Mi Camino a Santiago

Capítulo 38: El Fin del Mundo y el Nuevo Comienzo

​I. La Senda de los Faros

​La caminata desde Muxía hacia Finisterre fue un tránsito entre dos estados del alma. Luis, Anya y Marc avanzaron por la costa, bordeando acantilados donde el granito parecía librar una batalla eterna contra el Atlántico. El paisaje era de una belleza cruda: el verde de los helechos fundiéndose con el azul profundo y el blanco de la espuma.

​—Es extraño —dijo Marc mientras atravesaban la Playa de Rostro—. Pensé que al ver el mar sentiría que todo había acabado. Pero siento una energía extraña, como si estuviéramos en la parrilla de salida de algo mucho más grande.

​Luis asintió. La visión de Clara en Muxía seguía vibrando en su interior. Ella le había dicho que el puente ya estaba tendido, pero Luis empezaba a comprender que un puente no solo se diseña y se construye; también hay que aprender a habitarlo.

​II. El Cabo Finisterre: Donde el Sol Muere

​Llegaron al Cabo Finisterre al atardecer. Caminaron por la carretera que bordea el monte Facho hasta alcanzar el faro. El viento soplaba con fuerza, arrastrando el aroma del fin del mundo.

Se dirigieron a las rocas que quedan por debajo del faro, el punto más occidental. Allí, siguiendo la tradición milenaria, buscaron un lugar resguardado.

El acto simbólico:

Luis no quemó sus botas ni su ropa, como hacían los antiguos. En lugar de eso, sacó de su mochila el primer plano que dibujó en aquel hotel de lujo de Madrid antes de renunciar a todo. Un diseño frío, centrado en el ego y el beneficio. También sacó una pequeña piedra que había recogido en la entrada de Burgos.

​—Esto —dijo Luis señalando el papel— era el hombre que creía saberlo todo. Y esto —señalando la piedra— es el peso de mi soberbia.

​Encendió una pequeña llama. El papel se consumió rápidamente, convirtiéndose en cenizas que el viento del Atlántico dispersó al instante hacia el horizonte. Luego, lanzó la piedra al océano.

​Anya dejó una flor silvestre y Marc, en un gesto de profunda humildad, dejó su viejo reloj de lujo sobre una roca plana para que el salitre hiciera su trabajo.

​III. Una Nueva Revelación: El Camino Primitivo

​Mientras el sol se hundía en el mar, tiñendo el cielo de violetas y oros, Luis se quedó mirando la estela de luz sobre el agua. Pensó en los templos de Shikoku y en las montañas del Tíbet. Sus proyectos estaban listos, su voluntad era firme, pero sintió un susurro en su interior.

“Aún no eres suficiente, Luis”, se dijo a sí mismo.

​Comprendió que para ser un "Constructor de Puentes" en culturas tan profundas como la japonesa o la tibetana, necesitaba una capa más de humildad, una prueba de resistencia aún más íntima y austera que el Camino Francés.

​—Chicos —dijo Luis, volviéndose hacia Anya y Marc—. No voy a ir a Asia el mes que viene.

​Marc le miró sorprendido. —¿Qué quieres decir? El plan está listo.

​—El plan está listo, pero yo aún tengo que evolucionar —explicó Luis con una paz absoluta—. El Camino Francés me ha curado, pero necesito que el Camino me forje. He decidido que antes de partir, volveré a Oviedo. Voy a hacer el Camino Primitivo. Quiero la dureza de los hospitales de montaña, la soledad absoluta de las cuencas mineras y el silencio de las cumbres asturianas sin el ruido de los últimos 100 kilómetros.

​Anya sonrió, comprendiendo perfectamente.

—Quieres ir a la raíz de todo. Al camino que hizo el primer rey peregrino.

​—Exacto —asintió Luis—. Necesito ese último grado de purificación. Cuando termine el Primitivo, mi espíritu estará tan afilado como el granito de estas rocas. Entonces, y solo entonces, estaré listo para Asia.

​IV. El Horizonte Infinito

​Se quedaron los tres abrazados, mirando cómo la última pizca de sol desaparecía bajo el mar.

La última nota en el cuaderno de Luis:

"Finisterre. El sol ha muerto y con él, mi antigua vida. El fuego ha limpiado el papel y el mar se ha tragado la piedra. Anya regresa a sus lienzos con una luz nueva; Marc vuelve a su mundo para transformarlo desde dentro. Y yo... yo vuelvo a la montaña. El Camino Primitivo será mi crisol. No busco Santiago, busco la última frontera de mi propia resistencia. Asia me espera al final de ese próximo sendero. El puente sigue creciendo."

​El faro de Finisterre empezó a girar, proyectando su haz de luz sobre el océano, guiando a los barcos hacia puerto. Luis se dio la vuelta, dio el primer paso de regreso y supo que, aunque este capítulo se cerraba, el libro de su vida acababa de encontrar su verdadera voz.




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