Samuel
Las ramas de un arbusto espinoso rasguñando mi nunca y la tierra húmeda me dejaban en claro que no estaba en mi casa, menos en una cómoda cama. Mi cabeza latía con fuerza, tal como un ladrillo martillándola ferozmente. El cielo tiñéndose de tonos azulados y grisáceos me anunciaban la llegada del próximo amanecer.
Traté de levantarme, pero el terrible dolor de cabeza me hizo encogerme con un quejido. Mi garganta se sentía como un camino amargo repleto de rábano picante. Un leve pero acogedor peso estaba sobre mí, desprendía un olor a lavanda y a una humedad suave. Una manta tejida de tonos violetas me arropaba.
<< ¿De dónde salió esto? >>
Debía volver a mi hogar, si mi padre se enteraba de mi escape junto al licor, me daría una paliza. Seguí intentando levantarme, tuve varios intentos hasta que mis piernas cedieron. Caminé a paso torpe, aún embobado por las pocas gotas de licor en mi sangre.
Mi hogar se encontraba frente a mí, rodeé la infraestructura hasta la ventana que reconocía como la de mi cuarto. Esta se encontraba abierta, lista para dejarme entrar sin tener que pasar por alguna puerta.
<< Gracias a Dios >>
La manta de olor floral y textura cálida fue lanzada hacia dentro, debía encontrar un pronto escondite para ella, aún si no recordaba bien su origen. Escalé con esfuerzos agotadores la ventana. Di pasos sigilos, evitando el rechinar de la madera. Quité mis zapatos bañados en barro, tomé el suave telar escondiéndolo en el fondo de mi baúl.
Mi apariencia debía ser la de un demonio; ojeriza y encorvada, como si el diablo le hubiera arrebatado la sangre. Necesitaba llegar a la cocina, buscar un vaso con agua y darle mis precarias al señor para que mi padre no me encuentre.
Parecía un trabajo hecho. Iba llegando, listo para buscar el líquido que librara mi garganta del amargor. Pero la figura de mi padre leyendo en la mesa y recitando un salmo me hizo dar un respingo, asustadizo de su presencia.
—Samuel, ¿qué haces aquí tan temprano, hijo mío?—preguntó, levantando la vista.
—Y-yo —temblé—. Tengo algo de sed, padre —mentí, rascando mi nuca helada.
—¿Estás enfermo? —su pregunta me hizo paralizarme—. Tu apariencia parece haber sido víctima de las maldades del maligno, pareciera que la enfermedad te ha tocado.
—Yo... no dormí bien esta noche. Estoy algo preocupado por el matrimonio... —excusé, sabiendo que ese matrimonio era lo de menos.
Tomé el vaso entre mis manos, lo bebí en seco, tal cual había hecho con el licor hace un rato.
—Es una bendición del Señor que te preocupes por eso. Es de importancia —agradeció—. Vuelve a tu alcoba, mañana deberás preparar un leve sermón para la reunión —ordenó.
Cerré mis ojos con fuerza, inhalé sonoramente. Tener que dar un sermón no era bonito, menos en la situación en la que me enjaulo ahora.
—Está bien...
Marché a paso lento a mi dormitorio. Cerré la puerta, sin esperar me lancé a mis sabanas que se arrugaban por mi cuerpo. No podía parar de pensar: ¿quién me había ayudado?
Trataba de recordar cada minuto, cada detalla; tomé el licor, lo bebí sin parar. Caminé por el bosque, me caí, y luego... ¿un ángel?
La imagen borrosa de la luna alumbrando una figura, un pelo alborotado y unos ojos azules...
No podía ver más de sus facciones. Mis ojos se arrugaron por el dolor del recuerdo, me era imposible recuperar la noción de las cosas. Ese olor en la manta, era tan característico que no lo podía olvidar. La lavanda hacía doler menos mi cabeza, lo sabía porque aún sentía el aroma pegado en mis dedos.
<< ¿Quién eras en realidad, ángel? >>
—No recuerdo nada —quejé.
El masticar de Caleb y su cuchillo raspando la manzana me agobiaba. Llevaba una mañana intentado recuperar mi memoria, pero cada que lo intentaba el dolor de cabeza era enviado por el mismísimo diablo.
—¿Seguro que viste un ángel? —dudó entre mordiscos—. Capaz era una vieja, y tu cerebro se la imagino como una belleza por el licor.
Le di un golpe en la cabeza, haciéndolo encoger con un quejido.
—Entiende que no estaba alucinando —quejé—. Solo no recuerdo bien sus facciones...
—No las recuerdas porque lo estabas alucinando.
Me quedé pensativo, con mi mirada fija en el pastizal seco. Necesitaba volver al bosque, buscar a quien me carcomía de duda. Era una misión imposible, pero la podía cumplir, solo bajo el escondite de una leve mentira.
—Bien, gracias por tu ayuda. —Me paré de un salto, dejándolo con la boca quieta de los mordiscos.
—¿A dónde vas? —preguntó incrédulo.
No contesté, demasiado decidido en mi misión de la semana. El sermón que debía preparar para mañana, deberá esperar un poco.
—¡Hermano! —gritó emocionado Isaac, mi pequeño hermano.
Lo recibí de brazos abiertos, pegándolo a mi pecho en un pequeño abrazo.
—¿Cómo estás rayo de sol?
—Bien. Madre me dejo alimentar a los cerdos, les di las sobras del desayuno —su voz aniñada y las risas pequeñas que entregaba, me hacían sentir menos solo.
—Eso suena increíble. —Revolví su cabello—. ¿Te parece si vamos a almorzar? Luego puedes continuar jugando.
—¡Sí! —respondió con la misma emoción.
Marchamos de la mano, su brazo debía estirarse para alcanzar mi palma gracias a la diferencia de altura. Al entrar, una mesa perfectamente preparada con comida que desprendía un olor a hambre nos recibió seguido de la figura de nuestra madre.
—Que bueno que llegan, mis niños. La comida está lista. —Una bella sonrisa adornaba su rostro que no aparentaba su edad.
—Huele delicioso —respondí.
Su mano tibia apretó mi mejilla, al bajar su mirada se encontró con la dulce sonrisa de Isaac. En una delicada caricia, sobó sus suaves cabellos.
—Pasen a comer, iré a buscar a su Padre —dijo.
Mi hermano se desprendió de mí, corriendo hacia la mesa buscando su asiento correspondiente. Me senté al lado de la silla central, esperando a que mis padres llegaran.