Mi chica lavanda

Capítulo 2

Samuel

Sentía mi cuerpo doblegarse frente al frío, congelándose en las frías bancas de la Casa de reuniones. Quien era mi progenitor y actual ministro, exclamaba con furia sermones en el púlpito. Su voz hacía agachar la cabeza de más de un granjero asustadizo, y que el desgastado suelo de madera chillara por sus gritos.

—¡Mirad vuestras manos, hermanos! —vociferó—. No sois más que viles criaturas del señor, fieles tal cual cordero sigue a su pastor. Pero el mal nos acecha. El pecado camina entre nosotros. ¡Vigilad vuestros hogares! Porque el maligno no solo ruge en el áspero bosque, sino que busca nido en los tibios corazones del señor. Aquella mano que recurra a falsos remedios y a la magia de las hierbas paganas en lugar de arrodillarse ante el Dios de los ejércitos, esa mano arderá en el fuego que nunca se apaga. ¡Doblegaos frente al señor! Que su benevolencia nos salve. ¡No caminéis por mal camino! Pues el día del juicio esta cerca, ¡y el Creador no conocerá clemencia!

Su voz siguió en un eco, incapaz de apagarse entre las paredes húmedas del lugar. Me removí incómodo en la banca de la Casa, sentía que mi cabeza palpitaba salvajemente por el largo sermón.

Quemar mujeres, conseguir leña y perseguir con horquillas personas inocentes era el pan de cada día. Mi padre trataba de involucrarme cada vez más en su trabajo. Para el pueblo puritano era el salvador enviado por Dios, sería el encargado de librarlos de las viles bestias que danzaban con el diablo en el frondoso bosque.

—Amén, hermanos —finalizó en voz suave, extinguiendo el rastro de euforia terrorífica de hace pocos segundos.

Mis labios pronunciaron un leve amén, tratando de seguir el unísono de la Casa de reuniones. Poco a poco los pueblerinos se levantaban, salían por las puertas desgastadas a sus hogares frigoríficos.

Al ser perteneciente de la familia del pastor, debíamos ser los últimos en salir y despedir a los magistrados y terratenientes de riquezas.

—El sermón ha sido ferviente, reverendo —elogió uno de los terratenientes. Su mano se estrechó con la de mi padre—. El pueblo cada vez más se baña en la gratitud del señor, cada vez somos más bendecidos.

—Estos días hemos atrapado criaturas paganas, vagan por el bosque entre arbustos procreando con el maligno. —Su mano acomodó su pesada capa negra—. Pero cada vez quedan menos. La gracia del Señor está con nosotros.

La mirada de mi padre se desvió a la esbelta figura al lado del terrateniente. Una joven delgada, con ropa sin rastros de suciedad y su pelo impecablemente recogido. Estaba parada con una fina sonrisa.

<< Abigail... debía aparecer justo hoy >>

Por el amor de Cristo. Abigail, Dios cada día te bendice más con tu belleza —elogió mi padre.

Le había pedido al señor en oración que no tuviera que encontrarme con esa chica, pero eso no estaba en su voluntad. Se supone que ella debe ser la mujer con la que me case, aún si somos jóvenes estoy obligado a unirme a su familia en un sagrado matrimonio. Pero yo detestaba eso, y no me gustaba para nada Abigail.

—Mi pequeña Abigail es una mujer del señor, criada para su sumisión —respondió con una sonrisa—. Esta muy encantada de poder servirle a Samuel en su próspera familia. Será una unión digna y bendecida por el Creador.

Hice una leve mueca con los labios, como si me emocionara tener a una chica lustrando el suelo de mi hogar.

—Samuel está encantado con Abigail. Estamos orando por el matrimonio, esperamos pueda realizarse con la proximidad del señor.

Miré a Abigail, nuestros ojos se tocaron mientras los adultos hablaban. No era fea; tenía una cara delgada, piel pálida con tonos rosas, ojos color miel y leves pecas adornando su rostro. Pero no podía soportar un segundo hablando con ella, cada conversación era tan... ¿planeada? Como si lo único que le importara era contarme que cuidara nuestros hijos para que pueda trabajar como ministro.

<< Que ridiculez >>

—Padre —llamé—. Iré a saludar a los feligreses, con permiso.

Caminé a paso apresurado fuera de la Casa de reuniones, lugar donde miles de personas eran enjuiciadas y después torturadas. Al salir fui azotado por el aire del invierno sobresaliente, un llamado a mi lado me hizo girarme lentamente.

—¿Cómo van las cosas con tu esposa? —burló.

—No es mi esposa, Caleb —respondí, emprendiendo camino junto a él—. Te agradecería que dejaras de bromear así.

—Pronto será tu esposa, deberías acostumbrarte al título —dijo.

—No me quiero casar, y lo sabes.

—¿Por qué no? Abigail es bonita.

Negué con mi cabeza, di un largo suspiro dispuesto a desahogarme con él. Caleb era leal, podía quejarme de mi padre y maldecirlo y él no le contaría a nadie.

—Es bonita, pero es mentirosa —respondí— De verdad odio cuando dice que le gustaría cocinarle a nuestros hijos.

—Me acuerdo la vez que pensaron que el diablo había abierto un portal en su casa, y resulta que era el fuego del fogón porque ella le lanzó un balde de agua para apagar el fuego.

Solté una risa inconsciente al recordar eso. Parece que a casi todo el pueblo carecía de sentido común o inteligencia.

—Bien, hay que separar caminos —dijo—. Que te vaya bien con tu esposa. —Palmeó mi espalda.

Lo vi alejarse hasta su hogar. Una fuerte brisa me hizo moverme apresurado, recordándome que el frío podría volverme un enorme trozo de hielo si no me resguardaba.

Aún sentía mi cabeza bombear. Estos días estaban siendo agotadores, el casamiento y tener que seguir el trabajo de mi padre era horrible. No quería nada de eso, esperaba que mi vida fuera algo más que solo una réplica que me impusieran bajo el nombre de Dios.

Sabía que estaba mal lo que iba a hacer, pero necesitaba distracción. Tomé de forma meticulosa una botella de licor que estaba al fondo del estante. Para que nadie supiera que había desparecido, dejé otra igual pero con agua en su interior. Salí de la casa con la botella metida entre mi enorme chaqueta, siendo incapaz de divisarse.




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