Luis, Anya y Marc salieron de Olveiroa en la penumbra. En el cruce de Hospital, donde el Camino se divide como una lengua de serpiente, tomaron la dirección derecha: Muxía.
El paisaje se volvió salvaje. La vegetación se achaparró, castigada por los vientos salinos que empezaban a soplar desde el oeste. Cruzaron aldeas remotas como San Paio, donde el granito parecía más oscuro y el aire más denso. Ya no caminaban sobre la tierra; caminaban sobre la anticipación del abismo.
—¿Lo oís? —preguntó Luis de repente, deteniéndose en un alto cerca de Moraime.
Tras el silencio de los pinos, llegaba un rumor profundo, un pulso rítmico que hacía vibrar el suelo. No era viento. Era el Atlántico.
II. Muxía: El Borde del MundoEntraron en Muxía, un pueblo marinero que se aferra a una lengua de tierra azotada por el mar. Cruzaron sus calles empedradas, evitando mirar las tiendas o los bares, atraídos como por un imán hacia la punta del cabo, hacia el Santuario de la Virxe da Barca.
El escenario era sobrecogedor. El santuario, una estructura de piedra desafiante, se alzaba frente a una inmensidad de rocas gigantescas y blancas, pulidas por siglos de tormentas. El océano no era azul; era una masa de plata líquida y espuma blanca que estallaba contra la costa con una fuerza que hacía temblar los pulmones.
Anya se quedó paralizada, con la cámara colgando del cuello, olvidada. Marc se sentó en una roca, abrumado por la escala de la naturaleza.
III. El ReencuentroLuis caminó solo hacia la orilla, sorteando las grietas del granito. Se acercó a la Pedra de Abalar, la enorme losa que, según la leyenda, es el resto de la barca de piedra en la que la Virgen llegó para dar fuerzas a Santiago.
Allí, de pie sobre una roca que se asomaba al vacío, bañada por la fina pulverización del agua salada, estaba ella.
Clara.
Llevaba la misma ropa sencilla de León, pero su figura parecía fundirse con la bruma marina. No parecía sorprendida de verle.
—Has llegado —dijo ella. Su voz, aunque suave, se escuchaba con claridad por encima del rugido de las olas.
Luis se detuvo a un par de metros. Sintió que el círculo se cerraba.
—Me dijiste que nos veríamos donde la tierra termina —respondió Luis—. Pero esto es más que el fin de la tierra. Es el principio de algo que no puedo ver.
Clara sonrió y señaló el horizonte infinito.
—En el Tíbet lo llaman el vacío. En Japón, el Ma. Aquí es simplemente el mar. Has construido el puente dentro de ti, Luis. Ahora ya no necesitas que yo te guíe. El puente ya está tendido hacia el Este, aunque estés mirando al Oeste.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Luis, con los ojos empañados por la sal y la emoción.
—Yo no hice nada —dijo ella, acercándose un paso. Sus ojos verdes eran ahora del mismo color que el agua profunda de la Costa da Morte—. Solo te sostuve el espejo para que no pudieras apartar la mirada de tu propio propósito. El "Constructor de Puentes" no nace del éxito, nace de la capacidad de mantenerse en pie cuando todo lo demás se derrumba, como este santuario frente al mar.
IV. La DesapariciónUna ola especialmente grande rompió contra la base de las rocas, levantando una cortina de espuma blanca que envolvió a ambos. Luis cerró los ojos un instante, protegiéndose del impacto del agua fría.
Cuando los abrió, la espuma se retiraba hacia el océano. Clara ya no estaba. Solo quedaba el viento, el olor a salitre y la inmensidad del Atlántico.
Luis se quedó allí, respirando hondo, sintiendo que la última duda que quedaba en su pecho se había disuelto en el agua. Se dio la vuelta y vio a Anya y Marc acercándose. Ambos parecían haber sentido algo, una vibración en el aire, pero no preguntaron. No hacía falta.
La nota en el cuaderno (escrita con trazo firme):
"Muxía. La barca de piedra. He vuelto a ver a Clara, o quizás he visto la forma que toma mi propia fe. El mensaje es claro: el puente está terminado. Mañana caminaremos hacia Finisterre para la última hoguera. Ya no soy un hombre que huye de su vida; soy un hombre que regresa al mundo para reconstruirlo."
Esa noche, durmieron en Muxía con el sonido del mar golpeando las paredes del albergue, sabiendo que mañana, en el Cabo Finisterre, el sol se pondría sobre su antigua identidad para siempre.