Mi Camino a Santiago

Capítulo 34: El Abrazo y el Horizonte

​I. El último ascenso: El Monte do Gozo

​Luis, Anya y Marc salieron de O Pedrouzo en una mañana cubierta por una niebla cerrada, una gasa blanca que envolvía los bosques de eucaliptos y le daba al Camino un aire de despedida. Caminaban rápido, impulsados por una inercia que no era cansancio, sino magnetismo.

​Tras pasar Lavacolla, comenzaron el ascenso final hacia el Monte do Gozo. Al llegar a la cima, la niebla se rasgó como un telón.

​—Allí están —susurró Anya, señalando con el dedo.

​A lo lejos, pequeñas pero imponentes, las torres de la Catedral de Santiago emergían sobre el perfil de la ciudad. El grupo se detuvo frente al monumento de los peregrinos. No hubo gritos de alegría, sino un silencio denso. Marc se apoyó en su bastón y Luis sintió un nudo en la garganta. Santiago ya no era un punto en un mapa; era el testigo de su propia metamorfosis.

​II. La entrada en la Ciudad Santa

​El descenso hacia la ciudad fue un tránsito extraño. Dejaron atrás la tierra y los árboles para entrar en el asfalto de los barrios periféricos. Cruzaron la Puerta del Camino y se adentraron en el casco histórico. El sonido de los bastones sobre el granito de las calles estrechas —Casas Reais, la Plaza de Cervantes— retumbaba como un latido.

​Y entonces, el sonido de la gaita.

​Al cruzar el arco del Palacio de Gelmírez, el sonido de la gaita inundó sus sentidos. Un paso más y desembocaron en la Plaza del Obradoiro.

​III. El Obradoiro: El vacío y la plenitud

​La plaza es inmensa cuando se entra en ella tras 800 kilómetros. Luis se quitó la mochila y la dejó en el suelo de piedra. Se tumbó de espaldas, mirando hacia arriba, donde las torres de la Catedral parecían tocar el cielo azul de Galicia.

​Anya se sentó a su lado, con lágrimas en los ojos, sin cámara, solo mirando. Marc se quedó de pie, firme, con la mano sobre el hombro de Luis.

​—Lo hemos hecho, Luis —dijo Marc con la voz quebrada—. Soy un hombre diferente al que empezó en aquella oficina.

​Luis no respondió de inmediato. Sentía el frío de la piedra bajo su espalda y el calor del sol en su rostro. Recordó la Meseta, el barro de Navarra, el silencio de Samos y la luz de Clara.

​—No hemos llegado al final —dijo Luis finalmente, incorporándose—. Hemos llegado al centro.

​IV. El rito del abrazo

​Entraron en la Catedral. El olor a incienso y cera era abrumador. Hicieron la cola para el abrazo al Apóstol. Cuando fue el turno de Luis, subió los pequeños escalones tras el altar y rodeó con sus brazos la figura de piedra.

La vivencia de Luis:

No pidió nada. No dio gracias por el éxito profesional. Simplemente cerró los ojos y sintió la solidez de la piedra. “Doy gracias por el puente que se ha construido bajo mis pies”, pensó. En ese abrazo, Luis soltó el último resto de su ansiedad. Sintió que el Apóstol no era una figura religiosa ajena, sino un símbolo de todos los viajeros que, como él, buscaban algo más allá del horizonte.

​Al bajar, se encontraron con Anya y Marc en la nave central. Los tres se abrazaron, formando un círculo de hierro y afecto.

​V. La mirada hacia el Oeste

​A la salida, mientras tomaban un café en una terraza de la Plaza de la Quintana, la sensación de "misión cumplida" de los otros peregrinos contrastaba con la determinación de Luis.

​—Santiago nos ha dado la paz —dijo Luis, mirando hacia donde cae el sol—. Pero el océano nos dará el espacio para lo que viene después.

​—Mañana salimos hacia Negreira —asintió Marc, consultando la guía de la extensión a Finisterre—. El mar nos espera.

​Luis sacó su cuaderno y, por primera vez, no escribió sobre el pasado. Escribió sobre el futuro:

"Santiago es el corazón del Camino, pero el espíritu del Constructor de Puentes necesita la libertad del Atlántico. Hemos abrazado la piedra; ahora vamos a abrazar el abismo."

​Esa noche no durmieron en un albergue municipal; se permitieron el lujo de una pequeña pensión en la rúa do Vilar. Sin embargo, Luis durmió con la ventana abierta, escuchando las campanas de la Berenguela, sabiendo que su verdadera "Compostela" no era el papel que acababa de recoger, sino la fuerza que sentía para seguir caminando hacia el fin del mundo.




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