Mi Camino a Santiago

Capítulo 36: La Soledad de las Tierras Altas

​I. Hacia el Páramo de A Pena

​Luis, Anya y Marc salieron de Negreira cuando el sol aún era una promesa tras los montes de Barcala. Nada más dejar el albergue, el Camino los recibió con una subida intensa a través de un bosque cerrado que parecía sacado de una leyenda gallega. El aire era denso, cargado con el aroma de la tierra que respira tras la lluvia.

​A medida que ganaban altura hacia A Pena, la civilización se fue desvaneciendo. Los pueblos se convirtieron en pequeñas aldeas de tres o cuatro casas de piedra, y el ruido de los coches fue sustituido por el silbido del viento entre los pinos.

​—Esto es lo que buscábamos —dijo Luis, deteniéndose para mirar el horizonte—. Esta soledad es el filtro necesario. En Santiago nos llenamos de gente; aquí nos vaciamos para poder ver el mar.

​II. El Paisaje Místico de la Fervenza

​El Camino se volvió místico y solitario. Cruzaron mesetas elevadas donde el granito gallego brota de la tierra como si fueran huesos de la montaña. Al llegar a las vistas del Embalse de la Fervenza, la inmensidad del agua estática bajo un cielo gris plomizo les devolvió una sensación de pequeñez que no sentían desde la Meseta.

​Caminaron por pistas desiertas, donde los únicos testigos eran las vacas de mirada infinita y los hórreos centenarios que punteaban el paisaje.

​—Siento que estamos caminando por el borde de un sueño —comentó Anya, capturando con su cámara la silueta de Marc recortada contra el valle—. La luz aquí no brilla, susurra.

​III. Olveiroa: El Pueblo de Piedra

​Tras una jornada de casi 34 kilómetros de silencio absoluto, descendieron hacia el valle del río Xallas para entrar en Olveiroa. Es una aldea que parece detenida en el tiempo, un conjunto de hórreos y casas de piedra de una belleza rústica y poderosa.

​Se instalaron en el Albergue de Peregrinos de Olveiroa, un lugar que aprovecha las antiguas construcciones de piedra para ofrecer un refugio cálido y acogedor.

La vivencia de la noche:

Sentados en un banco de piedra frente a una hilera de hórreos, Luis compartió con sus amigos el plan para los próximos dos días.

​—Mañana tomaremos la bifurcación hacia Muxía —explicó Luis—. Es el lugar de la barca de piedra, donde la leyenda dice que la Virgen vino a animar a Santiago. Es el punto de la fuerza espiritual ante el océano. Y después, el último día, bajaremos por la costa hasta Finisterre, para ver morir el sol.

​Marc asintió, mirando sus manos, ahora fuertes y callosas.

—Muxía será nuestra oración, y Finisterre nuestra hoguera. Estoy listo para ver ese final, Luis.

La nota en el cuaderno:

"Olveiroa. La soledad de hoy me ha devuelto la claridad. Ya no dibujo puentes de acero, dibujo puentes de voluntad. Mañana el mar dejará de ser una idea para ser un estruendo. Muxía nos espera con sus piedras santas. El fin del mundo está a un paso."

​Esa noche, bajo el techo de piedra de Olveiroa, el grupo durmió con la expectación de los navegantes que saben que la tierra está a punto de acabarse. El silencio era tan profundo que podían escuchar sus propios corazones latiendo al unísono con la tierra gallega.




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