Hazel
La cera de abejas, la manteca y los pétalos secos de caléndula se juntaban en una mezcla espesa. Mi mano ágil revolvía suavemente con una cuchara la mezcla haciendo resonar levemente la olla.
El frío venía corriendo desde las montañas, no tardaría ni un segundo en saltar las colinas hasta el bosque. El frío sería atormentante para la piel.
Las mangas de mi camisa de lino estaban remangadas hasta los codos, mi pelo era recogido por una feroz trenza y mis dedos estaban manchados del tinte de las plantas.
Cuando la mezcla al fin se veía tan dulce, significaba que mi arma contra la piel paspada por el frío estaba lista.
Miré por la ventana desgastada, se observaba el extenso bosque que tanto atormentaba a los puritanos. Junto a mi madre evitábamos pisar tierra de quienes le temían a este lugar. Ella había perecido hace tiempo, pero todo lo que me enseñó jamás se fue; se quedó aquí en el bosque conmigo junto a todas las hierbas que hacían oler la cabaña tan dulce.
Los puritanos maldijeron el vientre de mi madre, la apodaron la esposa del diablo y a mí me apodaron como la hija de este. Cuando pequeña le preguntaba a mi madre por qué ellos le temían a las plantas, me respondió que no eran las plantas, eran quienes las usaban.
Retiré la olla del fuego, la dejé encima de la mesa en un suave movimiento esperando a que la ansiada pomada estuviera lista para su uso. La pesada puerta movió las hojas de la entrada, el aire puro del bosque entró por mi nariz alejándome del olor a hierbas.
Miré hacia un lado en específico, me quedé fija en ese camino. No me interesaba la cantidad de árboles que se veían, sino más bien lo que se encontraba con tan solo caminar cierta cantidad de pasos.
Ese pueblo, donde varias veces vi nubes de humo enormes salir de él, estaba a pocos metros de mi morada. Ellos sabían que estaba aquí, sabían que aún quedaba linaje de mi madre habitando cerca de ellos. Si las cosechas se pudrían sería la siguiente en ser enjuiciada, en dado caso de que no encontraran alguna puritana yaciendo con otro hombre que no sea su marido tras un arbusto.
Una brisa me hizo temblar, pegué más mi chal morada contra mi cuerpo con un manotazo de mi brazo. Entré a paso rápido a la cabaña, ese aroma familiar volvió a mí haciéndome dar un suspiro profundo.
La tranquilidad del monstruo verde; mis lavandas en la mesa apestando el lugar en un aroma floral, las botellas de vidrio en mis estantes. Todo eso... todo eso era lo único que me quedaba.
Tenía certeza de la historia de mi abuela y madre por un pequeño diario, con una desgasta portada de cuero. Estaba repleto de conocimientos; de curaciones y plantas que aún no veía en persona. Todo estaba plasmado en esas hojas para mí. La gratitud de mi madre me había otorgado la bella capacidad de leer y escribir, permitiéndome mantener ese manuscrito en vida.
El pequeño cortinaje de un leve morado, separaba mi lugar de descanso de la cocina y las hierbas sobresalientes. Moví el telar que caía para entrar a mi refugio, había un par de jergones cubiertos de colchas pesadas para aguantar el invierno. Un pequeño baúl de brillosa madera estaba situado en la esquina, dentro de él mis nulas pero importantes pertenencias descansaban en la oscuridad.
Rebusqué sin causar desastre entre todo lo que había. El afilado objeto que usaría a la luz de la luna para recolectar flores, fue levantado de su descanso. Me aseguré de llegar a la cocina, dejando el cuchillo dentro de mi cesta de recolección.
Miré por la ventana. Observando el horizonte y el ruido de las aves aleteando hacia sus nidos, podía deducir que no faltaba nada para la noche. Algunas plantas se vuelven más fuertes si son recolectadas bajo la tenue luz de luna, y esa noche fría sería un buen momento para ir a buscar de esas hierbas.
Mientras lo que quedaba de tarde era consumido por un pestañear del cielo, tomé la pomada ya enfriada para conservarla en un frasco de vidrio.
El simple hecho de untar esto en cualquier piel, era considerado magia oscura otorgada por el diablo. Si tan solo supieran que la miel que endulza sus alimentos es excelente para heridas, existiría un escándalo y una feroz matanza contra los panales de abeja.
Mi cabaña no era más que iluminada por la chimenea, el ruido del bosque nocturno y el fuego rechinando abrazaba mis oídos. La cesta que me había encargado de preparar fue levantada de la mesa. En un fuerte empuje abrí la puerta, dispuesta a ir en busca de los materiales que necesitaba.
La luz de la luna me permitía seguir el imaginario camino que mi cabeza había dibujado sobre el bosque. Mis pisadas crujían las ramas y dejaba huellas en la tierra, las flores húmedas eran cortadas por mi cuchillo en un movimiento seco.
Me movía con sigilo, llenando mi canasta con lo que necesitaba. El silencio de la naturaleza fue interrumpido por extraños ruidos, sonidos que me estaba siendo imposible ignorar.
Me sobresalté, mis piernas se entumecieron paralizadas del terror. Mi corazón iba tan rápido como un colibrí, y mis labios más temblorosos que hojas de sauce.
Pisadas torpes, soplidos pesados y ramas rompiéndose. ¿Acaso es un lobo?, o peor aún, tal vez es un cazador de brujas y yo sería atrapada en el crimen.
Apreté con fuerza el cuchillo en mis dedos. Me escondí detrás de un frondoso arbusto. Poco a poco asomaba más mi cabeza. Todas mis suposiciones estaban erradas, lo que estaba irrumpiendo el bosque era algo demasiado sorprendente.
Abrí mi boca de la sorpresa, sentí que el corazón me volvía al cuerpo pero no para bien.
Una figura tambaleante caminaba torpemente balbuceando cosas sin sentido, mi imponente olfato distinguió un olor fuerte que me hizo arrugar la nariz. Probablemente se había emborrachado y por eso estaba aquí, todo era un simple accidente.
Tuve que forzar un poco más mi vision para tratar de reconocerlo. La luz de la luna iluminó su rostro y ahogué un grito. Era él. Las ropas finas, las facciones severas... ¿por qué el hijo del pastor bebería?