Mi Camino a Santiago

Capítulo 35: El Paso del Puente Viejo

​I. El Regreso al Silencio

​La salida de Santiago de Compostela tuvo un sabor agridulce. Mientras la mayoría de los peregrinos se dirigían a la oficina de correos o al aeropuerto, Luis, Anya y Marc daban la espalda a la Catedral, descendiendo por las rúas empedradas hacia la carballeira de San Lourenzo.

​—Se siente extraño —confesó Marc, ajustándose la mochila que ahora parecía una extensión natural de su columna—. Es como si estuviéramos rompiendo una regla no escrita. Todo el mundo se detiene aquí, pero nosotros seguimos.

​—No estamos rompiendo nada, Marc —respondió Luis, sintiendo el aire fresco de la mañana—. Estamos completando el círculo. El Camino a Finisterre es la única ruta que no nace hacia Santiago, sino que parte de ella. Es el camino de la introspección final.

​A medida que dejaban atrás la zona urbana, el ruido de las campanas fue sustituido por el susurro de los robles y el murmullo de los riachuelos. El Camino se volvió verde, salvaje y, sobre todo, solitario. La masa de los "últimos 100 kilómetros" había desaparecido. Estaban de nuevo los tres, frente a la inmensidad de Galicia.

​II. El Descenso a Ponte Maceira

​Tras cruzar el alto de Mar de Ovellas, el grupo descendió hacia uno de los lugares más fotogénicos y simbólicos de esta ruta: Ponte Maceira.

​Al llegar al río Tambre, se quedaron mudos. El gran puente románico de cinco arcos se alzaba sobre las aguas bravas que saltaban entre las rocas.

—Este es el puente de los puentes —dijo Anya, sacando su cuaderno por primera vez desde Santiago—. Mira la fuerza del agua. Es la vida que empuja.

​Luis se apoyó en el pretil de piedra. Recordó su misión. Para él, Ponte Maceira era una señal: para construir puentes que duren siglos, se necesita una base de piedra sólida y la humildad de dejar que la corriente pase sin intentar detenerla.

​—Clara dijo que yo sería un constructor de puentes —susurró Luis—. Aquí entiendo que el puente no es para que yo cruce, es para que otros puedan pasar cuando la corriente de la vida sea demasiado fuerte.

​III. Negreira: La Frontera del Pazo

​Continuaron la marcha por bosques de pinos y senderos sombríos hasta entrar en Negreira, la capital de la comarca de Barcala. La villa, presidida por el imponente Pazo do Cotón, les recibió con una calma acogedora. Cruzaron el arco que une el palacio con la capilla, sintiéndose como caballeros de otra época regresando de una cruzada.

​Se dirigieron al Albergue de Peregrinos de Negreira, un albergue público de gestión municipal situado a la salida del pueblo. El edificio, moderno pero rodeado de naturaleza, respiraba una paz que no habían encontrado en los últimos días del Camino Francés.

​IV. La Vivencia en el Albergue

​Al registrarse, el número de literas ocupadas era mínimo. El silencio era casi absoluto. Tras la ducha, se sentaron en el jardín del albergue a ver caer la tarde.

La reflexión de Luis:

Luis sacó la pequeña libreta donde ahora dibujaba planos esquemáticos de sus futuros proyectos en Asia.

"Negreira. El primer día después de Santiago. La ciudad santa ya es un recuerdo. Hoy, en Ponte Maceira, he visto el diseño de mi vida. No será un edificio, será un sistema de apoyo. Marc ha empezado a hablar de la logística para la fundación. Anya está capturando la esencia del agua. Ya no somos peregrinos buscando una tumba; somos exploradores buscando el origen."

​Marc se acercó a Luis con dos manzanas que le habían regalado en el pueblo.

​—¿Sabes qué es lo mejor de hoy, Luis? —preguntó Marc—. Que por primera vez en mi vida, no sé qué hora es, y no me importa. Santiago me dio la paz, pero Negreira me está dando la libertad.

​Esa noche, en el albergue de Negreira, el sueño fue profundo y sin sueños de ansiedad. Estaban a dos jornadas del océano. El olor a tierra mojada y a pino entraba por la ventana, recordándoles que el fin del mundo estaba cerca, y con él, el verdadero comienzo.




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