Sin embargo, la atmósfera del Camino había vuelto a cambiar. Ya no era solo el número de peregrinos, sino la sensación de que algo inmenso estaba a punto de concluir.

​—Mañana es el día —dijo Marc, ajustándose la mochila—. Santiago. Casi parece irreal que estemos a menos de cuarenta kilómetros.

​II. El Bosque de los Pensamientos

​Tras pasar Arzúa, el Camino se adentró en densos bosques de eucaliptos y pinos. El suelo, alfombrado de hojas secas, amortiguaba el sonido de los pasos. Fue en este tramo, en la calma verde de la mañana, donde Luis sintió una extraña inquietud.

​Miraba hacia adelante, pero su mente no se detenía en la Plaza del Obradoiro. Recordó las palabras de los antiguos: el Camino no termina en la tumba del Apóstol, termina donde la tierra se acaba.

​—¿En qué piensas, Luis? —preguntó Anya, notando su silencio—. Tienes esa mirada que pones cuando estás trazando un plano mental.

​Luis se detuvo en un claro del bosque, cerca de Santa Irene.

​—Santiago es el destino espiritual, sí —dijo Luis despacio—, pero siento que mi misión necesita un cierre más… elemental. El fuego, el agua, el fin del mundo conocido. No quiero terminar en una ciudad. Quiero terminar frente al océano.

​Anya y Marc se detuvieron también.

​—¿Muxía? ¿Finisterre? —preguntó Marc, sorprendido.

​—Exacto —respondió Luis—. Quiero ver el Santuario de la Barca en Muxía y quemar, simbólicamente, lo último que queda de mi pasado en el cabo de Finisterre. Es allí donde los antiguos creían que el sol moría cada noche para renacer. Es el final perfecto para mi preparación antes de partir hacia Asia.

​Marc miró hacia el oeste, como si intentara divisar el mar tras las colinas gallegas.

—Cien kilómetros más. Cuatro días extra. —Marc sonrió—. Mi tobillo dice que estoy loco, pero mi corazón dice que no puedo dejarte solo en esto. Yo también sigo.

​Anya asintió con entusiasmo, sacando su cámara.

—La luz del Atlántico… Dicen que no hay nada igual. Si vamos a terminar esto, hagámoslo donde el mapa se acaba.

​III. O Pedrouzo: La última vigilia antes de la urbe

​Con esta nueva resolución, el grupo llegó a O Pedrouzo (Arca do Pino), la última parada técnica antes de Santiago. El pueblo bullía de nerviosismo. Se sentía en el aire: peregrinos revisando sus mejores ropas para entrar en la ciudad, otros celebrando con cánticos.

​Se instalaron en el Albergue Municipal de O Pedrouzo, un edificio funcional rodeado de pinos. Al registrarse, Luis sintió una paz profunda. Mientras otros estaban ansiosos por el final de mañana, él sentía que simplemente estaba cruzando otro puente más largo y significativo.

La vivencia de la noche:

Cenaron juntos en silencio, compartiendo un último plato de caldo gallego antes de la gran entrada. Luis sacó su cuaderno de notas.

"O Pedrouzo. Mañana entraremos en Santiago, pero ya no es la meta final. Es solo una estación de paso. Mi decisión de seguir hasta Muxía y Finisterre ha cambiado la energía del grupo. Ya no hay prisa. Santiago será la bendición, pero el mar será la liberación. El 'Constructor de Puentes' necesita ver el océano para entender la inmensidad de lo que tiene por delante."

​Luis guardó el cuaderno. Mañana verían las torres de la Catedral desde el Monte do Gozo, pero sus ojos estarían puestos en el horizonte más lejano, donde el cielo se funde con el Atlántico.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.