Mi chica lavanda

Capítulo 3

Hazel

Estaba en un dilema moral: dejarlo morir de frío, o salvarlo y arriesgarme a morir en la hoguera.

Podía dejar al hijo del pastor abandonado en el frío, que los lobos coman su cuerpo y luego los puritanos encuentren sus huesos. Pero me arriesgaba a que descubrieran mi refugio, y me quemaran de igual manera.

<< Creo que no tengo opción... >>

Corrí hasta su cuerpo estirado sobre el suelo. El olor a licor era fuerte, solo con ver su caminar era suficiente para saber el estado de embriaguez en el que estaba.

—Parece que tendré que reescribir la biblia —dijo en balbuceos indescifrables—. En ningún lado se menciona que los ángeles vienen con los ojos azules —rió.

<< ¿Me está coqueteando o de verdad cree que llegó al cielo? >>

—Uhm... oye, ¿estás bien? —pregunté.

Ningún balbuceó que oí salir de su boca tuvo sentido, seguía hablando cosas raras sobre ángeles y el cielo. Me preocupé de su estado, si vomitaba podría morir ahogado por la posición en la que estaba.

<< Debo girar su cuerpo, ahora >>

Ladeé su cuerpo para evitar que se ahogara con sus propios fluidos. Tomé de mi canasta un paño con un bordado de lavanda, con este limpié la humedad de sus labios. Sus orejas estaban congeladas, aún si estuviera borracho morir de frío seguía siendo una opción. Quité el chal de lana de mis hombros, lo arropé como un bebé recién llegado al mundo tratando que el frío no lo mate.

Estaba tratando de tapar sus orejas con la túnica, pero sus dedos gélidos tomaron mi muñeca.

—Que deditos más delicados —dijo—. ¿Cómo te llamas, mi ángel?

Un respiro tembloroso y friolento salió de mí, el toque de sus dedos me hizo estremecer. No entendía por qué me apodaba como ángel, estar borracho y ser cristiano son cosas que juntas son terribles...

—Hazel —respondí—. Me llamo Hazel...

—Hazel... que bonito. —Una sonrisa boba descansaba en sus labios rígidos.

No podía dejarlo más rato aquí en el suelo, se enfriaría y alguna terrible enfermedad lo debilitaría. Di una fuerte respiración, tomando todas mis fuerzas para arrastrar con su cuerpo. Me abracé de su torso y levanté sus brazos a un extremo de mis hombros, como si fuera un costal con el que cargar.

—Hueles espléndido. —Sentí su nariz aspirar en mi pelo.

Sentí mi espalda ser recorrida por un escalofría. Aún si eso buscaba quitarme fuerzas, no me distraje. La caminata fue lenta y pausada, varias veces terminé arrastrándolo por las hojas debido al cansancio de mis hombros.

La pesada puerta de mi cabaña estaba frente a mí. En una patada la abrí, haciendo estremecer el interior cálido. Lo arrastré con mis brazos tiesos hasta mis jergones, lo dejé reposar encima de mis sábanas suaves.

Me fijé en su rostro. Sus ojos estaban cerrados y su mandíbula marcada se liberaba de cualquier tensión. Pequeños suspiros acompañaban sus labios entreabiertos.

<< Se quedó dormido... ¿Ahora qué haré con él? >>

El sonido del mortero contra la piedra resonaban como truenos en las paredes húmedas. Oí un frote del textil de mi cama, acompañado de un quejido casi inaudible.

Me acerqué hasta él con la mezcla en mis manos. El vapor desprendía un olor intenso a menta, jengibre y el amargo de las raíces que había preparado. Me senté a orillas del camastro, ayudando a su torso débil a sentarse.

—Bebé esto —ordené, extendiendo la taza con el líquido amargo frente a él.

—Huele a veneno —balbuceó él, con la voz rota y pastosa, intentando apartar la taza con una mano temblorosa.

—Veneno fue lo que te hizo terminar en este estado—repliqué, sin perder mi paciencia—. Deja los reproches y bébelo, te sentirás mejor. —Pasé mi brazo por detrás de su cuello para elevar su rostro—. Si el hijo del ministro vomita sobre sus zapatos, mi cabeza rodará antes que la tuya. Así que trágatelo.

Su garganta se retorcía al beber el desagradable líquido. Sabía que la mezcla era asquerosa, pero era la manera más fácil de librarlo del licor. Cuando la taza quedó vacía, la alejó con su mano apresuradamente.

—Sabe mal. —Tosió, tratando de quitar el amargor.

—Es normal. Si te diera un té de manzanilla no pasaría nada que te ayude. Es mejor esto para ti.

Sus ojos de un café claro me miraron. Volví a sentir ese estremecer, me recorría y me hacía sentir frágil. Entrecorté mi respiración; odiaba esa sensación, jamás había sentido eso recorrer en mí.

—Yo... —suspiré—. Debes recostarte —empujé suavemente su pecho, obligándolo a recostarse sobre las mantas—. Descansa.

—Hazel —llamó.

<< ¿Cómo? >>

Me quede petrificada antes de salir del lugar donde dormía. Sus labios habían pronunciado mi nombre, sonó débil pero volví a sentir esa corriente por mi piel. Para estar borracho, era increíblemente peligrosa su memoria.

—Samuel... me llamo Samuel.

Suspiré.

—Samuel, lo recordaré...




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