Samuel
Cargaba con el ciervo en mis hombros, tal como un costal de papas. Casi había atrvesado con una de mis flechas a una chica en el bosque. Me había sido imposible ignorar aquellas facciones tan conocidas, y ese angelical rostro.
Esos ojos azules, puedo jurar que fueron los mismos que me salvaron ese día en el bosque. Me encontré con ella en un momento muy incomodo, estaba apunto de darse un baño en el río, cuando mi arco fue apuntado a su espalda. Asustarla no había sido mi intención, pero verla frente a mí; tan provocadora y tan asustada. Eso prendio fuego en mí.
Tuve que haberla llevado al pueblo y sentenciarla a un juicio en la casa de reuniones. Decidí no hacerlo, algo que era incapaz de entender me detuvo. Tal vez fue ese suave olor que desprendia su ser, o su apariencia de ángel. Pero era incapaz de delatarla.
—¿Cómo estuvo la casería? —preguntó Ephraim, mi amigo—. Veo que no te costó nada atrapar a ese gran ciervo, ¿eh?
Ephraim siempre fue un chico fiel a la ley. Creía que para el buen funcionamiento del pueblo debíamos hacer un exterminio masivo de toda mujer que pareciera bruja. Estaba apegado a los valores tradicionales de este pueblo, y siempre reprochaba mis decisiones rebeldes.
—Tengo mis dones para cazar, Ephraim —respondí con una sonrisa—. Debo dejar esto en la casa de reuniones, al parecer mi padre ya se encuentra por esos lares.
—Te acompaño. Mientras estabas en ausencia tuvieron una larga reunion —mencionó, haciendome arrugar la frente—. Debe ser por el tema de las brujas en el bosque.
—¿Brujas? —reiteré extrañado, acordandome del ángel que me había topado en las aguas.
—Ya sabes, los juicios y las ejecuciones. Parece que tienen el rastro de la hija de la vieja.
<< La hija de la vieja >>
Esa mujer, nunca supe que paso con ella. Su cuerpo se encontró retorcido bajo los arboles a orillas del bosque que habitaba. Nadie entendía quien la mató, o si había sido ella quien acabó con su propía vida. Sucedió hace demasiado tiempo, pero el pueblo jamás olvidó sobre su linaje.
Dijeron que se acostó con el diablo, que su hija era un querubín maldtio que realizaba rituales en el bosque. Nadie descansa pensando en dónde está su hija, o si sigue con vida. Lo único que quieren, es convertir su vida en cenizas.
La casa de reuniones se encontraba frente a nosotros. Tocamos la puerta, está fue abierta por el padre de Abigail.
—¡Que bendición de Dios! —exclamó, estrechando sus manos con nosotros dos—. Veo que la casería fue todo un exitó, Samuel.
—La gracia de Dios me permitio cumplir mi misión sin ninguna dificultad —contesté—. Estoy agradecido de contribuir al pueblo.
—Eres un buen muchacho. —Palmeó mi espalda—. ¿No te encontraste con ninguna pagana en el bosque?
Tragué saliva. No podía delatar a esa chica. Era mi deber atraparla y acabar con ella, pero sentía que debía guardar el secreto por un tiempo más.
—No, no había nadie. El bosque estaba desierto —mentí con una sonrisa segura.
Asintió con su cabeza, moviéndose para darnos el espacio para pasar por las viejas y grandes puertas de madera. Adentro se encontraba mi padre, reunido junto a otros hombres ricos. Al ver mi presencia detuvo su conversación.
—Que bueno que haz regresado, Samuel.
—Buenas tardes, Padre —saludé.
Caminé dejando el ciervo en la mesa que se encontraba en una esquina. Lo lancé en un golpe seco, sintiendo el reposo en mi hombro.
—Veo que Dios te guió en tu trabajo, hijo mío —hablo.
—Tus dones de casería son excepcionales, Samuel —alagó un terrateniente—. El pueblo estará muy agradecido de esta decisión.
—Gracias —respondí. Tomé aire, preparando para la petición que tenía—. Padre, me gustaría ir de casería nuevamente.
—¿De nuevo? —dudó.
—Sí. Logré tantear terreno del bosque, no había nadie —mentí—. Me gustaría hacer caserías seguidas, en busca de proporcionar al pueblo alimentos frescos.
Mi padre examinó mi rostro, tal como si supiera que habían intenciones detrás. Por el arte de Dios, al parecer paso desapercibida mi mentira.
—Está bien... —asintió—. Deberá ser pasado mañana, y a temprana luz de la tarde.
Una sonrisa de satisfacción me alargó el rostro. Había logrado nuevamente mi plan.
—Gracias, padre. —Caminé fuera del lugar haciendo resonar mis botas.
Tenía la necesidad de ir al bosque, y encontrar el hogar de ese ángel. Podía sentir el olor a lavanda impregnado a mí, perdurando aún entre todo el putrefacto aroma a humo del pueblo.
Tenía que preparar ese sermón para mañana. Me encerré en mi cuarto, abrí la ventana levemente permitiendo pasar la brisa invernal.
La biblia a mi lado aún era alumbrado por la poca luz de día. Escribía sin parar, moviendo de arriba hasta abajo mi pluma. Cuando la luz de día se había marchado, mi sermón ya estaba listo.
Miré el baúl de mi cuarto. Esa cobija de olor a lavanda, era de ella. Abrí el cajón, justo en el fondo estaba escondida. La acerca a mi nariz oliéndola. No entendía como, pero ese olor me calmaba.
Tal vez era enfermizo oler el chal de una chica desconocida, pero la lavanda hacía que mi cabeza dejara de doler.
<< Volveré a encontrarte, ángel >>
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