Mi chica lavanda

Capítulo 5

Hazel

Mi torso desnudo era recorrido por escalofríos. Masajeaba mis brazos suavemente, embetunandome por la pomada de manteca y Árnica, la cual dejaba un olor graso y a hierbas.

Cargar con el hijo del pastor agotó mis brazos y cuerpo de una manera dolorosa. Un hormigueo y punzante calambre, me obligaba a dejar mis tareas de lado incapaz de hacerlas. Untaba con afán rogando porque el dolor parara.

Cerca de mi cálido hogar, se hallaba un bello río. Corría de las montañas más vírgenes, caía en una agua tan pura que era cómplice de mis relajantes duchas. Cuando mi piel al fin absorbiera la manteca, caminaría hacia ese lugar, y dejaría que el agua relaje mi cuerpo.

Mi entusiasmo por llegar al río era claro, porque en pocos minutos ya estaba cerrando la puerta, con una marcha segura hacia mi relajo.

Las distintas aves entre los árboles, tocaban melodías suaves que se acompañaban con el crujir de las hojas.

El viento que bajaba de la colina, me anunciaba la presencia del río. Frente a mí estaba el lugar de mi digno baño. Dejé mis cosas en una roca, quité lentamente mis prendas. Poco a poco los escalofríos me erizaban la piel.

Estaba a punto de despojarme de mi falda y corpiño desgastado. Pero el ruido de pisadas, similares a las de la noche anterior, me prendieron en alerta. Me encorvé, tratando de ver entremedio de los arbustos. Cuando me giré dando las espalda, el sonido de un arco estirándose listo para disparar hizo paralizar mi corazón.

—¿Quién eres? —preguntó.

Aún no me atrevía a girarme, el miedo me hacía incapaz de ver el rostro del desconocido. Pero su voz, era tan conocida como el clásico olor de las lavandas que adornaban todo mi ser.

—Y-yo...

—Date la vuelta, ahora —ordenó.

Me giré lentamente, con mi pecho subiendo y bajando en un vaivén temeroso. Al ver su rostro, sentí el desmayo cerca de tocarme.

<< No puede ser... >>

Bajó su flecha, con su ceño fruncido. Me era imposible imaginar que recordara mi rostro, menos sabiendo que cuando me vio estaba nublado por el licor.

<< Por favor, no te acuerdes de quien soy >>

—¿Qué estás haciendo aquí? Te me haces conocida... —murmuró en lo último.

—No, nunca nos hemos visto —carraspeé—. Debes estar equivocado —mentí.

Bajó su arco lentamente, su ceño seguía arrugado por la confusión.

—¿Vives en el bosque?

Esté podía ser mi fin. Si le decía que vivía en el bosque, era una clara invitación para llevarme a las brasas por "bruja".

—No... —murmuré.

—¿Segura? —Una sonrisa de lado decoró su rostro, sin creer mi mentira.

Agaché mi cabeza, asustada de su presencia. Esa sonrisa me hacía pensar de más sobre él. Los escalofríos de anoche volvían a aparecer.

<< ¿Por qué me pasa esto contigo? >>

—Ibas a... ¿bañarte? —Sus ojos estaban fijos en la ropa a mi lado junto a mi pequeño morral.

—Sí, estaba por hacer eso.

—Lo supuse, no es normal encontrar una chica bonita... casi desnuda —tosió.

<< ¿Bonita? >>

Sentí mis mejillas arder. Claramente no estaba desnuda, mi falda y corpiño se encargaban de cubrir casi todo mi cuerpo. Pero la falta de mi overol, la larga camisa de lino y mi chaleco tejido eran notorios.

—¿Desnuda? Aún estoy lo suficientemente vestida para golpearte, no te sobrepases conmigo —amenacé, apuntándolo con mi índice.

Una carcajada me mostró sus dientes blancos como las nubes, y esos hoyuelos perfectamente posicionados para adornar su rostro. No quería observarlo, pero eran detalles imposibles de pasar, menos cuando me erizaban la piel.

—No te preocupes, no soy ningún abusador —respondió—. Solo me llamó la atención, no es normal encontrar un ángel apunto de darse un baño en el río.

Mis labios temblaron; él acababa de llamarme ángel, y me era imposible apartar mis ojos de él. Tenía que controlarme, él era un puritano y yo lo más cercano a brujería.

—Yo... ¿Podrías... marcharte o darte la vuelta? —pedí—. Debo darme un baño antes de que se ponga más helado.

—Creo que mejor te dejo sola, no quiero incomodarte. —Empezó a retroceder lentamente, aún mirándome.

—Gracias, Samuel.

Se paró en seco, frunciendo el ceño de nuevo.

—¿Cómo sabes mi nombre, ángel?

<< Oh no... acabo de firmar mi sentencia de muerte por estúpida >>

—N-no, no se de que hablas —solté.

—Me llamaste Samuel, ¿segura que está es la primera vez que nos vemos? —ladeó su cabeza con esa misma sonrisa.

Los escalofríos me recorrieron, llegaron atrás de mis rodillas queriéndome hacer doblegarme.

—Eres el hijo del pastor —respondí apurada—. Es difícil no saberlo.

—¿No se suponía que no eras de por aquí? Eres una chica muy poco planeada, ángel —burló—. Espero que si nos volvemos a encontrar sea en circunstancias menos... desnudas.

Sentí el enrojecimiento subir por mis mejillas en un rojo ardiente. Su figura se perdio entre los arbustos y el frondoso bosque. Me quedé paralizada en mi lugar por un buen rato más. Su sonrisa, su voz, todo en el era peligroso y tan... atractivo.

Jamás conocí gente de mi edad, y si alguna vez llegase a hacerlo no sabría como actuar. Ver a ese joven puritano, me puso la piel de gallina.

El río se había encargado de limpiar mi cuerpo, eliminando cada rastro de tierra en mis dedos. Mi pelo húmedo al ser golpeado por el frío, daba escalofríos que provocaban espasmos en mi caminata de regreso a mi cabaña.

Al entrar me encargué de encender la chimenea. Tomé la manta tejida que alguna vez fue de mi madre y me senté cerca del fuego, en un intento de que mi cabello secara y mi cuerpo calentara.

Mientras veía ls brasas volverse más fuertes, pasaban miles de cosas por mi cabeza; el encuentro de hace un rato, el encuentro de ayer. El olor de la manta sobre mí, ese aroma a mi madre.

Me preguntaba por qué estaba tan sola, era mis conocimientos de supervivencia y yo contra el mundo. Era inevitable que la nostalgia me recorriera.




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